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Historia Militar
Una aventura en los principios de nuestra aviación
Por Sergio Toyos

Todos los que hemos pasado por las aulas, cuadras y demás instalaciones del Colegio Militar de la Nación, recordamos la avenida “Coronel Justo”, con múltiples matices. Entre ellos: el intensivo orden cerrado previo a los desfiles del 9 de julio, las “tomadas” a la salida del comedor, las formaciones previas a alguna actividad de conjunto, las grandes exteriorizaciones de alegría deportiva durante los torneos de primavera, etc. Pero fundamentalmente, estaban las formaciones de la tarde, con la posterior visita de los padres y de la novia o los momentos previos a la salida de franco del Cuerpo de Cadetes, escuchando la gloriosa voz de mando: ¡Cuerpo y Banda: Marrr!

Pocos, tal vez, sepan que el nombre de esta avenida le fuera impuesto por uno de sus más fecundos y notables directores, a la vez que uno de los que más perduraron en el cargo. Con el tiempo, su brillante preparación y su capacidad lo llevaron a ocupar cargos que lo harían brillar aún más en el firmamento de hombres notables de nuestro Ejército.
Corría la segunda década del siglo recientemente pasado. Presidía en esos momentos la primera magistratura del país, Don Marcelo Torcuato de Alvear y era su Ministro de Guerra el General Don Agustín Pedro Justo. Nuestro país atravesaba un período de prosperidad, abasteciendo de granos y carnes a los exhaustos países que habían participado en la Gran Guerra. En el año 1926 se llevaron a cabo varias proezas aeronáuticas. Luego de la guerra, la aviación, que se había “destapado” durante el conflicto, popularizaba la actividad, haciendo ver proyecciones que no se habían tenido en cuenta fuera del ámbito y aplicación militar.
Una de ellas, fue la llegada al país, del hidroavión español Plus Ultra, piloteado por el comandante Ramón Franco. Había partido del puerto de Palos y tras varias escalas arribó al puerto de Buenos aires en medio de una delirante multitud que lo aguardaba.
Otra hazaña que conmocionó al país fue protagonizada por tres pilotos argentinos, Bernardo Duggan, Eduardo Olivero y Ernesto Campanelli, quienes a bordo de un frágil biplano, partieron de Nueva York con rumbo a buenos Aires. El raid no pudo ser completado a raíz de una furiosa tormenta que sufrieron sobre Brasil, pero igual fueron calurosamente bienvenidos por sus compatriotas.
La aviación iba en auge día a día y tenía precisamente en el Ministro de Guerra, el general Agustín P. Justo, a uno de sus máximos impulsores. Había fundado la Fábrica Militar de Aviones en Córdoba y había organizado la “quinta arma” del Ejército: la Aviación , concentrándola también en esa provincia.
Justo, maniobrero como pocos, era curioso, inquieto y hasta dotado de un espíritu “intervencionista”, tanto que le gustaba probar personalmente los adelantos que impulsaba. Se cuenta de su abultada cartera de soldado, una anécdota curiosa y al mismo tiempo demostrativa del carácter, temple y decisión de este preclaro hombre de acción.

Durante el año 1927, a mediados de abril, el Ministro de Guerra, concluía una visita de inspección en la Guarnición Militar Córdoba, donde ya funcionaban las primeras instalaciones de la incipiente Aeronáutica Militar. Como último acto de la inspección, estaba previsto un corto vuelo de observación aérea, demostrando al mismo tiempo las evoluciones de una escuadrilla en formación.
Las máquinas eran biplanos Bréguet, dotación de la Escuela de Aviación Militar. El piloto de la máquina y al mismo tiempo, jefe de la escuadrilla, era el Capitán Victoriano Dionisio Martínez de Alegría, muy popular entre sus camaradas, quienes lo llamaban afectuosamente, sólo por el segundo apellido. En el cockpit biplaza de su máquina, llevaba en la parte trasera, al Ministro de Guerra.
El piloto, luego de hacer calentar los motores de la escuadrilla hizo las señas necesarias para que sus numerales comenzaran a despegar, iniciando acto seguido el carreteo. Una vez en el aire se elevó hasta una cota de 2.000 Mts., poniendo rumbo a La Rioja. El viaje comenzó en condiciones climáticas no muy propicias que provocaban violentas pérdidas de altura, debido a los pozos de aire.
Al aterrizar en La Rioja y finalizado el último carreteo para estacionar la máquina, el piloto paró el motor y giró la cabeza para preguntarle sonriente al Ministró qué le había parecido su primera experiencia de vuelo. Grande y con horror fue su sorpresa, al advertir que la carlinga se encontraba vacía y el asiento de mimbre en el que se había sentado el General Justo, no sólo no contenía a su pasajero, sino que el cinturón de seguridad se encontraba abierto.

En Buenos Aires, se recibió un telegrama que dio lugar a una gran preocupación y a toda suerte de conjeturas y chascarrillos políticos, al margen de la lógica preocupación por la desaparición del Ministro de Guerra. Este rezaba textualmente:
[...] Ministro de Guerra perdido en el aire.
Alegría ...

La firma del piloto, que cerraba el escueto mensaje informando del incidente a sus superiores, brindaba una desconcertante sensación, tanto por la desagradable noticia que comunicaba, cuanto por el margen de duda que esta dejaba, ya que nadie estaba al tanto del apellido del piloto y la situación política del momento se encontraba bastante tensa.
Luego de varias horas de angustia e incertidumbre y habiéndose patrullado intensamente los probables lugares del accidente, se supo que el ministro se había caído de la carlinga en uno de los tantos pozos de aire que se atravesaron en su rumbo. El General Justo, no muy ducho todavía en las primitivas lides aeronáuticas de aquella época, no había tenido la precaución de sujetarse el cinturón de seguridad.


Pero lo realmente digno de resaltar es que el Señor General no se amilanó. Ni lerdo ni perezoso, desplegó el paracaídas de asiento que llevaba y descendió ileso, cayendo sobre las copas de unos árboles de espinillo en un campo de la localidad de Patquía, en la provincia de La Rioja.
Esta anécdota que pinta de cuerpo entero la personalidad, presencia de ánimo y espíritu de uno de los máximos forjadores del Ejército de esa época, nos debería llevar también a pensar en su emulación.
Después de aquel incidente, se mantuvo al frente de la cartera de Guerra, continuó impulsando la nueva arma y muchos otros proyectos de la Fuerza. Ocho años más tarde, se convertía en Presidente de los Argentinos...

 

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