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Al pintor que decoraba los carros se lo llamaba fileteador, pues realizaba el trabajo con pinceles de pelo largo o pinceles para filetear. Esta es una palabra derivada del latín filum, que significa hilo o borde de una moldura, refiriéndose en arte a una línea fina que sirve de ornamento.
Por tratarse de una tarea que se realizaba al finalizar el arreglo del carro e inmediatamente antes de cobrar el pago del cliente, que estaba ansioso por recuperar su herramienta de trabajo, el fileteado debía realizarse con rapidez.
Surgieron entonces especialistas habilidosos como Ernesto Magiori y Pepe Aguado, o artistas como Miguel Venturo, hijo de Salvador Venturo. Este último, había sido un Capitán de la Marina Mercante de Italia que al jubilarse se estableció en Buenos Aires, donde se dedicó al fileteado, incorporándole motivos e ideas de su patria. Miguel estudió pintura y mejoró la técnica de su padre, siendo considerado por muchos fileteadores como el pintor que dio forma al filete. A él se le debe la introducción de pájaros, flores, diamantes y dragones en los motivos y el diseño de las letras en las puertas de los camiones: ante el pago de impuestos si los carteles eran demasiado grandes, Miguel ideó el hacerlos más pequeños pero decorados con motivos simétricos, formando flores y dragones, para que fueran más llamativos, diseño que se mantuvo por mucho tiempo.
La aparición del automóvil provocó el cierre de las carrocerías instaladas fuera de las ciudades, por lo que los carros y sulkies de los campos, y las estancias debieron ser llevados a las ciudades para ser reparados de los daños ocasionales. Al hacerlo, también se los ornamentaba con el fileteado y, así, el filete pasó de lo urbano a lo rural, pasando a ser común ver carros campestres pintados de verde y negro con filetes verde amarillentos. Pablo Crotti fue un experto en el fileteado de carruajes.
El camión eliminó de la escena al carruaje de transporte alimenticio y los primitivos fileteados de estos se perdieron por siempre, pues nadie se tomó la molestia de conservar alguna muestra para la posteridad. Por otra parte, el camión presentaba todo un reto para el fileteador por ser mucho más grande y estar lleno de recovecos. En las empresas de carrocerías trabajaban carpinteros, herreros, pintores de lizo y fileteadores. Se hallaban fundamentalmente en los barrios de Lanús, Barracas y Pompeya. El camión llegaba con su chasis y cabina de fábrica, y se le fabricaba la caja, que podía ser de madera dura de lapacho o de pino, bien pulida para hacer creer que era buena, pero que en realidad duraba mucho menos. Luego, el herrero forjaba los hierros creando ornamentos.
El trabajo del fileteador llegaba al final y pintaba sobre andamios. Solía decorar los paneles laterales de madera (tablones) con flores y dragones, mientras que la tabla principal se ornamentaba con algún tema propuesto por el dueño. El fileteador firmaba en el tablón o junto al nombre de la carrocería.
Cuando el colectivo porteño comenzó a dejar de tener el tamaño de un auto para pasar a ser una especie de camión modificado para transportar gente, comenzó a ser fileteado. La superficie a pintar carecía de divisiones como los de la caja del camión, era metálica y el filete a pintarse era más elemental, sin figuras. Se usaba mucho, en cambio, la línea arabesca y los frisos, en forma horizontal y dando la vuelta a la carrocería del colectivo. El nombre de la empresa se escribía en letras góticas y el número de la unidad solía diseñarse de manera que se relacionara con el número de la quiniela. El colectivero, es decir, el conductor del vehículo, no quería que este se pareciera a un camión de verdulería, por lo que las flores estaban "prohibidas". En el interior del colectivo se fileteaba ocasionalmente la parte trasera del asiento del conductor.
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