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La
práctica es intensa, dura, repetitiva. El oficial a
cargo rezonga a través del micrófono. Entre
los acordes de la banda montada, su voz señala un movimiento
mal hecho. A la par de los animales caminan dos hombres del
Servicio de Veterinaria. No se les escapa detalle. En un alto.
Hablamos con ellos. “Con el tiempo uno va adquiriendo
el ojo para saber qué le anda pasando al animal. Lo
demuestra con los gestos de la cara y si está molesto
es porque algo le duele y nos quiere avisar. Tenemos permanente
comunicación con el jinete y es él quien nos
cuenta todo lo que le sucede al caballo; lo que hace, a qué
hora come, cuando toma agua, etcétera. Lo conoce bien”,
asegura el sargento primero enfermero veterinario Rubén
Tolava, que hace 20 años que anda entre caballos y
mulas. “No hay caballos difíciles para manejar.
Son todos buenos. El problema es que no están adaptados
para estar en la ciudad, ese es el tema. Vienen de estar en
libertad en un campo a un lugar donde los encierran y tiene
que acostumbrase a muchas cosas. Ahí está la
mano del soldado que lo cuida todos los días y la nuestra
para curarlos si se enferman. A veces uno se encariña
con alguno. Siempre hay un predilecto”, concluye con
un apretón de manos. A su lado, el soldado voluntario
técnico Francisco Otero, estudiante de 2º año
de veterinaria en la UBA, asegura que “acá aprendo
muchísimo porque veo un montón de patologías
que en la facultad están en los libros y entonces,
tengo todas las herramientas para avanzar”. Está
relacionado desde los 6 o 7 años con los caballos.
Practicó equitación y jugó al polo. “Por
eso tengo un vínculo muy fuerte con ellos. Es el animal
más noble que hay”. Sobre su trabajo dice “que
hay que acostumbrase a cuidarlos. No es fácil. Tiene
sus cosas lindas y otras difíciles. Esto demanda mucho
tiempo, dedicación. Hay que estar a full y siempre
atento para atender alguna emergencia”.
Lauro S. Noro
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