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Militaria

Iconografía de los uniformes militares: La coraza en la caballería argentina


Por Guillermo Palombo

Miembro del Grupo de Trabajo de Historia Militar de la Academia Nacional de la Historia


La coraza, pieza defensiva, fue, en algunas épocas de nuestra historia, parte integrante del equipo militar y complemento del uniforme. En cuanto a su origen, la conquista de América alcanzó a ver a hombres y caballos enteramente cubiertos de metal, aunque en número tan escaso y en ocasiones tan aisladas, que ante los ojos asombrados de los indígenas parecían dioses de insospechada mitología que resabios de una romántica civilización moribunda. Cada vez fueron menos usadas las defensas de metal, a causa del clima, cálido y húmedo, que aumentaba los efectos del pesado armatoste sobre los soldados. Se llevó, –exceptuando casos muy aislados- la media armadura de “coselete” (que, al fin de cuentas, no era otra cosa que una armadura o arnés incompleto) compuesta de peto y espaldar, gola, faldón, guardabrazos y hombreras, cañones y manoplas. Un conjunto muy pesado, que con brazales y manoplas pesaba 10 libras, y cada cual lo usó de acuerdo a sus posibilidades o capacidad de tolerancia. Supieron fabricarse en el Perú, y por falta de acero o por alardes de lujo, se hicieron para ello aleaciones de estaño, cobre y plata, barnizándolas por fuera de negro para protegerlas de los agentes climáticos destructores, y aún parece que se procuró estañarlas. Pero fue sustituido, con ventaja, por el “escaupil” de algodón estofado, pieza autóctona, necesaria, útil y adaptable.

De la media armadura de coselete fueron suprimiéndose partes, hasta verse reducido al espaldar y peto; es decir, lo que, más avanzado el tiempo, se llamó “coraza”. Esa reducción de piezas de la armadura, se implantó en España por ordenanza en 1668, y quedó relegada al infante y luego al piquero. Casi un siglo después (en 1755), en el inventario de la proveeduría de armas de Buenos Aires figuraban, como resabios del pasado, “pettos” y espaldares, rodelas y morriones, “enteramente inútiles” (Archivo General de la Nación [en adelante AGN], IX. 11-9-1). Mayores datos al respecto, pueden encontrarse en mi artículo “Caballeros y arneses en el Plata Indiano” publicado en el Boletín del Instituto Genealógico Heráldico de Rosario, núm. 31, Buenos Aires, 1997, pp.44-58.
La coraza hizo su reaparición en 1824 –o acaso antes- cuando un decreto circulado al Ejército por orden general del día del 2 de noviembre de 1824, y en virtud de lo autorizado por la H. Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, dispuso la formación del Tercer Regimiento de Caballería de línea, que tendría la denominación de “Coraceros de Buenos Aires” (AGN, III. 36-10-5, folio 271 y vto.), y fue organizado por el coronel Juan Lavalle, para la protección de la frontera. El primer escuadrón pasó a constituir los regimientos de caballería que se creaban, y destinados al Ejército de Observación que organizaba el general Martín Rodríguez en la línea del río Uruguay. Por su parte, el resto del regimiento de Coraceros, permaneció en la provincia de Buenos aires, asegurando la línea de fronteras.

Juan Beverina, en uno de sus artículos publicado en el diario “La Prensa”, reconoció ignorar si la coraza provista a dicho regimiento era de metal o de cuero, y expresó su presunción de que fuera de cuero “a causa de la dificultad de que las de metal fuesen fabricadas en Buenos Aires o adquiridas en el exterior”. Aportamos, que el 5 de septiembre de 1825, la firma comercial Sebastián Lezica y Hermanos ofreció al gobierno proveer al Ejército y a la Sala de Armas con dos mil corazas “iguales a las que usan los Regimientos en campaña”, al precio de 10 pesos cada una, que se comprometían entregar en el plazo de doce meses, dentro de los ocho días de desembarcadas. El 12 de septiembre, el gobierno aprobó el contrato por dichas corazas “compuestas de peto y espalda, conforme a las anteriores que tienen entregadas”, que serían traídas de Europa. Al parecer, ellas no pudieron ser recibidas en Buenos Aires debido al bloqueo naval brasileño y, en consecuencia, el 2 de abril de 1828, el gobierno rescindió el contrato (AGN, X. 22-7-2 y X- 13-7-5). Las corazas, debieron haber sido metálicas, de chapa de fierro, a juzgar por las consideraciones obrantes en un informe oficial de 1832, del que más adelante nos ocuparemos.

Durante las operaciones de guerra contra el Imperio del Brasil (1826-1828), usaron corazas, únicamente, el escuadrón de Coraceros de la Guardia (Anacleto Medina), creado por el general Martín Rodríguez el 20 de febrero de 1826; el Regimiento número 3 de Caballería (Angel Pacheco) y el número 16 de Caballería (José de Olavarría). Los tres eran de lanceros, y llevaban, además, sable y pistolas. Por un remito de la Comisaría de Guerra, sabemos que a comienzos de marzo de 1826 fueron remitidas a San Nicolás, punto de reunión del ejército, 148 corazas, embaladas en 8 cajones (AGN, X. 22-7-2).

En el Museo de Luján se conserva una coraza metálica, que se cree es de la época de la guerra con el Brasil, y que puede haber pertenecido a un regimiento de coraceros. Un decreto del presidente Rivadavia (10 de junio 1826) dispuso que “los regimientos de caballería denominados hasta ahora de Húsares, Blandengues y Coraceros, tomarán los números 5, 6 y 7, en el orden en que van señalados”.

Finalizada la contienda, el Regimiento de Caballería de Línea número 2, formado y dirigido por el coronel José María Paz, regresó a Buenos Aires, donde en febrero de 1829 recibió 55 corazas (AGN, X. 23-8-4). Y, al día siguiente, el propio Paz, a cargo del Departamento de Guerra y Marina, ordenó que se entregara al jefe del Escuadrón de Voluntarios Argentinos junto con diversas prendas, además de las corazas expresadas en una relación adjunta, otras diez más “para los oficiales”(AGN, X. 23-8-4).

De modo que, cuando el mencionado Regimiento número 2 de Caballería marchó en la expedición al interior al mando de Paz, iba provisto de corazas, que Beverina considera que eran de cuero, opinando que en los encuentros con los feroces lanceros de Facundo Quiroga en La Tablada (23 de junio 1829) y en Oncativo (25 de febrero 1830), no pocos de los soldados de aquella unidad –cuya acción fue siempre decisiva en dichos combates- “debieron la vida a la protección de sus corazas”.
A fines de 1830 (19 de noviembre), Federico Overwey propuso al gobierno de Buenos Aires adquirir en el exterior 600 u 800 corazas, a entregar en el plazo de siete a ocho meses, a partir de la firma del contrato, al precio de 10$ metálico cada uno, o su equivalente en papel. Tomás de Iriarte, comandante general de Artillería, informó el 3 de diciembre que para emitir opinión al respecto no le bastaba un diseño sin escala: necesitaba tener una coraza a la vista, la que en caso de admitirse la propuesta quedaría de muestra o modelo, y de ese modo se podría luego cotejar que las que se presentasen fuesen enteramente iguales, sin dar lugar a reclamaciones por parte del interesado. En cuanto al precio, consideraba que excedía en un peso moneda metálica al de las “últimamente contratadas” por el Gobierno, Rosas, que estaba en campaña, hizo saber que debía hablarse con los individuos con quienes estaba pendiente la contrata sobre armamentos, y en su caso, podía celebrarse el contrato por las corazas con los debidos recaudos para que “los defectos de las muestras no se sientan a su tiempo”. (AGN, X. 5-5-5).

Por su parte, al año siguiente, el comerciante Faustino Lezica, cuyas operaciones de 1825 ya hemos reseñado, informó al ministro de guerra, general Balcarce (22 de septiembre 1831), que “las primeras mil corazas ya están medio acabadas” y que podían embarcarse en algún puerto europeo (Hamburgo, Holanda, El Havre), en tanto que las mil corazas, de calidad “muy superior a todas las anteriores”, comenzarían a fabricarse y estarían listas en nueve meses (AGN, X. 23-9-5, f. 855)
Unos meses después, el Comandante del Parque de Artillería, teniente coronel Luis Argerich, recibió orden de opinar “con sigilo” respecto de tres muestras de corazas que le fueron remitidas, y lo hizo con unas “Observaciones relativas a la construcción de corazas y comparación con las tres muestras que están puestas en reconocimiento” (18 de febrero 1832). Argerich comienza refiriendo que la coraza, clasificada entre las armas defensivas destinadas a preservar la caja del cuerpo del soldado de caballería, minadores o zapadores (únicos que por entonces la usaban en los ejércitos europeos) se construía generalmente de chapa de fierro y, según fuera su mayor o menos grosor o consistencia, preservaba de los golpes de sable, lanza y bayoneta, que dirigía el enemigo, aunque también debía proteger, hasta cierta distancia, de los disparos de pistola de batalla. Se fabricaban para dos distintas tallas, teniendo en cuenta la estatura de los soldados: de 14 a 14 ½ pulgadas y de 15 ¼ a 15 ½ pulgadas (medida francesa) cuya dimensión se tomaba desde el centro del arco que se adaptaba debajo del barbijo, hasta el del otro que defendía el vientre, notándose, en esta parte, una conformidad muy aproximada, en las tres corazas que le fueran remitidas para su reconocimiento, pues la primera talla, marca G, tenía un largo de 15 ½ pulgadas; la segunda talla, marca M, un largo de 15 pulgadas, y la tercera talla, marca P, un largo de 13 ½ pulgadas.

El peto y la espalda de la coraza estaban unidos por medio de dos correas de cuero fuerte y “beneficiado”, las que caían por encima del hombro, cuando la coraza se hallaba colocada en su lugar. Dichas correas, estaban cubiertas en su parte superior con unas piezas de latón grueso, colocadas en forma de escamas, cosidas con alambre, bajo cuyo artificio se resguardaba el hombro del soldado, sin perjudicar a los movimientos del brazo en todas las direcciones necesarias. Las tres corazas de muestra, como todas las que siempre se habían traído de afuera, tenían una cadenillas entrelazadas que, aunque suplían a las escamas expresadas, nunca podían, como éstas, resistir al golpe de sable dirigido por un brazo nervioso.

La coraza concluida y “en estado de recibo”, debía pesar de 13 a 15 libras cuando la chapa tenía una línea de espesor, y aunque no podía rechazar la bala de fusil, según la distancia, aquélla no provocaba un efecto mortal al ser recibida, y el soldado quedaba perfectamente a cubierto de todos los golpes de corte y punta dirigidos por arma blanca. Del peso de las corazas en reconocimiento (que era para la primera talla de 8 libras 14 onzas; para la segunda talla de 8 libras 12 onzas, y para la tercera talla de 7 libras 9 onzas), podía deducir el espesor de la chapa. Finalmente, Argerich consideró que las tres corazas reconocidas, eran de la misma clase de todas las corazas recibidas en los almacenes del Parque de Artillería con anterioridad, con las que se había hecho la guerra con buen éxito.

Si bien, consideraba necesario realizar ejercicios de prueba de resistencia, mediante tiros con fusil y carabina, lo que no había ejecutado dado “las miras de sigilo” que le habían sido prevenidas. (AGN, X. 24-7-2).

Las corazas adquiridas con anterioridad continuaban en uso. En julio de 1832, Rosas ordenó la recomposición de 75 corazas y “la espalda de otra de éstas”, que fueran remitidas a ese fin por el comandante del Parque de San Miguel del Monte, de las cuales 62 eran del escuadrón de línea del Regimiento Nº 6 de Caballería de Campaña y las 13 restantes del Regimiento de Patricios a Caballo,(AGN, X. 24-7-3). Recompuestas (AGN, X. 16-1-5), fueron remitidas a Monte, al finalizar el año, junto con otras cien “nuevas” acondicionadas en tres cajones. Unos meses después, en noviembre, se dispuso remitir 300 corazas, en tres remesas, a la División de Auxiliares de los Andes (AGN, X. 24-5-3A), que debió ser como la que luce un soldado de dicho cuerpo, dibujado por Mauricio Rugendas.

Cuando se realizaban los preparativos de la expedición al sur (febrero 1833), se advirtió al jefe del Regimiento Núm. 6 de Milicias Patricias de Campaña, coronel Prudencio Ortiz de Rozas, que debía marchar hacia Bahía Blanca, para formar parte de la fuerza expedicionaria,,“con los mejores armamentos, cuidándose que nada le falta a este respecto y que las corazas sean las mejores; llevando además los repuestos necesarios” (AGN, X. 27-5-5).

En dicha expedición mencionada, fueron obtenidas como trofeos, tres corazas indígenas. Dos de ellas fueron obsequiadas por Rosas al diplomático inglés Lord Howden, coleccionista de armas. Una, fue la coraza de cuero usada por los tehuelches que había pertenecido al cacique Cayupán, vencido por las tropas en el río Balchitas, y desde entonces al servicio de la Provincia entre las tribus de “indios amigos”. Rosas dice que esa coraza no era propiamente para la pelea, sino que era usada como signo de autoridad por los respetables caciques Mayores “como de cincuenta años arriba” en los parlamentos sobre asuntos de paz y de guerra. Usaban de ella como de un gran uniforme cuando mandaban alguna batalla, para inspirar respeto y animar a su gente. Y para el caso de una derrota, la coraza los preservaba de la “bola perdida” y de la lanza, La otra coraza, que había pertenecido al cacique Chocorí, era de acero. Rosas pensaba que la misma, tal vez había sido quitada a las tropas de Chile “porque las [tropas] argentinas no han usado esta clase de coraza”, (Documento parcialmente transcripto por Julio A. Benencia, “Un diplomático británico coleccionista de armas indígenas”, en Investigaciones y Ensayos, núm. 21, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1976, pp. 338-340).

A Chocorí le fue tomada otra coraza, de siete cueros superpuestos, que fue enviada al gobernador Balcarce en 1833, a cuyo efecto, Manuel José García, Ministro de Gobierno, informó al encargado del Museo: “El gobierno ha dispuesto que se coloque en el Museo la cota de malla y sable del cacique Chocorí que se remiten, tomadas por el general don Angel Pacheco el tres de julio ppdo. en la acción en que fue acuchillada su tribu, según parte del general en jefe del ejército expedicionario contra los indios Brigadier don Juan Manuel de Rosas datado en el Río Clorado a treinta y uno del mismo Julio” (15 de noviembre 1833). Tal coraza o “cota de malla” se exhibe en la actualidad en el Museo de Ciencias Naturales La Plata.

El escuadrón de veteranos del ya mencionado Regimiento 6 de Milicias de Caballería de Campaña, en noviembre de 1834 carecía de corazas (AGN, X. 24-8-5). Dos años después, cien de ellas eran remitidas a Azul (AGN, X. 20-10-1). Y en 1840, se dio la curiosa circunstancia curiosa de que Rosas advirtió que en los informes periódicos de la guarnición Azul no se incluían 200 corazas que debían estar encajonadas en ese punto, a las que no recordaba haberles dado destino. Ante la respuesta negativa de Pedro Rosas y Belgrano, el edecán de Rosas le recomendó que averiguara “que se han hecho, pues habían sido remitidas en 1832 y “cuando Su Excelencia regresó del Desierto aún existían encajonadas como fueron” (AGN, X. 20-10-1). La memoria de Rosas era precisa: las 200 corazas habían sido remitidas al tiempo de la fundación de Azul, conforme se menciona en una “Relación de los artículos cargados en trece carretas que se han puesto a disposición del Teniente Coronel don Pedro Burgos”, firmada el 3 de mayo de 1832 por Luis Argerich, comandante del Parque (AGN, X. 24-7-3). Todavía en mayo de 1841 existían depositadas en el parque de artillería “23 corazas [de] fierro” (AGN, X. 25-9-2).

La escolta montada de Rosas, el Escuadrón “Libertad”, al mando del coronel Narciso del Valle, usaba coraza, como lo recuerda en sus memorias el general Donato Álvarez, quien sirvió en dicho cuerpo. Y al parecer, en 1842 se mandó construir un modelo de “cota de malla forrada” en el Parque de Artillería, para ver si podía darse a la tropa de una escolta elegida (AGN X. 25-9-2, f. 432).
Desde entonces, por razones que ignoramos, las corazas no son mencionadas en los inventarios de los depósitos militares de armamento. Quizás se fueran rompiendo, o deteriorando, y tal vez no hubiera forma de componerlas o conseguir otras nuevas.

Reaparecen años después. Una fotografía del comandante Evergisto de Vergara, que fue comandante en la Guerra del Paraguay, publicada en el libro de Francisco Seeber, Cartas sobre la guerra del Paraguay 1865-1866, Buenos Aires, 1907, entre págs. 71 y 73, muestra una coraza, colocada sobre una mesita.

Debe tratarse de la misma coraza que conservaba el señor Julio Calcagno, propietario de una famosa colección de armas, vendida en Buenos Aires en 1965 en el hotel de ventas “Charcas”, registrada en el catálogo bajo el número 180: “Antigua coraza de acero con tiradores de cadena de bronce, usada por Evergisto Vergara ¨comandante¨ en la guerra del Paraguay”.

Firme partidario de la coraza fue Adolfo Alsina, ministro de Guerra, quien en virtud de las particularidades de la guerra que debía hacérr al indio, escribió en la Memoria Especial presentada al Congreso en 1877: “Varias tentativas se han hecho entre nosotros para conservar los cuerpos de coraceros, y se ha fracasado. No se a que atribuir este resultado, si a lo pesado de las corazas o a la falta de perseverancia por parte de los gobiernos para hacer su uso obligatorio, gustase a los jefes o no gustase. Por lo que respecta a las que se han preparado en el Parque de Artillería, puedo garantizar que son a prueba de lanza y que su peso no excede de seis libras”. Y añadía: “El día que tenga lugar un entrevero y nuestros soldados, terminado aquél, empiecen a registrar las corazas y a contar las lanzadas de que merced a ellas se han librado, van a tomarle tanta afición y tanta fe, que no han de querer ser sino coraceros”. Agregaba que por la forma de lucha “si la coraza resguarda al soldado el pecho y la espalda, los golpes irán a las piernas, pero no perderá el caballo por mas certeros y pujantes que aquellos sean” .

En la parte final de las instrucciones que Alsina dio en Olavarría, el 16 de marzo de 1876, a los comandantes de las divisiones expedicionarias, consignaba: “Así que las Divisiones tengan las corazas que actualmente se construyen, la tropa las usará; y el Gobierno, que piensa que en la guerra con los indios debe sacarse todas las ventajas que la civilización ofrece, vería también con gusto que los jefes y oficiales las usasen. Por lo que a mi respecta, confieso que solo me inspira tristeza la lucha cuerpo a cuerpo entre el cristiano y el indio. El primero, con su coraza y armado como está, vencerá siempre, saliendo ileso, a diez de los segundos, que nada tienen que los resguarde y con su chuza despreciable. Así, pues ordeno que la tropa use coraza; y hago responsable a los jefes toda vez que un individuo de aquella sea herido por no llevarla, o siempre que, por esta misma causa, sea desgraciado el éxito de una jornada”.

Consigna la memoria del Parque de Artillería, elevada el 1º de abril de 1877 por el general Domingo Viejo Bueno al inspector y comandante general de armas, la presencia de la coraza militar en la primera exposición industrial argentina: “La Talabartería ha construido mil catorce corazas de cuero fresco de novillo, para la caballería de fronteras, para defensa de la lanza de indios u otra cualquiera: fueron presentadas a la Exposición Industrial y obtuvieron premio; ha sido el trabajo preferente de este taller durante al año pasado (“Memoria presentada por el Ministro Secretario de Estado en el Departamento de Guerra y Marina doctor don Adolfo Alsina al Honorable Congreso Nacional en 1877”, t. I, Buenos Aires, Imprenta y Fundición de Tipos de la Sociedad Anónima, 1877, p. 616).

Reproducimos fotográficamente el ejemplar existente en el Museo del Comando de Cuerpo de Ejército de Bahía Blanca; otra similar está expuesta en el Museo de Armas de la Nación.
Desde entonces, la coraza estuvo reservada a los cuerpos que dieron escolta al Presidente de la República Argentina: el último de ellos fue el Regimiento 9 de Caballería.

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