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Historia Militar
Memoria y ejemplo de vida: un argentino en Birmania
Por Sergio Toyos

Seis años atrás, en el matutino LA NACIÓN, los periodistas Ernesto Castrillón y Luis Casabal, publicaron una vívida y elocuente nota, que mencionaba una historia desconocida para muchos: un ciudadano argentino, descendiente de ingleses que en sus años mozos, al estallar la Segunda Guerra Mundial, no vaciló en concurrir a ofrecer sus servicios a la Madre Patria. Veamos esta interesante historia:

Una larga y variada historia personal

Dennis Clifford Crisp nació en Villa Guillermina, provincia de Santa Fe, el 25 de julio de 1920, pero al comenzar la Segunda Guerra marchó a Inglaterra de donde provenía su familia, como voluntario. Pasados muchos años, se radicó en la localidad bonaerense de La Lucila donde suele recordar su participación en uno de los teatros más crueles y olvidados de la contienda. Dennis, británico hasta los tuétanos, con su bigote tieso y cuidado a lo David Niven, el tono rubicundo de su rostro sardónico, expresión astuta de hombre que ha vivido una larga y aventurera vida, y hasta la cortesía distante que despliega con maestría en el trato. Como vicepresidente y tesorero de la rama argentina de la Royal British Legion , la agrupación que reúne a los veteranos de guerra británicos que viven en nuestro país, es una figura insoslayable cuando se trata de organizar reuniones en las que los ya ancianos militares se reúnen para recordar su participación en uno de los instantes más dramáticos del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. Crisp, conversador afable y de memoria minuciosa, recuerda en su luminoso hogar de La Lucila el origen de su familia.

"Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es veterano de la RAF ) en Tartagal, así que mi primer idioma fue el guaraní. A los cinco años viajé a Inglaterra con muy poco inglés. Estuve unos meses allí y, de regreso, estudié en el Belgrano Day School, aunque alterné esa formación con dos años de residencia en Inglaterra (entre 1931 y 1933), y terminé mis estudios en el colegio Carlos Pellegrini. Cuando empezó la guerra, en 1940, simplemente me fui a Inglaterra como voluntario".

Llegado a ese país tras la campaña de Francia, Crisp ingresó en el Ejército en una guarnición de Escocia, en junio de 1941, y terminó su preparación en la Escuela de Artillería de Deodali, en la India. Desde allí se dirigió a Birmania, por entonces el verdadero infierno verde donde cumpliría todo su servicio en tiempos de guerra, en la más olvidada, menos publicitada y tal vez más dura de las campañas del conflicto.

"Yo era oficial de Artillería, y ya era la cuarta generación de mi familia que servía en el mismo Regimiento de Artillería Real. Pertenecíamos a la 19a. División India. Allí había que manejar inglés e indostani, y además teníamos con nosotros a los gurkhas del Nepal, que eran excelentes soldados. Nos llamaban `el ejército olvidado´. Después de muchos meses de pelear en ese frente, sólo vimos algo publicado sobre nosotros en el diario de la división en la que revistábamos cuando nos tocó combatir y participar en la captura de la ciudad de Mandalay." El puntilloso y discreto oficial menciona al pasar, además, que su unidad tuvo también durísimas acciones y sangrientos combates librados en los alrededores de Singu y Mount Popa.

La guerra en la jungla – Los recuerdos

En la selva birmana, la unidad de Crisp se movía por barrosos y empinados caminos con sus cañones de 25 libras y sus Howitzers (obuses) de montaña de 3.7 y 6 pulgadas . Algunas de las piezas de montaña se transportaban a lomo de mulas, mientras que los Howitzers de 3.7 pulgadas debían ser remolcados con jeeps. Ocasionalmente, los cañones eran desarmados y cargados sobre los anchos lomos de los elefantes, aunque estos animales no eran buenos porteadores porque debían descansar regularmente tras un determinado tiempo, ocasión en que había que retirarles la carga. Cada pieza de artillería era constantemente revisada y se la mantenía lubricada para prevenir siempre la inevitable oxidación en el húmedo y pegajoso clima de la jungla.

"Los soldados nos resentíamos también -aclara Crisp-, había muchos más enfermos que muertos y heridos en nuestra división. Además teníamos la constante amenaza de la malaria y debíamos tomar para contrarrestarla unas pastillas que contenían quinina. Terminábamos todos con un color amarillento, de manera que, cuando regresamos finalmente a Inglaterra, enseguida supieron que habíamos estado en Birmania. En mi caso, el color amarillo de la piel me duró hasta dos o tres años después de la guerra." Afirma el ex artillero agregando que, además de la malaria y las fiebres, en la campaña tuvieron que padecer la abundante presencia de serpientes y de todo tipo de alimañas.

Las había venenosas, algunas de ellas letales, como también boas y además, alacranes muy pequeños o grandes como del tamaño de una mano, pero todos singularmente peligrosos. Estos últimos -señala- se metían en las botas, buscando cualquier lugar oscuro para ocultarse. Antes de vestirse, los soldados debían revisar muy bien la ropa y el calzado. Si bien había suero para los venenos de estas alimañas, Crisp afirma no haberlo utilizado en su división.

"Acerca del uniforme tropical -aclara-, muchos piensan que era con pantalones cortos. No era así, los pantalones eran largos y ajustados en los tobillos, como una defensa contra las alimañas. Recuerdo un punto de la selva especialmente plagado de serpientes ponzoñosas, llamado Mount Popa."

Crisp se niega sistemáticamente a relatar episodios del combate cotidiano y no guarda más que malos recuerdos de sus contrincantes japoneses. Afirma que no tendría problema alguno en reunirse con viejos adversarios alemanes, pero que nada en el mundo le haría compartir la mesa con un veterano japonés.

"El soldado japonés es cruel, terriblemente cruel. Trataba en forma bestial a la población civil. Era un enemigo temible, jamás se rendía, no teníamos prisioneros de guerra de ellos. En nuestra unidad, en seis meses de acción apenas logramos llenar un jeep con prisioneros. En Alemania, en cambio, teníamos camiones repletos de ellos (Crisp estuvo, tras su campaña en Asia, entre las tropas británicas de ocupación de aquel país).
Entonces, cuando conseguíamos capturar a algún combatiente japonés, en seguida le sacábamos todas las armas (para que no se suicidara) y lo mandábamos muy rápido a la base. Además, estaba la cuestión de cómo trataban a los ingleses que capturaban. Uno de mis mejores amigos de entonces fue prisionero de los japoneses. Ya falleció. Dos prisioneros más que conocí, argentinos de sangre británica como yo, murieron en la Argentina. Todos tenían en común la particularidad de que no hablaban de su experiencia en los campos de prisioneros. Uno de ellos se volvió a Inglaterra porque no toleraba las preguntas que le hacían acá sobre el tema. No saludaban a nadie, ni hablaban con nadie. Vaya a saber qué infierno vivieron allí, qué brutalidades tuvieron que soportar."

Luchar contra el monzón

Crisp recuerda nítidamente la época de la llegada de los monzones que los obligaba a anclar los camiones a los árboles. Las acciones militares, sin embargo, no se detenían pese a las torrenciales lluvias y las inundaciones provocadas por los arroyos que, convertidos en torrentes, arrasaban todo a su paso. Los japoneses no hacían un alto durante esta época, acostumbrados como estaban a esas terribles condiciones meteorológicas y climáticas, y los ingleses (que aprendieron a fuerza de sufrimiento sus tácticas), tampoco.

"Cada uno de nosotros -señala- usaba una especie de perramus. En realidad era como una sábana de goma, como un capote. Cuando nos uníamos, con esos capotes hacíamos una pequeña carpa. Si no, nos cubríamos con las hojas más grandes de banano que pudiéramos hallar. Las moscas, también, eran una maldición, siempre rondándonos. La comida nos llegaba por avión, comida seca que venía en lata. Poníamos distintas cosas adentro de ella para darle algo de sabor y las mezclábamos. A veces encontrábamos por los senderos de la selva chivos que terminaban en el rancho. Otras veces comimos mulas, loros y hasta monos. Uno se acostumbra y come de todo."

Crisp recuerda de la guerra en Birmania la presencia de tropas aliadas norteamericanas, como los "Merrill´s Marauders" (“Merodeadores de Merrill”, aguerridos comandos dirigidos por el coronel Frank Merrill) que combatieron en el norte del frente, tras las líneas japonesas. Los define como buenas tropas pero tremendamente exigidas, que terminaron por fatigarse.
También había otros norteamericanos que él conoció en Birmania, como los Ingenieros que se hicieron cargo de la administración y transporte de un ferrocarril de trocha angosta a través de la selva, que corría de Dinapur a Jaipur. Trabajaban entre una vegetación tan espesa que, según Crisp, al lado de ella la del Chaco parecía un paraíso tropical. Claro que lo que no rememora con tanto afecto el veterano combatiente es cómo los norteamericanos se adjudicaron (Hollywood mediante) el triunfo en el terrible frente birmano.

"Recuerdo que el regimiento había sido transportado por avión desde Birmania hasta Ranchi, en la India. Allí nos pensaban integrar a un nuevo cuerpo de Ejército en creación, organizado para invadir Malasia, una campaña que se vio obviada por el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón. Precisamente allí, estando en Rachi, en un cine cercano proyectaban una película norteamericana con Errol Flynn, llamada "Aventuras en Birmania", donde los norteamericanos ganaban la guerra ellos solos. Fui a hablar con el dueño de la sala y le dije que no proyectara el film, que nuestra tropa acababa de salir del infierno de Birmania. No me hizo caso, y nuestros hombres le quemaron el cine. Mis tropas se enojaron en forma esa vez, se pusieron realmente furiosas."

Al describir el terreno del campo de batalla de Birmania, Crisp recuerda que los tanques se utilizaban sólo en los escasos claros, caminos y senderos, aunque, a medida que los combates se iban intensificando, la selva era arrasada y retrocedía. Los aviones se usaban para bombardear esporádicamente la jungla. Era una campaña brutal donde la resistencia de la tropa tenía más relevancia, muchas veces, que la tecnología. Terminado el conflicto, y tras servir un tiempo entre las tropas de ocupación en Alemania, el veterano del frente birmano, ya sin el delator tono amarillento en la piel, regresó a la Argentina.
Casado y viudo, reincidió en el matrimonio con una joven uruguaya, y tuvo cinco hijos ("todos nacidos acá", aclara) y seis nietos. Mientras nos muestra sus fotografías y recuerdos de guerra (pocos y muy sobrios), Crisp comenta sus funciones de vicepresidente y tesorero de la Royal British Legion, que agrupa a los veteranos de guerra británicos residentes en la Argentina. "Tras la guerra, en 1946, éramos cerca de 1000 - recuerda-. Hoy somos apenas 76."

Dennis Clifford Crisp se fue soltando de a poco, mostrándose, pese a su reticencia inicial, como un conversador encantador y cautivante que sabía extraer del pasado precisos recuerdos de un terrible frente de combate de la Segunda Guerra Mundial, un frente olvidado, salvo, por supuesto, por los que tuvieron que combatir en él. 1

Hasta aquí, el interesante relato recogido por los colegas Ernesto Castrillón y Luis Casabal de LA NACIÓN. Su lectura, junto con la de otros artículos que se publicaran del mismo género, aludiendo al sexagésimo aniversario de la finalización de ese terrible conflicto, y siempre dentro del marco de investigación que me fijara personalmente para “Soldados de otras guerras”, ubiqué al Sr. Clifford Dennis Crisp. Nos encontramos en 2004 en mi oficina, donde lo invitara a concurrir y charlar un rato, dialogando sobre la base de lo que se publicara en LA NACIÓN.
A su llegada, me impresionaron vivamente la frescura y vitalidad de su memoria, como su impecable presencia. Típicamente británico, conservaba a sus largos ochenta un airoso porte, una clara inteligencia, y vívidos recuerdos.

Parco para explayarse en detalles que siempre respetamos entre soldados, no agregó mucho más a lo que expresara en el reportaje del que fuera objeto por mis colegas periodistas de LA NACIÓN, pero de soldado veterano de una ya antigua guerra a otro que esto escribe, se transmitieron una serie de sutiles comentarios, que, risueños unos, serios y dolorosos otros, todos habían dejado marcas, cicatrices o silencios. Todos respetables y respetados.
Al poco tiempo, recibí en casa, una tarjeta de invitación para participar en un acto de recordación a los angloargentinos caídos en la Segunda Guerra Mundial. Se desarrolló en el prestigioso colegio St Andrews, de la localidad de Olivos. Al llegar, su salón de actos, se encontraba lleno de autoridades civiles y militares extranjeras y argentinas, así como también y con carácter y ubicación preferencial, los escasos veteranos que habían podido concurrir. En algunos casos, estaban las viudas, en otros los hijos y muchos familiares de todos.

El Director del Colegio, en un enjundioso discurso de bienvenida, recordación de los hechos que nos convocaban y de homenaje a esos veteranos, pronunció unas conmovedoras palabras de bienvenida, a las que siguió la entrada de las banderas que presidirían la ceremonia. Con unción y silencio total nos pusimos de pie todos los presentes. Por mi parte, me encontraba ubicado al lado de una elegante y alta señora de británico aspecto, quien en inglés primero e inmediatamente en castellano, se presentó, manifestándome animada y sonriente, que era uruguaya, viuda de un voluntario argentino que había sido piloto de la RAF.
En el acto comenzaron a entrar las banderas, siendo la primera la gloriosa celeste y blanca, seguida de la Union Jack , la canadiense, la norteamericana, la australiana y la neocelandesa. Todas se ubicaron en el lugar de privilegio y la orquesta de alumnos del colegio arrancó melodiosamente con las notas sublimes de nuestro Himno Nacional… La señora uruguaya que tenía a mi lado se llevó la mano al pecho y con entonada, firme y potente voz, cantó nuestro Himno Nacional… mientras surcaban su arrugado rostro gruesas lágrimas. De reojo y totalmente anonadado por tan sorprendente actitud, me encontraba a punto de llorar de emoción. Creo que de los muchísimos actos en los que me tocó participar, éste fue uno de los más tocantes y vibrantes.

Es que resultaba sumamente curioso ver cómo toda esta gente ya mayor, brindaba un ejemplo cívico difícilmente descriptible. La reflexión me hacía volar, mientras escuchaba hablar todo en inglés, manifestándome yo también en el mismo idioma, pensando en el homenaje que se les brindaba a los octogenarios veteranos de guerra argentinos que habían combatido por ideales en los que habían sido formados por las generaciones pasadas, brindándonos un ejemplo de vida, de difícil imitación.

1 Fuente: http://www.lanacion.com.ar/suples/enfoques/0424/sz_607751.asp

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