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Misceláneas
“Discepolín”
por Horacio Rodríguez Fischer

Tanto en el tango como en cualquier expresión artística, hubieron pocos capaces de utilizar su talento para transformarse en testigos y cronistas de su época, aquellos que supieron poner en perfecto equilibrio el humor y el drama logrando una fórmula única e irrepetible. Quizás en literatura argentina uno rápidamente piense en Roberto Arlt con sus Aguafuertes Porteñas o, yendo más adelante en el tiempo, Quino a través de Mafalda logró pintar de cuerpo entero la realidad de los 60 y 70. Y ese lugar en el tango está ocupado por Enrique Santos Discépolo.
Nació el 27 de marzo de 1901 en el Once, Buenos Aires. Habiendo tenido una infancia dura, encuentra refugio en el teatro, de la mano de su hermano Armando. Para 1917, ya estaba actuando. Poco tiempo más tarde comenzaría a hacer algo que lo caracterizó en toda su carrera: escribir obras de teatro.
Si bien ya despuntaba en sus primeras obras el tenor contestatario y despojado emblemático en toda su carrera, Discépolo fue in crescendo en esta vena: tanto en “El señor cura”, “El hombre solo” y “Día feriado”, sus primeras obras teatrales, como en “Que Vachache”, su primer tango, se huele al artista que luego se consagrará. Lo cierto es que aquellas obras fueron bastante mal recibidas por el público.
Sin embargo, Discepolín decide seguir por el camino del tango canción, desafiando quizás la recepción de “Que Vachache” y también contrariando a su hermano Armando quien quería que siguiera en el teatro junto a él. Fruto de su empeño, en 1928 compone “Esta Noche Me Emborracho” que sería estrenado por Azucena Maizani. El comienzo mismo de la letra lo dice todo:

Sola, fané, descangayada,
la vi esta madrugada
salir de un cabaret;
flaca, dos cuartas de cogote
y una percha en el escote
bajo la nuez

El estilo pícaro y netamente lunfardo que mezcla el guiño humorístico en las situaciones más densas que luego asomarían en sus futuros tangos empezaba a surgir con más fuerza. Fue el primer golpe grande de Discépolo, que hasta tuvo un efecto retroactivo: el suceso de este tango hizo que Tita Merello reviva el vapuleado “Que Vachache” haciendo un éxito de él. Seguiría otro clásico que hasta trascendió las fronteras del tango, “Yira… Yira” está cargado de imágenes que quedaron inmediatamente grabadas en la retina porteña dando pie a frases que serían ineludibles clichés porteños. Sólo basta recordar:

Cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar…
Te acordarás de este otario
que un día, cansado,
se puso a ladrar.

 


El estilo pícaro y netamente lunfardo que mezcla el guiño humorístico en las situaciones más densas que luego asomarían en sus futuros tangos empezaba a surgir con más fuerza. Fue el primer golpe grande de Discépolo, que hasta tuvo un efecto retroactivo: el suceso de este tango hizo que Tita Merello reviva el vapuleado “Que Vachache” haciendo un éxito de él. Seguiría otro clásico que hasta trascendió las fronteras del tango, “Yira… Yira” está cargado de imágenes que quedaron inmediatamente grabadas en la retina porteña dando pie a frases que serían ineludibles clichés porteños. Sólo basta recordar:

Cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar…
Te acordarás de este otario
que un día, cansado,
se puso a ladrar.

Habiendo ya encontrado la dirección justa para su talento, Discepolín fue artero. Sus líneas denunciaban y distendían, ofuscaban y enternecían, callaban lo justo y gritaban el resto. Y aunque creamos que sólo compuso himnos tangueros, es justo mencionar también otras composiciones como “Sueño de Juventud”, “Sin Palabras”, “Chorra” (otro clásico) y “Justo el 31” que, si bien no corrieron la misma suerte que los otros, fueron de suma importancia. Tal es así que casi todo su catálogo fue grabado por Carlos Gardel, hasta su partida en 1935.
Justamente de ese periodo es, para muchos, la pièce de résistance de la obra de Discépolo: “Cambalache”, tango compadrito desde la música hasta la letra, refleja la sociedad argentina de su momento. Resulta ser también profético y visionario enumerando todos los males del cambalache argentino que vendría en el siglo XX:

Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley…

Pero no sólo Discepolín se dedicó a retratar falencias sociales o a avizorar catástrofes. De su lado más romántico y lírico, haciendo una formidable dupla con Mariano Mores, nos regaló “Uno” y “Cafetín de Buenos Aires”. Este último, que supieron interpretar Julio Sosa y Roberto Goyeneche pinta paisajes antológicos como:

En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía… dados… timba…
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.

Mientras que el romanticismo desgarrado de “Uno” ofrece sensaciones como estas:

Uno, busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias…
Sabe que la lucha es cruel
y es mucha, pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina…
Uno va arrastrándose entre espinas
y en su afán de dar su amor,
sufre y se destroza hasta entender
que uno se ha quedao sin corazón…

 


Podríamos agregar que su compromiso político y social no se estancó en su poesía, también fue un ferviente partidario peronista, factor que le trajo más de un dolor de cabeza. Este verdadero poeta “maldito” del tango, en los albores de los 50 se dedicó al cine y nuevamente a su primera pasión, el teatro, hasta que en 1951 se despidió de nuestro mundo para, seguramente, ir a escandalizar a los ángeles con su verborragia lunfarda. Julio Sosa interpreta “Cambalache”, el himno discepoliano… “Un Discepolín bien amargo” diria Julio

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