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«El buey y la mula –explicaba
el Card. Ratzinger– no son un mero producto de la imaginación
piadosa sino que se han convertido en acompañantes
del acontecimiento de la Navidad en virtud de la fe de la
Iglesia en la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento»
Ante Dios, todos los hombres, judíos
y paganos, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento.
Pero el Niño del pesebre les abrió los ojos
de modo que entendieran la voz de su amo, la voz de su Señor.
* * *
La antigua fiesta de los cristianos no es la Navidad, sino
la Pascua: solamente la resurrección del Señor
constituyó el alumbramiento de una nueva vida y, así,
el comienzo de la iglesia. Por eso ya Ignacio de Antioquía
(+ lo más tarde el 117 después de Cristo) llama
cristianos a quienes «no observan ya el sábado,
sino que viven según el día del Señor»[1]:
Ser cristiano significa vivir pascualmente a partir de la
resurrección, la cual es celebrada semanalmente en
la festividad pascual del domingo.
Que Jesús nació el 25 de diciembre lo afirmó
ya con seguridad por primera vez Hipólito de Roma,
en su comentario de Daniel, escrito más o menos en
el año 204 después de Cristo; el investigador
que trabaja en Basilea, Bo Reicke, basándose en ciertos
indicios, cree poder demostrar que ya Lucas en su evangelio
presupone el día 25 de diciembre como el día
del nacimiento de Jesús: en ese día se celebraba
entonces la fiesta de la consagración del templo, establecida
por Judas Macabeo en el año 164 antes de Cristo, y
la fecha natal de Jesús simbolizaría de esta
manera que, con él, como verdadera luz de Dios que
irrumpe en la noche del invierno, se operó realmente
la consagración del templo, la llegada de Dios a esta
tierra[2].
Sea lo que fuere de esto, lo cierto es que la verdadera figura
que le corresponde la recibió la fiesta de Navidad
por primera vez en el siglo IV, cuando arrumbó la festividad
romana del Dios-Sol invicto y presentó el nacimiento
de Cristo como la victoria de la verdadera luz; que en esta
refundición de una fiesta pagana en una solemnidad
cristiana se tomaron asimismo antiguos elementos de la tradición
judeo-cristiana, se hace patente por las informaciones de
Bo Reicke.
Sin embargo, el especial calor humano que tanto nos conmueve
en la fiesta de Navidad y que incluso en los corazones de
la cristiandad ha sobrepujado a la pascua, se desarrolló
por primera vez en la edad media, y aquí fue Francisco
de Asís el que, partiendo de su profundo amor al hombre
Jesús, hacia el Dios-con-nosotros, contribuyó
a introducir esta novedad.
Su primer biógrafo, Tomás de Celano, nos cuenta
en su segunda biografía lo siguiente: «Más
que ninguna otra fiesta celebraba él la Navidad con
una alegría indescriptible. Él afirmaba que
ésta era la fiesta de las fiestas, pues en ese día
Dios se hizo un niño pequeño y se alimentó
de leche del pecho de su madre, lo mismo que los demás
niños. Francisco abrazaba —¡y con qué
delicadeza y devoción!— las imágenes que
representaban al niño Jesús y lleno de afecto
y de compasión, como los niños, susurraba palabras
de cariño. El nombre de Jesús era en sus labios
dulce como la miel»[3].
De tales sentimientos procedió la famosa celebración
de la Navidad en Greccio, a la cual le pudieron animar e incitar
su visita a la tierra santa y al pesebre que se halla en Santa
María la Mayor en Roma; pero lo que sin duda influyó
más en él fue el deseo de más cercanía,
de más realidad. Y le movió asimismo a ello
el deseo de hacer presente a Belén, de experimentar
directamente la alegría del nacimiento del niño
Jesús y de comunicar esa alegría a sus amigos.
De esa noche del pesebre nos habla Celano en la primera biografía,
de tal manera que conmovió cada vez más a los
hombres y, al mismo tiempo, contribuyó decisivamente
a que pudiera desarrollarse y extenderse esta hermosísima
costumbre de la navidad: la de montar “belenes”
o “nacimientos”.
Un curioso dato de esa noche me parece especialmente digno
de ser mencionado. La región de Greccio había
sido puesta a disposición de los pobres de Asís
por un señor noble llamado Juan, del cual refiere Celano
que, a pesar de su alta alcurnia y de su destacada posición,
«no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre
y sí mucha a la del alma que trataba de alcanzar».
Por eso se había granjeado el amor de Francisco[4].
De ese Juan nos cuenta Celano que, en aquella noche, se le
otorgó la gracia de una visión. Vio que en el
pesebre yacía un pequeño niño inmóvil,
el cual se despertó de su sueño al aproximarse
san Francisco: «Esta visión correspondía
—dice Celano— a lo que efectivamente ocurrió,
pues el niño Jesús se hallaba dormido a la sazón
por estar olvidado en muchos corazones. Pero, a través
de su siervo Francisco, se despertó el recuerdo de
él y se imprimió imperecederamente en su memoria»[5].
En esta imagen describe con toda exactitud la nueva dimensión
que Francisco otorgó a la fiesta cristiana de la Navidad
mediante su fe que penetraba en los corazones y en sus sentimientos
más profundos: el descubrimiento de la revelación
de Dios, que radica en el niño Jesús. Por ello
se convirtió realmente en el “Emmanuel”,
en el Dios con nosotros, del cual no nos separa ningún
obstáculo de sublimidad o lejanía: como niño,
se aproximó tanto a nosotros que le podemos tratar
sin rodeo de tú y, como nos acercamos al corazón
de un niño, podemos tratarle con la confianza del tuteo.
En el niño Jesús se hace patente, más
que en ninguna otra parte, la indefensión del amor
de Dios: Dios viene sin armas, porque no pretende asaltar
desde fuera, sino conquistar desde dentro y transformar a
partir de dentro. Si algo puede desarmar y vencer a los hombres,
su vanidad, su sentido de poder o su violencia, así
como su codicia, eso es la impotencia de un niño. Dios
eligió esa impotencia para vencernos y para hacernos
entrar dentro de nosotros mismos.
Pero no olvidemos en este punto que el mayor título
de dignidad de Jesucristo es el de “hijo”, hijo
de Dios; la dignidad divina se describe mediante una palabra
que muestra a Jesús como un niño (= Hijo) que
siempre ha de permanecer como tal. Su ser-niño se halla
en una única y particularísima correspondencia
con su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”.
Así su condición de niño es la orientación
de cómo podemos llegar a Dios, a la divinización.
A partir de ahí es como hay que entender aquellas palabras:
«Si no os hacéis como niños, no entraréis
en el reino de los cielos (Mt 18,3)».
El que no haya entendido el misterio de la Navidad, no ha
entendido lo que es más decisivo y fundamental en el
ser cristiano. El que no ha aceptado eso, no puede entrar
en el reino de los cielos. Esto es lo que Francisco pretendía
recordar a la cristiandad de su época y a la de todos
los tiempos posteriores[6].
En la cueva de Greccio, por indicación de Francisco,
se pusieron aquella noche un buey y un asno[7]. Efectivamente,
él había dicho al noble Juan:
«Desearía provocar el recuerdo del niño
Jesús con toda la realidad posible, tal como nació
en Belén y expresar todas las penas y molestias que
tuvo que sufrir en su niñez. Desearía contemplar
con mis ojos corporales cómo era aquello de estar recostado
en un pesebre y dormir sobre las pajas entre un buey y un
asno»[8].
Desde entonces, un buey y un asno forman parte de la representación
del pesebre o nacimiento. ¿Pero de dónde proceden
propiamente estos animales? Los relatos de la Navidad del
Nuevo Testamento no nos narran nada acerca de esto. Pero,
si profundizamos esta cuestión, topamos con un hecho
que es importante para todas las costumbres navideñas
y sobre todo para la piedad navideña y pascual de la
Iglesia en la liturgia y al mismo tiempo en los usos populares.
El buey y el asno no son simples productos de la fantasía;
se han convertido, por la fe de la Iglesia, en la unidad del
antiguo y nuevo testamento, en los acompañantes del
acontecimiento navideño. En efecto, en Isaías
01/03 se dice concretamente: «Conoce el buey a su dueño,
y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi
pueblo no tiene conocimiento».
Los padres de la Iglesia vieron en esas palabras una profecía
que apuntaba al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia de los
judíos y de los cristianos[9]. Ante Dios, eran todos
los hombres, tanto judíos como paganos, como bueyes
y asnos, sin razón ni conocimiento. Pero el Niño,
en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora reconocen
ya la voz de su dueño, la voz de su Señor.
En las representaciones medievales de la Navidad, no deja
de causar extrañeza hasta qué punto ambas bestezuelas
tienen rostros casi humanos, y hasta qué punto se postran
y se inclinan ante el misterio del Niño como si entendieran
y estuvieran adorando. Pero esto era lógico, puesto
que ambos animales eran como los símbolos proféticos
tras los cuales se oculta el misterio de la Iglesia, nuestro
misterio, puesto que nosotros somos buey y asno frente a lo
eterno, buey y asnos cuyos ojos se abren en la nochebuena
de forma que, en el pesebre, reconocen a su Señor.
¿Pero le reconocemos realmente? Cuando nosotros ponemos
el buey y el asno en el portal, deben venirnos a la memoria
aquellas palabras de Isaías, las cuales no son sólo
evangelio —promesa de un conocimiento que nos ha de
llegar— sino también juicio por nuestra ceguera
actual. El buey y el asno conocen, pero «Israel no tiene
conocimiento, mi pueblo no tiene inteligencia».
¿Quién es hoy el buey y el asno, quién
“mi pueblo”, que está sin inteligencia?
¿En qué se conoce al buey y al asno y en qué
a “mi pueblo”? ¿Por qué se da el
fenómeno de que la irracionalidad conoce y la razón
se halla ciega?
Para encontrar una respuesta, debemos volvernos nuevamente,
con los padres de la Iglesia, a la primera Navidad. ¿Quién
es el que no conoció? ¿Y quién conoció?
¿Y por qué ocurrió así?
Ahora bien, el que no conoció fue Herodes, el cual
tampoco comprende nada cuando se le anuncia el nacimiento
del Niño. Sólo sabe de su afán de dominio
y de su ambición de mando y de la manía persecutoria
correspondiente y, por ello, se hallaba profundamente cegado
(Mt 2,3). El que no conoció fue también “todo
Jerusalén con él” (Ibid.). Quienes no
conocieron fueron los hombres vestidos lujosamente, las gentes
importantes (Mt 11,8). Los que no conocieron fueron los señores
sabihondos, los entendidos en Biblia, los especialistas en
la interpretación de la Sagrada Escritura, los cuales
conocían con exactitud los pasajes de la Biblia, y,
sin embargo, no entendían una palabra (Mt 2,6).
Los que conocieron, comparados con esta famosa gentecilla
del “buey y el asno” fueron: los pastores, los
magos, María y José. ¿Podía ser
de otra manera? En el establo donde él se encuentra
no se ve gente fina, allí están como en su casa
el buey y el asno.
¿Pero qué es lo que ocurre con nosotros? ¿Nos
hallamos tan alejados del establo porque somos demasiado finos
y demasiado sesudos para ello? ¿No nos enredamos también
nosotros en sabihondas interpretaciones de la Biblia, en pruebas
de la autenticidad o inautenticidad, de forma que nos hemos
hecho ciegos para el Niño y no percibimos ya nada de
él? ¿No estamos demasiado en “Jerusalén”,
en el palacio, encasillados en nosotros mismos, en nuestra
propia gloria, en nuestras manías persecutorias para
que podamos oír en seguida la voz de los ángeles,
acudir al pesebre y ponernos a adorar?
Así en esta noche nos contemplan los rostros del buey
y del asno que nos interrogan: mi pueblo carece de inteligencia,
¿no comprendes tú la voz de tu Señor?
Cuando nosotros colocamos las figuras que nos son familiares
en el pesebre, debemos pedir a Dios que otorgue a nuestros
corazones aquella simplicidad o sencillez que sabe descubrir
en el niño al Señor, tal como lo hizo, en tiempos,
Francisco en Greccio. Entonces nos podría ocurrir lo
que nos cuenta Celano, con unas palabras muy similares a las
de san Lucas acerca de los pastores de la primera nochebuena
(Lc 2,20), sobre los que participaron en la celebración
de Greccio: todos regresaban a sus casas llenos de alegría[10].
Card. Joseph Ratzinger
(Tomado de ‘El rostro de Dios’, Joseph Ratzinger,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1983, 19-25)
Almudí
[1] Ignacio de Antioquía, Carta a los magnesios, 3,1.
[2] B. Reicke, Jatresfeier und Zeitenwende im Judentam und
ChristentUm der Antike: TThQ 150 (1970) 321- 334. Las perspectivas
de este artículo que echa por tierra el consenso habido
hasta ahora de los investigadores sobre el origen de la navidad
y de la epifanía, parece que apenas han conseguido
acceso en el campo de la ciencia litúrgica.
[3] II Cel 151, 199.
[4] I Cel 30, 84.
[5] I Cel 30, 86.
[6] Cf. J. Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Salamanca 1981.
[7] En España y en los países de nuestra cultura,
decimos “el buey y la mula” en vez de “el
buey y el asno”. Esto hay que tenerlo en cuenta muy
particularmente en las alusiones que se hacen a la Biblia,
que no se ajustan a la “mula”, sino al “asno”
y en lo que dirá más adelante Mons. Albino Luciani,
luego Juan Pablo I (N. del T.)
[8] I Cel 30, 84.
[9] J. Ziegler.
[10] I Ce130, 86.
Publicado por Juan Ramón Domínguez Palacios
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