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Desde aquellos inciertos inicios donde la perseverancia y
tenacidad de los pioneros de la aviación nacional jugaron
un papel preponderante, la Aviación del Ejército
es un factor fundamental para la Fuerza, no solo en el campo
de combate sino en acciones solidarias a favor de la comunidad.
En ambos casos, abundan los ejemplos. Hoy, festejamos su día.
“… en el tercer vuelo, el volador Le Clerc
cedió su lugar de piloto al señor Adolfo de
Bruyn, quien con su uniforme del soldado del 1º de Ingenieros,
llevó como pasajero al teniente primero Ignacio Torres.
Fue este el primer vuelo militar ejecutado en nuestro país,
en aparato Farman, que es el tipo militar reglamentario de
los ejércitos europeos. Mientras por un lado el teniente
Torres apreció la importancia del aeródromo
para los reconocimientos y el despegue rápido de planos,
el señor de Bruyn lucía toda su habilidad de
piloto, maniobrando el aparato con seguridad y aplomo”,
consignaba el diario La Prensa en su edición del 20
de marzo de 1812. De Bruyn, soldado conscripto aviador del
país, ostentaba el brevet Nº 10 bis otorgado por
el Aero Club Argentino que había sido fundado el 13
de enero de 1908, por Aarón de Anchorena y Jorge Newbery.
En el artículo 1º inciso e de su carta fundamental,
propiciaba: “La fundación de una escuela y laboratorio
de aerostación militar y civil, solicitando el patrocinio
del Ministerio de Guerra”.
Arduas negociaciones
Sin embargo, esos propósitos demandaron mucho esfuerzo
para convencer al entonces titular de la cartera, general
Gregorio Vélez. Tal era el ímpetu y vehemencia
de Newbery que exasperaba al jefe militar. Muchas veces se
negó en atenderlo. Los oficios conciliadores de Antonio
de Marchi, presidente de la Sociedad Sportiva Argentina y
de Horacio Anasagasti, pero muy especialmente de su amigo
de Anchorena, calmaban los ánimos y encarrilaban las
negociaciones. “Este hombre no entiende, el gobierno
observa con placer sus proyectos pero en las actuales circunstancias
no está en condiciones de sostener una escuela de aviación
por carecer de fondos”, les decía el funcionario.
En buen romance, no había un peso para ponerla en funcionamiento.
El aeronauta y sus compañeros no cesaron en sus intentos.
En abril de 1912 surgió la idea del mayor Arturo Luisoni
de una suscripción popular para dotar al ejército
de un globo dirigible. Ellos apoyaron la propuesta que consistía
en emitir un millón y medio de postales alegóricas
que se venderían a 20 centavos cada una. Los resultados
fueron decepcionantes. Pocos las compraron. Además,
Vélez prefería los aeroplanos a los globos.
Y pese a su negativa, dejó una puerta abierta: aceptó
que el pueblo fuese el que costearía la compra de una
flotilla aérea.
¿Cómo? Aquí fue determinante la labor
de Newbery. Una crónica de la época la refleja:
“Su dinamismo excepcional, las simpatías
de que gozaba en todas las clases sociales, su clara comprensión
del problema, su visión certera del porvenir que aguardaba
“al más pesado que el aire” y su admirable
tenacidad fueron las razones del éxito en la ardua
tarea que cumplió sin desmayos. Visitó a las
casas comerciales más poderosas y habló con
exaltación patriótica. También a sus
amigos ricos. Era difícil responder de manera negativa
a ese soberbio animador. Hasta aportó su propio dinero
en la medida de sus posibilidades”.
La flotilla militar
Los resultados no se hicieron esperar. El 20 de ese mes,
la casa Piccardo y Cía. donó el primer avión
destinado al Ejército. Como exigencia, debía
llevar el nombre de “Argentina” y una comisión,
formada por Martín Rodríguez, Teodoro Fels y
el propio Newbery, determinaría que tipo de aeronave
se compraría. Finalmente, optaron por un Nieuport.
Como un reguero de pólvora se extendió la fiebre
patriótica. Desde los estudiantes y obreros hasta en
las páginas de los diarios se apoyó la acción
de la Comisión Pro Flotilla Aero Militar que se extendió
por 16 meses. El 1º de mayo, la Compañía
Argentina de Tabacos Ltda. le dio el espaldarazo definitivo.
En una extensa nota dirigida al titular del Aero Club Argentino
decía en uno de sus párrafos que resolvió
cooperar “haciendo donación de una Escuela de
Aviación Militar con todos los elementos necesarios
para que entre inmediatamente en funciones y puedan prepararse
los oficiales que han de dirigir esta arma… Ofrecemos
un monoplano Nieuport del último modelo; un aparto
Blériot, de los mismos adoptados por el gobierno francés
con motores Gnome de 50 HP y que deseamos lleven los nombres
América y Centenario. Además, correrán
por nuestra cuenta los gastos que demanden durante tres meses,
los servicios del aviador Paillette quien empleará
para la enseñanza técnica y práctica
un biplano Farman empleado actualmente en el ejército
francés y que ponemos igualmente a disposición
del Ministerio de Guerra”. La propuesta causó
un revuelo espectacular. Newbery aprovechó e hizo un
llamado patriótico “al pueblo, la banca y al
alto comercio de la República” para que colaborase
con su aporte. Y solicitó al titular del Consejo Nacional
de Educación poner en marcha una colecta con una cuota
máxima de diez centavos entre los alumnos de las escuelas
primarias y que extendió a los rectores de los colegios
nacionales, decanos de las facultades y diversos institutos
de enseñanza. Pocos días después, Alberto
Castex ofreció otro aeroplano que debería llevar
el nombre su padre, Eduardo. Fueron impresas tarjetas y dibujos
alegóricos ofrecidos para obtener más fondos.
Otros importantes donativos se recibieron.
Nace la Escuela
Finalmente, el 10 de agosto de 1912, con la firma del decreto
por el presidente de la nación, doctor Roque Sáenz
Peña, se creó la Escuela de Aviación
Militar que funcionó en los terrenos de la Compañía
Aérea Argentina (actual asiento de la Primera Brigada
Aérea en El Palomar). El 8 de septiembre se inauguró
oficialmente con una lucida ceremonia donde no faltaron emotivos
discursos y demostraciones aéreas. Un mes más
tarde, el teniente coronel Arenales Uriburu fue designado
su director y el 4 de noviembre quedó inaugurado el
primer curso con la presencia de los siguientes alumnos: tenientes
primeros Raúl Goubat, de la comandancia de Campo de
Mayo y Anibal Brihuega, del 5 de Infantería; los tenientes
Carlos Giménez Kramer, del 1º de Ingenieros, Baldomero
de Biedma, del 6 de Infantería, Alfredo Agneta, del
1 de Artillería, Leopoldo Casavega, del 1º de
Ingenieros; Juan Carlos Ferreyra, del 8 de Caballería,
Pedro Zanni, del 2 de Artillería y Saturno Pérez
Ferreyra, el subteniente Manuel Félix Origone, del
1º de Obuses y el teniente de fragata Melchor Z. Escola.
Durante las primeras salidas, el instructor –primero
fue Paillette y más tarde, Newbery y Mascías-,
llevaba al aspirante como pasajero. Durante el vuelo y a viva
voz, le explicaba la función de los diversos resortes
del biplano Farman. De a poco, cedía el timón
de mando. Después de varios días de práctica
y si consideraba que el alumno tenía suficientes conocimientos
y aptitudes, lo hacía ocupar el puesto de piloto y
se ubicaba en el asiento de atrás. Sin aviso previo,
cortaba el contacto del motor y lo obligaba a descender en
planeo. Así llegaba el día del primer vuelo
en solitario. Las clases comenzaban durante las primeras horas
de la mañana y terminaban a las 11 porque según
los expertos, a esa hora la acción de los rayos solares
sobre la tierra provocaba remolinos muy peligrosos para la
estabilidad de aquellas precarias máquinas. Dos horas
antes de la puesta del sol, reanudaban los vuelos.
Con el correr de los años
En 1927, fue creada la Fábrica Militar de Aviones
y en 1938, surgió el Comando de Aviación del
Ejército. En 1945, con el decreto Nº 288/45 comenzó
a funcionar la Secretaría de Aeronáutica con
la transferencia de casi la totalidad del material, instalaciones
y personal de la Aviación de Ejército. Así
nació la Fuerza Aérea Argentina. Con lo que
quedó más algunas incorporaciones se mantuvieron
los apoyos aéreos de la que en su momento se consideró
como la Quinta Arma del Ejército. En noviembre de 1956,
con la recreación del Registro de Pilotos de la Fuerza
y la regulación de la matriculación de aeronaves,
comenzó su resurgimiento A partir de ese momento y
con la sistemática incorporación de aeronaves,
personal y unidades, apoya a la Fuerza y a la comunidad en
todo el territorio nacional. Y el 17 del mismo mes, pero de
1958, quedó definitivamente restablecida para ejecutar
operaciones aeromóviles, de apoyo de fuego, defensa
aérea, defensa antitanque, exploración y reconocimiento,
observación, vigilancia aérea, comando, control,
comunicaciones e inteligencia y guerra electrónica.
De esa manera, en 1965 participó con un avión
Cessna U -17 en la primera expedición al Polo Sur;
diez años después, tuvo su bautismo de fuego
durante la Operación Independencia y en 1982, una preponderante
participación en la gesta de Malvinas. También,
su accionar se ve materializado en las campañas antárticas,
las evacuaciones sanitarias, los ejercicios conjuntos y combinados,
los incendios forestales y las inundaciones en distintas zonas
del país.
La primera promoción
Los pilotos que egresaron el 27 de mayo de 1957 del curso
de perfeccionamiento de la Aviación de Ejército,
luego de su recreación en 1956 y que dirigió
el general de brigada Fernando Ignacio Huergo, presidente
de la Comisión para el Estudio del Régimen Orgánico
Funcional de la Aviación de Ejército, tuvo como
base de operaciones el aeródromo de José C.
Paz. Las clases teóricas se dictaron en la Escuela
Nacional de Aviación Civil. Ellos eran, el teniente
coronel Valerio José Diehl, del EMGE; el mayor Oscar
Jardel, del Comando D.C.2; los capitanes Santiago masnata,
del R Mot 3, José Manuel Larghi, del ME (Subs) y Julio
César Binotti, del R 18; los tenientes primeros Oscar
Luis Jofre, del R Mot 3, Jorge Ripoll, del IAe.2, Félix
María Gioioso Garay, del MC3, José Carlos Argentino
Apóstolo, de la Es.C., Juan Eduardo Mosto, del Zap
Mont 1 y los tenientes Eusebio Frassa, de la Esc.Cpo. Prof.,
Luis Arce, de la Esc. I (R 13), Rómulo Celichini, del
R 7, Abel Goytía, del C 5, Miguel Cabrera, de la Esc.
Tpas. Aerotrans. Y Emilio Loza, del R Mot. 1. 
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