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/ febrero 2010 |







HISTORIAS DEL PENSAMIENTO POLÍTICO NACIONAL / Capítulo
Décimooctavo
Manzi, poeta y militante |


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HISTORIAS
DEL PENSAMIENTO POLÍTICO NACIONAL / Capítulo
Décimooctavo
Manzi, poeta y militante |
por Lauro S. Noro |
| Fue
uno de los grandes poetas del cantar de Buenos Aires.
Autor de letras memorables de tangos y milongas, como
Sur y la Milonga del 900. Fue activo integrante de FORJA,
grupo yrigoyenista ortodoxo que sostuvo las banderas históricas
nacionales, populares y antiimperialistas junto con Jauretche
y Scalabrini Ortiz. Con Perón atisbó la
continuidad de la obra del líder radical. |
| Admiraba
a Hipólito Yrigoyen. Fue su seguidor como militante
en el radicalismo. Sin embargo, en 1947 se acercó
al peronismo. Esto motivó que lo echaran del
partido. El 16 de diciembre de ese año pronunció
un discurso en horario central y por Radio Belgrano,
donde expresó que “Perón es el reconductor
de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo
así, nosotros continuaremos creyéndole,
seremos solidarios con la causa de su revolución
que es esencialmente nuestra propia causa. Nosotros
no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios”.
Se llamaba Homero Nicolás Manzione Prestera.
Había nacido en Añatuya, Santiago del
Estero, el 1º de noviembre de 1907. Sexto hijo
de Luis Manzione, un modesto hacendado dedicado al cultivo
de algodón y maíz, y de Angela Prestera;
se crió en la provincia hasta los nueve años,
cuando fue trasladado por su madre a Buenos Aires, en
tanto el padre trabajaba en aquella localidad.
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| RETRATO de Homero Manzi y la fachada
de la esquina de San Juan y Boedo que lo homenajea |
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La familia
regresaba de vacaciones a su ciudad natal. De su infancia
y adolescencia en el barrio de Pompeya y Boedo, conoció
la cultura del arrabal porteño, hecha en sus calles
y cafés. El Colegio Luppi, de Centenera y Esquiú,
lo tuvo como pupilo, donde fue un destacado estudiante.
Aparece el poeta
En Buenos Aires trabó amistad con Pedro Maffia, Julián
Centeya y Cátulo Castillo. Bajo la influencia de éste
último y sobre todo la de su padre José González
Castillo, escritor, director y dramaturgo anarquista de cierto
renombre, se dedicó a la literatura y al teatro. Sus
primeros versos nacieron cuando participaba en una murga de
carnaval. Así cantaba: “Con el cuento de la guerra/
se nos llevan todo el grano/ y nosotros, los criollos,/ con
la paja se contentamos”. A los 15 pergeñó
sus primeras letras sin mucho éxito. Pero un año
después alcanzó notoriedad con Viejo Ciego,
con música de Castillo y Sebastián Piana, estrenado
por Roberto Fugazot y que lo presentó en un concurso
de la revista El Alma que Canta. En una de sus biografías,
Anibal Ford dice sobre esa letra: “El lenguaje mismo
que utiliza es insólito en el tango. No sólo
elude el lunfardo. Maneja un vocabulario culto, literario:
lazarillo, añejos, rocín, parroquiano, portal,
bardos”.
En 1922 escribió la primera de sus obras, ¿Por
qué no me besás?, grabada por Ignacio Corsini.
Tras una breve incursión en el periodismo, hasta 1930
trabajó como profesor de literatura y castellano en
los colegios nacionales Mariano Moreno y Domingo Faustino
Sarmiento. Estaba afiliado a la Unión Cívica
Radical y por su apoyo al derrocado presidente Yrigoyen y
a la Reforma Universitaria, el gobierno de facto lo encarceló
por un tiempo y lo expulsó de ambas cátedras.
Entonces el arte lo ocupó por completo. Organizó
una compañía de danza con la que salió
de gira por el interior del país, Chile y Perú.
Junto con Sebastián Piana, revalorizó el género
de la milonga con Milonga del 900 (1932), Milonga sentimental,
grabada por Carlos Gardel y escribió Malena, uno de
sus tangos más famosos.
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Militancia
y compromiso
Desde muy joven, allá por los años ‘20,
siendo estudiante de Derecho, militó activamente
en el yrigoyenismo. En momentos de tensa confrontación
interna con los alvearistas que gobernaban el país,
visitó al “Peludo” Yrigoyen. “Ese
día mi asombrada adolescencia realizó
la síntesis de su pensamiento nacional, pero
no nacionalista; y universal, pero no universalista”,
expresaría luego de la entrevista. Esa convicción
lo llevó en 1935, junto con Arturo Jauretche,
Luis Dellepiane y Raúl Scalabrini Ortiz a fundar
FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven
Argentina), un movimiento que apuntaba al retorno de
los principios federalistas de la Constitución,
hispanoamericanista y antiimperialista. Desde esa tribuna,
Manzi criticó la política de Marcelo T.
de Alvear durante la llamada Década Infame, por
su sumisión a los intereses del capital internacional.
Y resaltó los efectos perniciosos de la introducción
de capitales extranjeros para con el interior. “Santiago
del Estero no es una provincia pobre, sino una provincia
empobrecida”, decía al respecto.
Encabezaron la lucha por una economía y una cultura
nacional. “Lo que ha salvado a este país
es la actitud del cocoliche -el gaita, el tano y el
turco- que en lugar de proponerse un arquetipo traído
desde allá, se propuso un arquetipo nuestro,
el gaucho o el compadrito, sublimándonos así
en él y en sus hijos, la idea del país”,
afirmaba. Hasta sus últimos días bregó
por crear esa industria cultural de capitales y sentido
argentino. “Nos dicen que hay una cosa
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intocable entre los distintos eslabones
de la economía: el gran capital, especialmente cuando
se trata de accionistas extranjeros, y por eso es necesario
crear la mentalidad opuesta, la mentalidad nacional, que frente
a ese argumento diga sencillamente esto: ‘¡que
se vayan a la puta que los parió esos accionistas!’”.
Nace Homero Manzi
Luego de ser expulsado de los claustros y puesto preso durante
un tiempo, en 1931 se casó con Casilda Iñíguez
con quien tuvo a su hijo Homero Luis, apodado Acho en homenaje
a su amigo Horacio Howard. En ese tiempo editó una
guía para el automóvil mientras conspiraba contra
el gobierno de facto. Participó en el frustrado golpe
del Teniente Coronel Cattáneo y se solidarizó
en 1932 con el levantamiento de Corrientes y Santa Fe. Jauretche
recordaba que preparaban bombas caseras en la casa de Manzi,
una suerte de comité clandestino, guardando la pólvora
en las macetas del patio.
Sin embargo, la cárcel y las persecuciones que sufrió
lo hicieron redoblar sus producciones artísticas, poéticas,
radiofónicas, dramatúrgicas y periodísticas.
Así nació Homero Manzi. El rebelde y antimperialista
Homero Manzione, discriminado por el radicalismo, silenciado
como escritor, señalado como maldito, “se nos
fue al mundo de la noche”, sentenciaba Jauretche. “El
poeta que tenía adentro le jugó una mala pasada
al sistema. No pudieron con él”, agregó.
Luchó siempre por la consolidación de una cultura
nacional de raigambre latinoamericana. “El folklore
argentino es un tesoro desparramado por los campos, despreciado
por las clases cultas del litoral, pero acunado con amoroso
acento por las gentes humildes de la campaña”.
Y concluía: “Añatuya es un lugar/ que
jamás podré olvidar,/ porque al fin/ es Aña
mía”.
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También
musicalizó algunas películas y produjo varios
guiones, entre ellos el de Nobleza gaucha, de Sebastián
Naón -la película muda de más éxito
de la historia del cine argentino-, Escuela de campeones,
Todo un hombre, con Francisco Petrone, Donde mueren las palabras,
Rosa de América, Su mejor alumno y Pampa bárbara.
En colaboración con Ulyses Petit de Murat, adaptó
para el celuloide la novela La guerra gaucha, de Leopoldo
Lugones, que dirigió Lucas Demare en 1942. Ese año
fundó la Artistas Argentinos Asociados al lado de Petrone,
Demare, Sebastián Chiola y el productor García
Smith.
Entre los grandes del tango
En la década del ‘40, la etapa
de oro del tango, sus letras alcanzaron plenitud y profundidad
poética. Se codeó con sus mejores exponentes:
Discépolo, Expósito, Castillo, Cadícamo
y Contursi, entre otros. Con Aníbal Troilo compuso
el vals Romance de barrio y los tangos Barrio de tango, Sur,
Che bandoneón y Discepolín. Decía que
había elegido “hacer letras para los hombres”
y no “ser un hombre de letras”. John William Cooke
dijo de él |

Loas
para Yrigoyen
Un 12 de octubre de 1916 en un acto patriótico
y de la mano de su mamá, vio pasar a Hipólito
Yrigoyen. “Mis ojos de niño de ocho años
lo vieron, de pie sobre su coche, emergiendo del fondo
de la multitud como si saliera, a la manera del sol, de
la línea del horizonte, avanzar por sobre las cabezas
del pueblo y escuchar el griterío enronquecido
de amor. Sin un gesto, como si esas voces hubieran resonado
eternamente en su soledad para perderse de mí,
dejándome en la retina, impresos los trazos indelebles,
su aparición, su gesto y su figura. Mi candidez
de niño lo vio tan grande como nunca más
logró verlo mi inteligencia de hombre”, escribió
años después.
Y en 1935 dijo: “era el jefe porque era el mejor.
Era el mejor porque era el más íntegro.
Y era el más íntegro porque acunaba en el
fondo de su noble conciencia un pensamiento superior de
argentinidad y un impulso insobornable de justicia social”. |

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que “cantó
en el tango la poesía de la clase humilde” y
que “entre él y el país que tanto amó
queda tendido el puente de sus poemas que han de batallar
con el tiempo su prevención y su olvido”. n 12
de octubre de 1916 en un acto patriótico y de la mano
de su mamá, vio pasar a Hipólito Yrigoyen. “Mis
ojos de niño de ocho años lo vieron, de pie
sobre su coche, emergiendo del fondo de la multitud como si
saliera, a la manera del sol, de la línea del horizonte,
avanzar por sobre las cabezas del pueblo y escuchar el griterío
enronquecido de amor. Sin un gesto, como si esas voces hubieran
resonado eternamente en su soledad para perderse de mí,
dejándome en la retina, impresos los trazos indelebles,
su aparición, su gesto y su figura. Mi candidez de
niño lo vio tan grande como nunca más logró
verlo mi inteligencia de hombre”, escribió años
después.
Y en 1935 dijo: “era el jefe porque era el mejor. Era
el mejor porque era el más íntegro. Y era el
más íntegro porque acunaba en el fondo de su
noble conciencia un pensamiento superior de argentinidad y
un impulso insobornable de justicia social”
En 1946 colaboró con el radicalismo de la provincia
de Buenos Aires, aunque su corazón siguió al
lado del viejo yrigoyenismo. Un año después
se entrevistó con Perón y luego pronunció
aquel famoso discurso. Dos años más tarde fue
electo presidente de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores
(SADAIC) y dirigió Pobre mi madre querida, sobre guión
propio. En 1950 repitió El último payador. Para
ese entonces ya estaba gravemente enfermo. Siguió escribiendo
y colaborando sobre todo con Aníbal Troilo, para quien
creó la letra de Sur. Poco antes de su muerte compuso
dos milongas dedicadas a Perón y Evita para Hugo del
Carril. Tampoco dejó su afición por los “burros”.
Una anécdota tragicómica cuenta que atrasó
su última operación porque tenía el dato
de una carrera en San Isidro. Antes de que el cáncer
terminase abatiéndolo el 3 de mayo de 1951, a los 44
años, escribió Definiciones para esperar mi
muerte: “Sé que hay recuerdos que querrán
abandonarme/ Sólo cuando mi cuerpo hinche un hormiguero
sobre la tierra./ Sé que hay lágrimas largamente
preparadas para mi ausencia./ Sé que mi nombre resonará
en oídos queridos/ Con la perfección de una
imagen./ Y también sé que a veces dejará
de ser un nombre/ Y será sólo un par de palabras
sin sentido”. 
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