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Milongas de ayer y de hoy


Absolutamente todos los cronistas coinciden en el carácter violento de las viejas milongas. Manuel Gálvez, recordando una noche de agosto de 1910, cuenta que “no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas y zigzaguear los revólveres”.
En aquellos tiempos heroicos también se podía bailar tango en las sociedades recreativas, un ambiente menos peligroso; pero era aburrido porque, siguiendo a Saldías, “no se permitía bailar incrustados; cuando alguna pareja lo olvidaba, en el centro del salón, un mocetón, con un distintivo en el ojal, se acercaba y con cierto tonillo repetía: «-¡Que haiga luz…! Vamo, ¡que haiga luz…!” La milonga siempre fue necesaria. Además en los bailes decentes toda jovencita iba acompañada de su chaperona, es decir de una mujer mayor que la cuidaba.

¿Cambió mucho la milonga a través de los años? Cambiaron algunas costumbres: lo que sigue igual que hace cien años es su carácter de fiesta casi secreta. Vale la pena recordar cómo era una milonga de la década de 1900 a través del lápiz vital y confiable de José Antonio Saldías. En el bailongo de los lunes en la calle Chile la reunión tomaba color a eso de la una y “se bailaba tango con corte, con preferencia, algunos valses y polcas, y cuando el bandoneón o «fuelle» que «chamuyaba» el tango no era Santa Cruz, era Garrote Greco, Pacho o Berto. Cuando caía un «nuevo», generalmente la broma más liviana que sufría era que le quitaran la mujer, y no pocos hechos de sangre se originaron cuando «salía la vaca toro» y «el nuevo» desnudaba un revólver en cuyo tambor había seis balas. De pronto, porque una pareja miraba al compañero de otra, o por un encontrón sin importancia, se armaba el toletole. Las peleas de conjunto solían ser bravísimas, y difícilmente pasaba reunión sin que hubiese una por lo menos. Durante el transcurso de la «trenzada», la orquesta seguía tocando con mayor fuerza, para cubrir con la música la batahola y el escándalo.” Poco cuesta comprender por qué el tango en sus orígenes era mal mirado por la gente bien.

Luego de la década de 1910 las cosas van cambiando, el tango se adecenta y las milongas van perdiendo sabor y valor literario. Hacia fines del veinte el baile de tango pasa de moda y los sitios de tango decaen. En el 40, por el contrario, el baile de tango alcanza tal popularidad que las milongas terminan por desaparecer: en todo lugar en el que existe baile hay tango, por lo tanto no hay sitios especializados en tango. La excepción son las “prácticas” o nuevas “academias”, sitios semisecretos donde se ejercitaba entre hombres.
Cuando a partir del 50 el baile de tango vuelve a pasar de moda y deja de ser masivo, paradójicamente las milongas vuelven a aparecer: hacen falta sitios para bailar tango y no otros ritmos modernos. Además, como en la década del 10, los salones de baile “decentes” vuelven a rechazar el tango.

Pocos pero irreductibles bastiones serán las milongas en las peores décadas del tango bailado: las del sesenta, setenta y ochenta. Quedan un puñado de lugares, Pinocho, Sin Rumbo, Sunderland y no muchos otros, siempre en lugares apartados. Hacia estos sitios peregrinará en la década del noventa la generación de jóvenes tangueros que redescubrirá el baile de tango. Que, por cierto, ya es la generación pasada, integrada por bailarines que superan los cuarenta años y que ahora son profesores de la ultimísima generación de bailarines, los protagonistas de la nueva milonga: la milonga cosmopolita. Parejas mixtas (de argentino y extranjero), taxi dancers, el mundo como una gran milonga son las características de la generación que se viene. La milonga global. Todos fenómenos nuevos, acompañados de un nivel de baile altísimo, pues el aumento numérico de los bailarines impulsa un aumento cualitativo, a pesar de las opiniones de puristas y nostálgicos.

Las transformaciones de la milonga a través del tiempo puede rastrearse a través de la evolución de la palabra misma, que es antiquísima y anterior al tango rioplatense. Hasta hace no muchas décadas era una palabra despectiva, se usaba como sinónimo de “bailongo” o “peringundín”. Durante la primera mitad del siglo nadie habría dicho de sí mismo: “soy organizador de una milonga”, en su lugar se hablaba de “baile”. Aún hoy en algunos sitios tradicionales se habla respetuosamente de “el baile”. Los lugares para bailar podían llamarse “academia”, quizás el término más antiguo, luego “casa de baile”, y más tarde “cabaret”, si el lugar era fino.

Fuente: Tango, un siglo de historia, Editorial Perfil

 

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