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Falleció el Piloto Ricardo "Tom" Lucero, que en Malvinas cayó entre buques ingleses
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El capitán (R) (FAA) Ricardo “Tom” Lucero, chocó con su avioneta contra un árbol en Las Varillas, Córdoba, mientras fumigaba un campo. Se hizo célebre por eyectarse del avión que tripulaba, ser rescatado del mar por los británicos y terminar prisionero. Secuelas de guerra, prematuro retiro y necesidad, lo llevaron a continuar ganándose honrosamente la vida fumigando campos con una endeble avioneta. Aquel que fuera un Halcón, volaba ahora en una frágil y endeble paloma. Se estrelló contra un solitario árbol al perder, por un desperfecto técnico, el dominio de la máquina, perdiendo la vida en el acto. Dura nte En los primeros días del mes de marzo, una pequeña y escueta noticia circuló por escondidos medios anunciando el trágico fallecimiento de otro héroe de Malvinas. el conflicto bélico con Gran Bretaña salvó milagrosamente su vida al eyectarse, el 25 de mayo de 1982, del avión A4C que conducía y caer prisionero de los ingleses. Cuando caía al mar, su paracaídas se enganchó con las antenas de una fragata inglesa. Y ahí se produjo el primer milagro: “Tom” atravesó el buque por debajo del agua. Luego, fue rescatado por los tripulantes -ése fue el segundo milagro- y tomado prisionero. La imagen de Lucero en el suelo con una bota de un marino británico en su cabeza recorrió el mundo.
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Mientras piloteaba fumigando campos, la nave de Lucero se precipitó a tierra en Sacanta, al este de Córdoba. |
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Ricardo nació en La Consulta, provincia de Mendoza, y allí, donde vive gran parte de su familia, toda la ciudad está de luto. Su nombre no sólo es conocido, sino que es un referente por partida doble: por ser héroe de guerra y por poseer, además, una personalidad humilde y amable. El ex combatiente murió al estrellarse contra un árbol la avioneta fumigadora que piloteaba, en Sacanta, al este de Córdoba. 'Tom' Lucero vivía en Córdoba con su esposa Marta Castillo y sus hijos Julieta, Gastón, Nahuel y Martín. Este último terminó el año pasado como abanderado de la Escuela de Aviación Militar (EAM) y continúa sus estudios con el Curso de Aviador Militar (CAM) que lo llevará a transitar el camino de su padre.
Ricardo (que tenía 53 años y en septiembre cumpliría 54) trabajaba en una empresa de fumigación para ganarse la vida y generar un ingreso, un extra a su pensión de ex combatiente. Era el séptimo de ocho hermanos. |
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Una vida de trabajo
Cuando Ricardo Lucero partió a la guerra llevaba muy poco tiempo de casado y luego de su hazaña regresó a San Carlos. "El regreso fue un periplo largo. Todo había sucedido el 25 de mayo de 1982 pero recién volvió acá (por La Consulta ) el 10 de junio. Estuvo en el barco hospital de los ingleses, luego fue a Santa Cruz enyesado. Después pasó a Buenos Aires y de ahí a La Consulta. Se quedó un tiempo recuperándose y fue recibido por todo el pueblo", recuerda una de sus sobrinas.
La experiencia de guerra no lo alejó de su pasión por volar. Además de la condecoración, obtuvo el grado de capitán. Una vez recuperado abandonó San Carlos y se instaló en Córdoba donde comenzó a trabajar como instructor de vuelo en la Escuela de Aviación de Córdoba, pero una lesión en las rodillas y en sus oídos lo alejó de la actividad en la Fuerza Aérea. "Tuvo un espíritu emprendedor y su situación fue distinta a la de otros ex combatientes porque superó el trance de la guerra".
Desde hacía un tiempo trabajaba en la empresa fumigación y todos sabían que no sólo era por necesidad, sino porque podía seguir volando. "No dejó de luchar por su sueño que era volar. Era su pasión y deja un legado importante de valentía, coraje y humildad".
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El entonces Teniente Lucero (der), debajo de las alas de uno de los halcones que piloteaba |
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El día en que la sociedad argentina se proponga imitar el ejemplo de vida que nos ha brindado, entre otros Quijotes de Malvinas, el Halcón Ricardo Lucero, piloto de la Fuerza Aérea Argentina, habrá dado un paso gigantesco hacia su curación. Mucho se habla hoy de corrupción, pero nadie menciona su mejor antídoto: el patriotismo, que no es otra cosa que el amor a lo que nos es común: el país. Nadie le roba a quien ama.
Si insufláramos en los jóvenes aquel amor al país que sentían Lucero y tantos otros olvidados héroes de nuestra Gesta Austral, habríamos dado un paso gigantesco hacia la recuperación y restauración de la Nación Argentina. Afortunadamente, cada vez hay más gente que comienza a intuir esa verdad.
Reflexionemos, y no dejemos para discursos de despedida, los homenajes que estamos en condiciones de brindar en vida a quienes se jugaron todo en esa Gesta. Acerquémonos a la legión de Luceros que, gracias a Dios, todavía tenemos entre nosotros. Pongamos rodilla en tierra y rindámosle homenaje. En vida. Individualmente. Sin esperar al resto de la sociedad. Que exista todavía tal posibilidad, es un verdadero privilegio. Y a los familiares de quienes ya partieron hacia los hangares que los aguardaban en el Cielo, llevémosle las coronas de nuestro luto y nuestro orgullo.  |
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