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El pasado de nuestras expediciones polares es siempre rico
en anécdotas que reflejan cómo
fue la vida hace 60 años para los primeros expedicionarios
que intentaron la conquista de esos
helados territorios. Al respecto, uno de los aspectos más
interesantes es comprobar de qué
modo se desplazaban en esos suelos cubiertos de nieve y de
hielos. La motorización actual no
existía y sus trineos eran traccionados por perros
especialmente adiestrados para la penosa
tarea de propulsar pesadas cargas, muchas veces en condiciones
hartamente desfavorables.
En todos los libros y narraciones de las primeras expediciones
polares encontramos
referencias a la dura labor de estos animales que merecieron
siempre el reconocimiento de
quienes se beneficiaron con su sacrificio. A pesar de que
el uso de perros en la Antártida
prácticamente pertenece al pasado vale la pena recordar
su desempeño en la "Primera
Expedición Científica a la Antártida
Continental Argentina" en el año 1952 que fundó
la
primera base polar argentina bautizada General San Martin.
Al mando de esa expedición
estuvo el entonces coronel Hernán Pujato, primer expedicionario
polar argentino e iniciador
de la conquista y del conocimiento polar antártico
nacional. El segundo jefe de dicha
patriada fue el entonces capitán Jorge Mottet, único
sobreviviente de esa empresa, con quien
conversamos sobre el tema.
-Dr. Mottet, en su libro “Reminiscencias”, Ud.
relata la historia de un perro de su jauría y se
refiere a él como su mejor amigo y confidente. ¿Cómo
fue esa relación?
-Mire si habrá sido importante para mí, que
sesenta años después lo sigo recordando con
profunda emoción. Por su gran tamaño, fue bautizado
Novillo. Yo le designé guía de la
jauría de perros de mi trineo (el guía era el
animal principal y detrás marchaban los otros
propulsando el pesado trineo), más por su extraordinaria
fuerza que por su inteligencia.
Aunque en realidad, pensándolo bien, enfrentado con
la dura vida antártica donde triunfan
los más fuertes y sucumben los más débiles,
puso en evidencia el carisma necesario para
ser altamente respetado y temido por los otros miembros de
su jauría. La vinculación entre
nosotros se fue haciendo más estrecha a medida que
pasaba el tiempo. En los altos de cada
jornada, me echaba a su lado y le hablaba como a un ser humano
y Novillo, aunque no pudiera
contestarme, me prestaba siempre atención.
-Con seguridad, en un lugar tan hostil la relación
con los animales cobraría una dimensión
particular.
- Absolutamente. En las soledades polares a veces uno necesita
un confidente con quien
sincerarse y yo lo hacía con mi perro guía que,
como correspondiendo, me pasaba su húmeda
y rugosa lengua por la cara. Todavía recuerdo claramente
a ese sufrido animal que fue mi
amigo, que parecía decirme "yo te comprendo, también
estoy solo, gracias por ser mi "amigo
hombre".
-¿Qué anécdotas elegiría para
recordarlo?
- Tengo muchísimas pero sucedieron un par de hechos
memorables que sellaron aun más
nuestra amistad. El 1 de setiembre de 1952, en circunstancias
en que estábamos explorando
un área del Glaciar Uspallata sentí un crujido
debajo de mi trineo y de inmediato me percaté
de que estaba cruzando un frágil puente de hielo sobre
una grieta en el glaciar. Ante la
inminencia del peligro y cuando noté que empezábamos
a perder horizontalidad le grité una
perentoria voz de mando: "!Siga, Novillo, siga! Ese animal
fenomenal se asentó en sus patas
traseras y tiró como nunca lo había hecho en
su vida rescatándome a mí, a los otros perros
y al trineo de una caída que hubiera sido fatal. La
grieta no era muy ancha pero parecía no
tener fondo. Yo me tiré a su lado para agradecerle
y Novillo parecía sentir la satisfacción
del deber cumplido y el orgullo de haberse convertido en un
héroe, aunque anónimo. Otro
hecho importante en la cimentación de nuestra amistad
ocurrió noches después, cuando me
despertó un ladrar incesante. Yo pensé que quizás
se debía a que una perra se había soltado
y me levanté para atarla. Pero no, lo que encontré
fue a Novillo en medio de un enorme
charco de sangre, víctima del furioso ataque de otros
cinco perros. El pobre animal desde el
suelo seguía tirando tarascones pero no hubiera durado
mucho más... Até a los atacantes, lo
cargué sobre mis hombros y lo llevé a la casa
de emergencia, donde al médico de la expedición
empezó a curarlo. Increíblemente y de a poco
se fue recuperando. A veces pienso que en
alguna conversación le habría gustado agradecerme
por salvarlo. “Ahora estamos a mano",
quizás me hubiera dicho.
-¿Qué pasó cuando llegó el momento
de regresar a Buenos Aires?
-Habían pasado catorce meses… Algunos compañeros
me decían: "Capitán, llévese a
Novillo con usted", pero eso era imposible. El animal
pertenecía a la expedición y la
relación terminaría indefectiblemente allí.
Novillo se dio perfecta cuenta de que algo
muy serio iba a ocurrir porque ya no estaba tan alerta como
antes y tenía una expresión
de tristeza e indiferencia que se le notaba en los ojos. La
mayor parte del tiempo
permanecía echado con las dos patas delanteras cruzadas
y su enorme cabezota apoyada
en ellas. Cuando llegó el día del regreso -
28 de marzo de 1952 -, yo tenía una pena muy
profunda y no pude despedirme de mi fiel perro. Lo que sí
hice fue pedirle a quienes me
reemplazaban que se ocuparan cuidadosamente de él.
Recuerdo la sensación de abandono
que tenía mientras caminaba a embarcarme en el Bahía
Aguirre que nos trasladaría hasta
el continente.
- ¿Qué supo posteriormente de él?
-Alrededor de tres meses después de haber regresado
a Buenos Aires, recibí un telegrama de
la Base San Martín (único medio de comunicación
posible) que decía algo así como: "Jorge,
lamentamos comunicarte que tu perro Novillo murió.
Diagnostico: tristeza. Desde que te
fuiste no comió ni bebió agua. Tampoco aceptó
trabajar". Tiempo después me contaron que
lo habían llevado a la enfermería, le habían
aplicado suero y otros cuidados, pero nada había
surtido efecto. Novillo se dejó morir. Pese a tantos
años como han pasado tantos años y lo
recuerdo como si fuera ayer. Espero que esto sirva como un
homenaje a mi querido perro. 
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