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Hablan los protagonistas - Un trabajo sin pausas (Parte III)

La práctica es intensa, dura, repetitiva. El oficial a cargo rezonga a través del micrófono. Entre los acordes de la banda montada, su voz señala un movimiento mal hecho. A la par de los animales caminan dos hombres del Servicio de Veterinaria. No se les escapa detalle. En un alto. Hablamos con ellos. “Con el tiempo uno va adquiriendo el ojo para saber qué le anda pasando al animal. Lo demuestra con los gestos de la cara y si está molesto es porque algo le duele y nos quiere avisar. Tenemos permanente comunicación con el jinete y es él quien nos cuenta todo lo que le sucede al caballo; lo que hace, a qué hora come, cuando toma agua, etcétera. Lo conoce bien”, asegura el sargento primero enfermero veterinario Rubén Tolava, que hace 20 años que anda entre caballos y mulas. “No hay caballos difíciles para manejar. Son todos buenos. El problema es que no están adaptados para estar en la ciudad, ese es el tema. Vienen de estar en libertad en un campo a un lugar donde los encierran y tiene que acostumbrase a muchas cosas. Ahí está la mano del soldado que lo cuida todos los días y la nuestra para curarlos si se enferman. A veces uno se encariña con alguno. Siempre hay un predilecto”, concluye con un apretón de manos. A su lado, el soldado voluntario técnico Francisco Otero, estudiante de 2º año de veterinaria en la UBA, asegura que “acá aprendo muchísimo porque veo un montón de patologías que en la facultad están en los libros y entonces, tengo todas las herramientas para avanzar”. Está relacionado desde los 6 o 7 años con los caballos. Practicó equitación y jugó al polo. “Por eso tengo un vínculo muy fuerte con ellos. Es el animal más noble que hay”. Sobre su trabajo dice “que hay que acostumbrase a cuidarlos. No es fácil. Tiene sus cosas lindas y otras difíciles. Esto demanda mucho tiempo, dedicación. Hay que estar a full y siempre atento para atender alguna emergencia”.

Lauro S. Noro

 
 

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