Este artículo es presentado por
el My (R) Sergio O. H. Toyos, siendo de autoría del fallecido
Sr. Douglas Philip. Cuenta con los permisos de la familia para
su respetuosa publicación y puesta a consideración
de nuestros lectores, por el alto significado que posee para
la “Pequeña Gran Historia” de nuestra Patria.
La Historia de la Patria, no se hace solamente con los héroes
emblemáticos, perpetuados en el bronce, el mármol,
la pintura y recordados en innumerables muestras de reconocimiento:
nombres de poblaciones, de calles, de instituciones de todo
tipo, etc. En ella, también están incluidos también
los hombres y mujeres que en forma silenciosa y que sin quizá,
habérselo propuesto, aportaron y continúan haciéndolo
en el día a día, el necesario granito de arena
con el que se construye nuestra nacionalidad.
El relato que sigue, por cierto, verídico y comprobable,
nos muestra a uno de estos personajes. Una vida azarosa, aventurera
y dura, que por aquello de las “circunstancias” que menciona
Ortega y Gasset, refiriéndose al hombre en general, nos
muestra a uno totalmente desconocido para la Gran Historia,
que por instinto de supervivencia y por imperio de las cosas
que le tocó vivir, ofreció su existencia en función
del servicio, noble, sacrificada y abnegadamente, trascendiendo
sólo por eso. Uno de tantos desconocidos, que vivieron
y brindaron de sí, en circunstancias parecidas, legándonos
una parte de lo que somos y tenemos como argentinos… En definitiva,
un ejemplo para seguir…
Hace ya algunos años, me desempeñaba como personal
civil docente del Ejército, cumpliendo funciones como
jefe de trabajos prácticos en el Servicio Histórico
del Ejército. Mi tarea consistía en llevar a cabo
investigaciones y asesoramientos de carácter histórico,
del mismo modo que en recibir y orientar en sus trabajos, a
un numeroso público civil y militar que buscaba informarse
en nuestros archivos sobre datos que sirvieran para sus propias
investigaciones. Así fue como conocí al Sr. Douglas
Philip, un hombre ya mayor, que apareció un día,
acompañado de una señorita parienta suya, residente
en Canadá, quien venía a nuestro país a
investigar para su tesis universitaria, en los antecedentes
de los inmigrantes de origen escocés que se fueron estableciendo
con el correr de los años en nuestro territorio.
El Sr. Philip, en contactos mantenidos con su pariente canadiense,
le había referido una increíble historia que había
vivido un ancestro por vía lateral de su familia hacia
mediados y fines del siglo XIX. Por las notables circunstancias
que la caracterizaban, se habían constituido en una parte
importante y curiosa de la tradición oral familiar, pasándose
de boca en boca, y generación tras generación,
alcanzando la versión escrita, a través suyo.
El Sr. Douglas Philip decidió compilar en idioma inglés
los recuerdos de la familia, dedicando un rico apartado a este
personaje, cosa que hizo a mediados de 1962. El relato se desarrolla
así:
Una Historia de Familia
Según el relato de David Carruthers
21 de Junio de 1962
“No pretendo bajo ningún concepto, ser escritor,
pero deseo dejar sentado, más o menos cómo ha
sido mi vida en este país en que he nacido ( la República
Argentina).
Mi padre, James Smith Carruthers, fue un escocés
que vino a la Argentina, allá por 1860, a trabajar
en el campo, en la cría de ovejas, primero en una estancia
de la familia Gibson y más tarde en uno de la familia
Gilmour, por la zona de Mar de Ajó.
Con el tiempo, pudo arrendar un campo, siempre en
la zona de Mar de Ajó y se casó con una de las
hijas de la familia Gilmour.
Esta historia relata lo que les sucedió a
mis abuelos Gilmour en su estancia “Monte de los Blancos”
alrededor, alrededor de 1840, en las épocas de Rosas.
Mi tío, Daniel Gilmour, tenía cuatro
o cinco años cuando apareció un gaucho en la
casa de sus padres. Como era la costumbre, lo invitaron a
tomar mate y luego a comer un asado. En un momento dado, el
gaucho se quedó solo en la cocina y al regresar mi
abuela, lo vio cómo escondía bajo su poncho
una barra de jabón de las que hacía mi abuela
con grasa de oveja y luego los ponía a secar sobre
una tabla.
Tan indignada estaba mi abuela que lo echó
de la casa diciéndole que si se lo hubiera pedido,
se lo habría dado, pero no aceptaba que le estuviese
robando. El gaucho se fue maldiciendo y jurando venganza.
Al pequeño Daniel lo ponían sobre un
caballo manso para que aprendiese a andar, nada más
que con un cojinillo de cuero de oveja por montura. De repente,
una mañana de niebla se dieron cuenta que no estaba
y sus padres y hermanos lo empezaron a buscar sin encontrarlo.
Alguien comentó que el gaucho que quiso robar el jabón
había sido visto merodeando por el lugar, pero nada
se sabía de Daniel. A los pocos días apareció
el caballo de vuelta en la casa, pero nada del pequeño,
y una familia que vivía cerca de la costa, encontró
un bulto de ropa que pertenecía a Daniel, por lo que
llegaron a la conclusión que el niño se había
desvestido para bañarse y se había ahogado.
Esto fue creído por todo el mundo, excepto por mi abuela
quien decía que su pequeño Daniel estaba vivo
y rezaba para que apareciera, pero el tiempo fue pasando sin
que se supiese de él.
Muchos años después, vino un día
a, “Monte de los Blancos”, un caballero “nativo” que era un
funcionario de tierras o algo por el estilo. Este señor
fue invitado por mis abuelos a almorzar y en esa ocasión
se quedó mirando largamente a mi abuelo y a mi tío
Robert, que para entonces, era un muchacho de 22 años.
Finalmente dijo que en sus viajes por la frontera, en un apartado
fortín de la provincia de Santa Fe, había conocido
a un joven que era la viva imagen del señor Gilmour
y de su hijo Robert. Tiempo después estuvo haciendo
averiguaciones para darle datos a mi abuelo, pero no tuvo
éxito pues lo debían haber trasladado a algún
otro fortín lejano.
Volvieron a pasar los años y, cuando se produjo
la guerra brutal entre Argentina y Paraguay (1860 – 1865),
un oficial del Ejército Argentino recién vuelto
del frente de batalla, se encontró con mi abuelo y
le dijo que un joven soldado regular, alto y muy rubio, era
idéntico a él, que estaba seguro que era el
joven Daniel y que aún estaba combatiendo en el frente.
Mis abuelos eran amigos del general Manuel Campos
y lo fueron a ver. El general llevó a mi abuela a reconocer
los soldados que estaban regresando del Paraguay, pues la
guerra estaba terminando. ¡Pobre abuela! Recorrió
fila tras fila de soldados sin poder reconocer a su hijo ya
que, como se pudo saber mucho después, Daniel se había
quedado en Corrientes, con severas heridas sufridas en los
combates finales, por lo que no pudo ser desmovilizado con
sus camaradas.
Tiempo después, luego de doce años
de matrimonio, siempre criando ovejas en Rincón de
Ajó, mi padre había llegado a la conclusión
que, por las bajas condiciones de los campos de la zona, no
era buen negocio seguir en esa empresa. Fue así que
aceptó una propuesta de Mr. George Corbett, de llevar
su majada de ovejas a un campo distante de la provincia de
Buenos Aires, en la margen sur del Arroyo Grande, en el partido
de General Pringles, hoy partido de Coronel Dorrego, cerca
de Bahía Blanca.
El lector se preguntará qué tiene que
ver la vida de Daniel Gilmour con el arreo de las ovejas de
mi padre a Arroyo grande, pero h haciendo fuera del boliche
hete aquí que cuando mi padre, luego de días
de cabalgata, llegó al campo de Mr. Corbett, se encontró
con una pulpería donde estaban unos cuantos pobladores.
Según la costumbre campera fue muy bien recibido, e
invitado a participar de un asado que se estaba haciendo fuera
del boliche, mientras los participantes conversaban. Uno de
ellos comentó que la tropa de carretas de Chumarro,
había acampado por la noche, a una legua de donde ellos
estaban y otro preguntó si el rubio Nicolás
González, seguía a cargo de la tropa. El primero
contestó que sí pues lo había visto y
entonces, mi padre preguntó si el encargado de las
carretas era rubio y muy alto.
Volvió a contestarle el hombre que sí,
que tenía una gran barba roja y que era un sargento
de frontera, que había llegado a la zona después
de combatir en la guerra del Paraguay.
Entonces, mi padre preguntó si podría
ver al hombre rubio y uno de los presentes le dijo que sí,
que él tenía que seguir galopando hasta donde
estaban las carretas y le iba a decir que mi padre quería
verlo pues pensaba establecerse en el pago.
A la mañana siguiente, este hombre rubio llegó
al lugar y luego de atar su caballo al palenque, se acercó
tranquilo a donde se estaba haciendo el asado y dijo: -‘Buen
día, señores'- y a mi padre: –‘¿Usted
me quiere ver, señor?'- Mi padre asintió y le
preguntó su nombre: –‘Nicolás González,
su servidor'- contestó-. Mi padre le dijo: ‘-Usted
no es Nicolás González. Usted es Daniel Gilmour.'
Papá contó después que tan pronto
lo vio, estuvo seguro que era Daniel, pues era la imagen perfecta
de mi abuelo Don Mateo Gilmour.
Este hombre le preguntó a papá por
qué lo había llamado por un nombre que él
no conocía. Papá dijo: –‘Sentémonos y
charlemos. Te he llamado por tu verdadero nombre y si puedes
contestarme algunas preguntas, te explicaré el significado
de todo esto. ¿Recuerdas si alguna vez, siendo niño,
si hablaste en un idioma distinto al español que usas
ahora?'-
-‘Sí'-, le dijo. –‘Cuando era muy chico hablaba
algún idioma “gringo” pero no sabía cuál
era. Me acuerdo que mi tata a veces me gritaba ¡Che,
Gringo!'-
-‘Bien'-, siguió papá. -‘Yo puedo decirte
ya que en tu rodilla derecha tienes un lunar negro'.-
-‘¡Sí!'-, contestó Daniel. –‘Recuerdo
que por muchos años tuve esa mancha negra en la rodilla,
pero desapareció cuando una lanza india me hirió
allí esta fea cicatriz en su lugar.'
-‘¿Recuerdas quién te llevó
en su caballo cuando eras muy pequeño?'-
-‘Sí, mi tata Nicolás González'.-
-‘¿Y por qué le decías “tata”
a ese hombre?'-
-‘Porque él decía que era mi padre
y yo no conocía ningún otro. Y ya que me lo
pregunta, no era bueno conmigo. Era borracho y jugador y cuando
yo no le podía llevar algo de plata a la tardecita,
me golpeaba.'-
-‘¿Y cómo ganabas esos pocos centavos
que le llevabas a tu tata?-
-‘Casi siempre, haciendo mandados para los oficiales
a cargo de los fortines en la frontera con los indios, en
el sur de Mendoza, San Luis y sur de Córdoba. Pero
mi tata se puso muy enfermo y se murió. Yo debía
tener unos doce años pero no sé bien, porque
desconozco la edad que tengo.'-
-‘Estoy perfectamente convencido', -dijo papá-
‘que eres mi cuñado. Yo estoy casado con la menor de
tus hermanas, Mary, a quien nunca conociste pues nació
unos diez años después que te raptaran. Te propongo
que dejes tu trabajo de capataz de carretas y te vengas conmigo
para encontrarte con tus padres, quienes no te han visto por
más de cuarenta años. Ellos se están
poniendo muy viejos y tu madre está bastante enferma.'-
Daniel al principio no consintió con lo que
papá le propuso, diciendo que cómo iba a volver
con unos padres que no conocía y a los que les crearía
problemas, pues ni siquiera sabía hablar en su idioma.
Sin embargo, luego de una charla, papá logró
convencerlo que lo mejor que podían hacer era regresar
juntos a Rincón de Ajó.
Ahora volveré atrás para contar algunas
cosas que le pasaron a “Dan” durante su vida de soldado. Durante
la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, ganó
dos medallas por su valor en combate. Una por salvar la vida
de un oficial. En medio de una furiosa batalla, cuando se
había ordenado retirada, un oficial apellidado Del
Carril, cayó con una pierna destrozada por una bala.
Dan lo alzó y lo llevó a salvo, a riesgo de
su vida, hasta las propias líneas. En otra oportunidad,
cuando se había ordenado pasar al ataque para desalojar
al enemigo de sus posiciones, éste ofreció una
resistencia tan enconada que, ante las fuertes pérdidas,
hubo que emprender la retirada. Al alcanzar la seguridad de
la trinchera propia, Dan notó la falta de un camarada,
a quien creyó oír quejarse dentro de la trinchera
que acababan de abandonar ante la presión del enemigo.
Allí mismo, pidió permiso a su comandante para
regresar en busca del herido, siendo autorizado pero advertido
que podía costarle la vida. Y allá fue, a salvar
a su compañero, regresando ileso con él a cuestas.
Más adelante, ya hacia el final de la guerra,
resultó gravemente herido en combate y fue trasladado
a retaguardia y hospitalizado en Corrientes.
Al regresar a Buenos Aires recibió sus jinetas
de sargento primero, siendo destinado al servicio de fortines,
para controlar los malones que los indios lanzaban sobre los
nuevos pobladores de la pampa.
Dan sirvió en la frontera entre doce y catorce
años y estuvo en varios fortines, de algunos de los
cuales fue el jefe. Aquí voy a mencionar que en Paraguay
a Dan le volaron de un tiro un pedazo de oreja. En ese entonces,
a los caballos que no tenían dueño, se les cortaba
media oreja y se los destinaba a las guarniciones del Ejército.
Se los llamaba “caballos patria” (como a los todos los pocos
y pobres efectos que proveía el Estado, a las fuerzas
militares). Y así, Dan cargó con el mote de
“Sargento Patria” y cuando estuvo al frente de un fortín
en la provincia de San Luis, éste se conocía
como “el fortín del Sargento Patria” y más adelante,
“Fortín Patria”. Cuando se tendió la línea
del Ferrocarril al Pacífico por el territorio de San
Luis, la estación más cercana a este fortín
se llamaba “Dixonville” (en homenaje a un distinguido vecino
del lugar, que cediera parte de sus propiedades para la instalación
de la vía y levantar la estación). Ahora, (merced
a una moción presentada en 1925 al entonces Ministro
de Obras Públicas de la Nación , Dr. Roberto
M. Ortiz por un grupo de vecinos de la localidad), se llama
“Fortín El Patria”, no sé si por Dan o no, pero
me han dicho que antes se llamó “Sargento Patria”.
Durante sus años de lucha contra los indios,
Dan fue una vez capturado por los ranqueles y mantenido en
cautiverio en las tolderías hasta que por un error
del cacique, lo mandó a abrevar su caballo preferido
en una laguna cercana. En cuanto pudo, Dan se montó
en el caballo y huyó al desierto ocultándose
durante el día en los montes de algarrobos. Tras galopar
por dos noches seguidas, pudo llegar hasta su fortín,
ganándose entonces el mote de “indio rubio”.
En otra ocasión, una mañana brumosa
en que andaba patrullando con un oficial y otros dos soldados,
distinguieron a la distancia a un grupo de jinetes. Contra
la opinión de Dan, que pensaba que eran indios, el
oficial ordenó acercarse en la seguridad que se trataba
de otra patrulla de militares. Cuando se enfrentaron, no pudieron
resistir el ataque de los ranqueles, que mataron al instante
al oficial y resto de los soldados, dejando a Dan tras desnudarlo,
para divertirse probando sus lanzas en él, pues lo
reconocieron como el cautivo rubio que se les había
fugado. La primera lanza se clavó en el suelo y Dan
la pudo recoger alcanzando a matar dos indios con ella. Luego,
los indios fueron clavando sus lanzas en el cuerpo del caído,
que quedó de cara al suelo con una lanza rota atravesando
sus costillas. Milagrosamente en ese momento, un grupo de
paisanos armados que andaba galopando por la zona, obligó
a los indios a desbandarse tras unos pocos disparos.
Los paisanos, eran gente de Chumarro, quien más
adelante incorporaría a mi tío a su tropa de
carretas. Lo alzaron y lo pusieron en el lomo de un caballo
como si fuera una res de oveja y lo llevaron hasta el rancho
de Chumarro, donde permaneció por meses debatiéndose
entre la vida y la muerte, hasta que, restablecido, comenzó
a trabajar en las carretas.
Vuelvo ahora a la parte de mi relato en que papá
lo convenció a Dan de regresar con sus padres. Primero
papá tuvo que arreglar su situación con el Ejército,
pues aún no había sido licenciado. También
se ocupó de tramitar con las autoridades la cesión
de las tierras que le correspondían por sus servicios
en la frontera y en la guerra del Paraguay, las que le fueron
otorgadas y que luego se perdieron por la mala fe de gente
deshonesta.
Después de días de duro galope fueron
primero al campo de mi padre, donde papá le presentó
a mi madre, la hermana que nunca había conocido, a
la que más tarde llamó siempre “la viejita”.
En la mañana siguiente, los dos jinetes, luego
de cambiar caballos, continuaron su viaje hasta “Monte de
los Blancos”, de donde Dan había partido hacía
más de cuarenta años atrás.
Cuando llegaron, papá no quiso alterar a sus
suegros con una repentina aparición de Dan, pues ya
eran muy viejitos, así que dejándolo junto al
palenque, se adelantó y les dijo:
-‘He traído un amigo a verlos, que me ha acompañado
en mi viaje al sur.'-
Ante la pregunta de mi abuela, hizo una seña
a Dan, quien se adelantó hasta donde estaban ellos.
Cuando lo vio de cerca, mi abuela le dijo a su marido: -‘¡Dios
sea loado, Mathew, Jim nos ha traído a nuestro Daniel
de regreso!´-
Papá solía decir que nunca olvidaría
la reunión de Dan con sus padres, cada uno tomándolo
de una mano y no parando de abrazarlo.
Dan se quedó a vivir con mis abuelos, que
al poco tiempo dejaron el campo y se mudaron a una casa que
compraron en el pueblo de Lavalle, y los acompañó
y atendió en sus necesidades. Cuando murieron en 1886,
era el único hijo que estaba con ellos. Ahora descansan
en el cementerio de la Iglesia Escocesa de Chascomús.
Cuando Dan quedó solo juntó su tropilla
de caballos y se dirigió al sur, donde había
ganado su fama de valiente pero no fortuna.
Para entonces, mi padre había arrendado un
campo a cinco leguas de lo de Corbett, cerca de las sierras,
sobre el arroyo Sauce Grande. Nunca olvidaré cuando,
siendo yo un niño pequeño, llegó a casa
un hombre grande a caballo y luego de apearse y ajustarle
la cincha, se acercó adonde estábamos con mi
madre y mis hermanos. Llevaba un poncho mojado, pues era un
día lluvioso y cuando abrazó a mi madre pensé
quién podría ser ese hombre y por qué
la abrazaba.
Dan se quedó a vivir con nosotros y, por supuesto,
fue el héroe idealizado de nuestra niñez. Nunca
nos contó a los niños de guerras y batallas,
pero algunas veces en la tarde, junto al fuego del hogar,
solía charlar con papá sobre las cosas que había
tenido que pasar. Recuerdo que solía levarnos a los
niños a bañarnos al arroyo Sauce Grande, cercano
a nuestra casa, y allí pude ver, cuando nos quitábamos
la ropa, las terribles cicatrices que cubrían su cuerpo.
Dan se encariñó mucho con mi hermana
mayor, Bessie y cuando ella se casó en el año
1893 con William Sherriff, se fue a vivir con ellos a su estancia.
Hacia fines de 1894 enfermó seriamente debido
a las calamidades que debió soportar en su vida errante
como soldado y papá y mi cuñado Sherriff lo
enviaron al Hospital Británico en Buenos Aires, donde
falleció.
Así terminó la vida de Daniel Gilmour,
un hombre querido y respetado por todos los que lo conocieron
y, agrego al final, el héroe absoluto de sus sobrinos,
sin haberles dicho nunca nada sobre sus años en el
Ejército…
|