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Militaria
El origen del uso de las condecoraciones
Por el My (R) Sergio O. H. Toyos

He aquí una forma de manifestar el espíritu militar: el orgullo de lucir un distintivo que distinga al portador por haber participado de una acción heroica. Todos los ejércitos del mundo acostumbran distinguir a quienes se hayan destacado mediante el uso de una medalla, cordones, escudos u otros tipos de distinciones. Pero veamos cuál es el origen de esta costumbre:
Estamos acostumbrados a ver desde siempre, las chaquetillas militares adornadas por condecoraciones y distintivos, pero tal vez no sepamos dónde o cuándo comienza la costumbre de que el personal militar los luzca en mérito a algún hecho trascendente que haya realizado.
Investigando un poco en la historia, vemos que se trata de una usanza por cierto muy antigua, ya que existen antecedentes de ella entre los antiguos griegos y romanos. Los unos acostumbraban entregar un botón, broche o moneda de oro al soldado que se hubiera destacado especialmente durante la guerra, por su valor, decisión o alguna otra acción especial. También, existían premios consistentes en la entrega de esclavos, dinero o tierras.

Conocida es, por su parte, la costumbre romana de homenajear a las legiones que regresaban victoriosas de la guerra, tributándoles el triunfo. Este consistía normalmente en una fastuosa ceremonia que incluía el desfile de las tropas encabezadas por su comandante, montado en su carro de combate.
Le seguían todas las huestes cargadas con el botín de guerra y los esclavos obtenidos durante la campaña. En el lugar en el que se encontraban las autoridades imperiales y los senadores, el general, echando pie a tierra, ascendía hacia ese sitio, donde era coronado con laureles y hojas de roble. Luego, un esclavo, lo acompañaba sosteniéndole la corona, con la consigna de recordarle cada tanto, que sólo seguía siendo un hombre.
El roble y el laurel, el uno por la nobleza de su madera y el otro por el significado de gloria que de suyo cosechó al ser usado para estos fastos, fueron en adelante recogidos por la ciencia heráldica, para representar estos valores en los blasones o escudos nobiliarios, y luego en medallas y monedas. Posteriormente, serían incorporados también, en forma de bordados en las chaquetas y diversas formas de cubrecabezas con que fue evolucionando la uniformología.

El espíritu de premiar con algún objeto particular a quien se hubiera destacado en la guerra, prevaleció a lo largo de toda la historia, manifestándose en forma de la entrega de bienes diversos (títulos nobiliarios, tierras, esclavos, dinero, etc.), hasta que, en la Edad Media, con la aparición de las Órdenes Militares, comenzó a institucionalizarse la entrega de premios consistentes normalmente en armas de muy rica factura, mientras se mantenía el sistema anterior.
Se tiene conocimiento, también, que ya en el siglo XV comenzaron a entregarse medallas para premiar el valor en combate, pero sin que constituyeran premios “normalizados” oficialmente. Sólo constituían homenajes conmemorativos de algún hecho destacable y eran unitarios en sí mismos. No será sino hacia mediados del siglo XVIII, en que comenzarán a aparecer las condecoraciones oficiales otorgadas por las naciones a sus héroes.
En ocasiones, determinadas campañas, batallas o hechos individuales sobresalientes también acreditaban escudos o medallas especialmente fundidos, acuñados o mandados confeccionar por los orfebres que ya comenzaban a especializarse en estas singularidades de la joyería.

Como es natural, en estas tierras, se asimilaron las usanzas españolas, a su vez influenciadas por las francesas, las que se introdujeron hacia la misma época en que vinieron las primeras tropas del Ejército Regular Español, en 1771, cinco años antes de la creación del Virreinato del Río de la Plata. Los españoles, ya tenían en su propia organización ciertas normativas que incluían condecoraciones pertenecientes a antiguas órdenes y corporaciones del período de fines del siglo XVIII a principios del XIX.
Para entonces, las condecoraciones en uso se asemejaban bastante a las que estamos acostumbrados a ver en nuestros días: medallas pendientes de cintas y sujetas por broches y también, cucardas, placas, cruces, estrellas y escudos, pudiendo ser bordadas o enteramente de metal, de diversas manufacturas y formas aún tratándose de la misma condecoración.
También podían verse escudos bordados, charreteras y cordones, otorgados a manera de distinción por actos de heroicidad o por desempeño brillante durante una campaña.

Otro detalle singular lo constituye el hecho de existir una gran tolerancia en la configuración y el uso de todas estas distinciones, no faltando adjudicatarios que se hacían confeccionar sus propias condecoraciones particularmente por joyeros conocidos con los agregados, quitas o cambios que se solicitaran. Debe agregarse que dentro del concepto que encierra toda condecoración, abarca también el de distinción.
En tal sentido, también en esta época se tuvieron por tales los ascensos por mérito, las menciones especiales, las declaraciones de benemérito, benemérito en grado heroico y otros títulos semejantes que, sin tener una representación gráfica para ostentar, siempre figuraban en diplomas especiales y en las fojas de servicios de los causantes.
Esas costumbres continuaron tras el nacimiento de nuestro Ejército, junto con el de la Patria o incluso antes, durante las Invasiones Inglesas, en las que los improvisados pero aguerridos cuerpos de milicianos organizados para la Defensa y la Reconquista de Buenos aires, dieron sobradas muestras de valor. Es por entonces que nació la condecoración más antigua del palmarés de nuestro Ejército: el Escudo de Perdriel, que orgullosamente portan los cuadros y tropa del Regimiento de caballería de Tanques 10 “Húsares de Pueyrredón” y del Regimiento de Caballería 6 Escuela “Blandengues”, ambos protagonistas de aquella épica jornada.

Durante las Guerras por la Independencia , se multiplicaron también los actos de heroísmo, desprendimiento, arrojo y bravura, llevando a las autoridades militares y políticas a la necesidad de crear nuevas condecoraciones y recompensas que tuvieron, como dijéramos, diversas representaciones: escudos metálicos y bordados, medallas, charreteras y cordones. A ellas les siguieron las otorgadas en la Guerra con el Imperio del Brasil, en la Guerra de la Triple Alianza , y en la Campaña del Desierto.
En nuestros días, gran parte de las distinciones que jalonaron aquellos gloriosos hechos de armas se conservan, originales o en forma de réplicas, en las corbatas de las banderas de guerra de las unidades sobrevivientes de aquella época y, también, se ostentan orgullosamente en sus uniformes históricos. Del mismo modo, se agregaron nuevas distinciones conforme a los nuevos conflictos en que le cupo actuar a la Fuerza : la Guerra contra la Subversión , la Guerra de Malvinas, las obtenidas individual o colectivamente en las diversas Misiones de Paz en que le ha tocado participar a nuestro Ejército y aquellas otras, de un carácter mayormente protocolar, creadas para distinguir actos sobresalientes tanto de civiles como de militares.
Tal vez, de entre una de las muchas condecoraciones otorgadas desde los albores de nuestra nacionalidad, y con ellos, los de nuestro Ejército, una de las más curiosas y emotivas en cuanto a su significado, sea la siguiente:

El Escudo de Chancay o la historia de una sanción enaltecedora

Chancay es una pequeña localidad que se encuentra en territorio peruano, sobre la costa del Océano Pacífico, en la cual, el 25 de noviembre de 1820, un puñado de valerosos soldados patriotas protagonizó una heroica acción que se perpetuaría en la historia.
Corrían los duros años de la epopeya emancipadora y poco faltaba para que esta culminara en Ayacucho. El avance del ardor libertario, partiendo del Plata, había corrido a través de la mole andina liberando a Chile y en esos momentos, estaba consolidando su plan en suelo peruano.
Entre uno de los tantos hechos de armas que contribuyeron al esfuerzo patriota, se encuentra el protagonizado por un piquete de 19 granaderos, al mando del fogoso y temerario Teniente Juan Pascual Pringles. Este había recibido orden de marchar a la Caleta de Pescadores, a 15 Km de Chancay, donde debía aguardar al comandante colombiano Tomás Heres, y a varios oficiales del Batallón Numancia, para transmitirles una orden y aguardar la respuesta.

Como expresa recomendación, había recibido la de evitar todo encuentro con tropas realistas, debiendo replegarse en ese caso al emplazamiento de la reserva patriota, con prohibición absoluta de empeñarse en combate.
El destacamento realizó una marcha forzada durante la noche desde su campamento hasta el lugar indicado, que quedaba entre los médanos de una costa relativamente baja con algunas barrancas, encontrándose allí al amanecer. Hasta allí, cumplió en un todo las precisas indicaciones que tenía, cuando de improviso surgieron de las brumas de la todavía incierta mañana, tres escuadrones españoles que superaban holgadamente al reducido destacamento de granaderos.
El aparecer y presentar combate fue una sola acción que, sorprendiendo a los patriotas, tanto por el número cuanto por la configuración del terreno, los obligó a combatir desigualmente y de espaldas al mar.

Pringles, resuelto a abrirse paso, cargó en varios intentos, dejando tres muertos y once heridos, incluido él mismo. Negándose a entregarse y en un arrebato de indignación e impotencia desesperada, volvió grupas a su cabalgadura e intrépidamente se internó entre las olas, ante la vista atónita y admirada de sus propios soldados y del enemigo.
El jefe español, mandó rápidamente un estafeta a informar del hecho a su jefe inmediato, el general Valdez, quien marchaba no lejos de allí, al mando del grueso de las tropas españolas. Enterado, éste galopó hasta el lugar del combate, llegando a presenciar el momento en que Pringles, aún montado, era envuelto por el oleaje, perdía el equilibrio y era presa de la violencia del mar, siendo desmontado. Valdez picó espuelas a su cabalgadura y también penetró en el agua, ofreciéndole a Pringles a viva voz la garantía de su vida.
Este, advirtiendo tal vez lo estéril de su sacrificio y medio ahogado, alcanzó las ancas del caballo del general y aceptó su propia salvación. Llegado a la playa, Valdez ordenó rescatar al caballo del valeroso oficial y reunir a sus soldados.
San Martín recibió el parte del jefe de Pringles, Alvarado, en el cuartel general de Supe. En el Boletín del Ejército Unido Libertador del Perú, correspondiente al 2 de diciembre de 1820, se hizo conocer lo ocurrido a las tropas, en los siguientes términos:

[...] Una partida de 19 granaderos al mando del Teniente Pringles salió a reconocer al enemigo y por fortuna nuestra fue cortada por 80 caballos y hecha prisionera cerca de Chancay. Ellos se rindieron, pero el enemigo quedó cubierto de ignominia; quizá no hay ejemplo en el mundo, de un combate más desigual y que tanto deshonre al vencedor: los vencidos se han hecho acreedores de la admiración de los enemigos y del aplauso de sus compañeros de armas.

Posteriormente, la orden del día, proclamó lo siguiente: [...] ¡Soldados! Una de nuestras partidas de observación ha caído en poder de los enemigos en Chancay: el teniente Pringles y 19 granaderos fueron sorprendidos por setenta hombres. Cargaron sobre ellos, rompieron la línea, pero al fin tuvieron que ponerse en fuga a la vista de cien hombres más que venían a unirse a los últimos. De nuestros bravos, tres quedaron en el campo, once fueron heridos y seis han caído prisioneros, incluso el oficial. La excesiva superioridad del número y el estado en que se hallaban los caballos de nuestra partida, han dado al enemigo este humillante triunfo. Él debe avergonzarse de haber vencido a 20 granaderos que acababan de romper su línea y dejar tendidos en el campo, entre muertos y heridos, a 26 lanceros y a más de un oficial, según se asegura. El vencedor ha quedado escarmentado en este choque, y llenos de orgullo, los vencidos. ¡Soldados!: No temáis a un enemigo que sólo busca victorias que degradan y daos la enhorabuena por una pérdida que hace tanto honor a nuestros compañeros de armas. San Martín

En los primeros días de enero de 1821 el teniente Pringles y sus granaderos fueron canjeados y remitidos de Lima al campamento patriota, en Huaura, después de una penosa estadía en los lóbregos calabozos de Casas Matas, en las baterías de El Callao, donde no tuvieron honores ni reconocimiento a su bravura, sino solamente, y en dura forma, el tratamiento dado a un enemigo prisionero. Pringles recibió una severísima reprimenda, seguida de una grave sanción, por parte del general San Martín, pero no por ello su magnanimidad dejó de reconocer la intrepidez y el valor del joven oficial, por lo que al anunciarle su reincorporación al Ejército Libertador, resolvió otorgarle un honroso premio.

Consta de un escudo redondo de paño celeste, que lleva bordadas en plata en su perímetro, dos ramas de laurel y una inscripción singular, no tanto en su mensaje, cuanto por las formas en que está expresado. Dice así:

“GLORIA A LOS VENCIDOS EN CHANCAY”.

El premio, sin olvidar la derrota, resaltaba el reconocimiento a la recia bravura de la acción, mediante una inscripción en grandes letras, mientras que aquella aparecía en caracteres pequeños.
Así, la sanción se convirtió en honrosa prenda de reconocimiento al valor y al arrojo demostrados por el gallardo oficial.

Ejemplos como este, que abundan en nuestra historia militar, deberían ser tenidos en cuenta a la hora de poner pecho, no solamente a las armas enemigas, sino también, incluso, hasta la ofensa verbal y cobarde de quienes pretenden atacar o insultar a las instituciones de la República. He aquí, una vez más, otra de las muy actuales enseñanzas que nos da nuestro venerable pasado, y en este caso, relacionado con el Espíritu Militar.


Si el lector desea profundizar conocimientos relacionados con la historia, descripción y empleo de las condecoraciones, premios y recompensas empleados por nuestro Ejército, se recomienda investigar en las siguientes obras:

• Premios Militares, Mom, Rodolfo, Coronel y Vigil, Laurentino, Teniente Coronel, Buenos Aires, 1906. (Se recomienda su consulta en la Biblioteca Central del Ejército, la Biblioteca Nacional Militar o el Servicio Histórico del Ejército).
• Premios Militares, Martínez Lamela, José Félix, Capitán de Navío (R), Instituto Genealógico Heráldico de Rosario, Buenos Aires, 1995.
• Reseña Histórica y Orgánica del Ejército, Comando en Jefe del Ejército, Dirección de Estudios Históricos, Círculo Militar, Tomo III, Volumen 639/640, Buenos Aires, 1972.
• Reglamento RFP-30-01, Reconocimientos Honoríficos, IGM, Buenos Aires, 1997
• Reglamento RFP-70-04-II, Uniformes – Uniformes Históricos, IGM, Buenos Aires, 2000.

 

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