| para generales
de división, luego de brigada y por último,
de coroneles. Day venía de estar 13 años en
la Escuela Militar de Equitación, con cursos en Chile
y de haber sido miembro del equipo de salto en los Juegos
Olímpicos de Japón, en 1964. Conocía
el metier.
¿Qué hizo al asumir?
Me dije, ‘esto lo cambio’. En ese momento, Remonta
tenía tres haras: el de Lavalle, de puros de carrera;
Pringles, de mestizos para acción militar y Urquiza,
para burros y mulas. Criaban caballos pero sin tener en cuenta
cuestiones técnicas, como todo lo concerniente a su
origen y todo ese tipo de cosas. Los civiles conocían
sobre equinos, pero los militares eran simples burócratas.
¿En qué consistió
su trabajo?
En primer lugar, Remonta producía puros de carrera
que no ganaban ninguna competencia. Y por eso los vendían
muy baratos, en cuotas y a pagar con premios. Los compraban
los hipódromos del interior y no los pagaban. Los abogados
que tenían que reclamar eran de la auditoría
del Comando en Jefe y no sabían nada sobre estas cuestiones,
y los haras privados contaban con abogados de primera. Siempre
perdían los juicios.
¿Cómo luchó
contra todo eso?
Fue tremendo. Cambié y organicé los haras de
otra forma para criar caballos de salto y de polo. Me había
‘bancado’ un montón de años en la
Escuela Militar de Equitación donde nos daban unos
matungos. En tandas de 20 caballos, salía uno que servía.
Ahí produje el gran cambio. Y Remonta, que era ignorada
como criador de caballos deportivos, pasó a ser el
mejor de la Argentina y de América. Fue cuando los
brasileños me buscaron y se engancharon en lo mismo.
Hasta desde Alemania me llevaron como jurado a la exposición
más importante de su país.
¿Dónde estuvo el secreto
de ese cambio?
Apliqué lo que se hacía en Europa, especialmente
en Alemania e Inglaterra. Los peores caballos quedaban para
los trabajos del campo y los mejores eran comprados por las
remontas de los ejércitos. En consecuencia, el deporte
hípico estaba en manos de los militares. Ése
fue el gran cambio. Además, visitaba los haras y supervisaba
todo. La cuestión estuvo en las yeguas que compré,
o sea, las puras y mestizas de carrera que podían servir
para ser caballos deportivos. Arranqué con unas 500
y seis padrillos.
¿En cuanto tiempo lo produjo?
Armé todo en 1972, el año en que fui comandante
de Remonta. Y cuando me iba y vi que todo se desbarrancaba
y quedaba todo tirado, me metí otra vez en el organismo.
Fue en 1976 y me quedé hasta 2007. Me quisieron echar
varias veces y no pudieron. Como trabajaba gratis no había
el pretexto de siempre de que ‘no tengo plata para pagarle’.
Además de conocer sobre el tema, no tenía dependencia
con nadie. Era yo el que hacía la ‘gauchada’.
Ahí pasé más de 30 años hasta
que quedó todo armado y consolidado.
¿Qué más hizo?
Todas las manadas eran de acá y hasta establecí
qué padrillo debía servir a tal o cual yegua.
Después, la cuestión de la comida fue fundamental.
Como dicen los ingleses: ‘el caballo se desarrolla de
acuerdo con lo que come’. Cuando empecé no existían
praderas artificiales. Me enteré de que había
un japonés, Alfredo Utsumi, dedicado a ellas. Lo hice
contratar y formamos un equipo. En los haras él manejaba
el campo y yo los caballos. Establecimos pasturas de verano
y de invierno que aguantan el frío, como una ensalada
de pastos, cebada y avena.
Y con la crianza propiamente dicha,
¿qué hizo?
Antes, los criaban en Remonta y a los tres años los
echaban en el corral. Eran animales salvajes que se peleaban
entre ellos y se destruía la mitad. Un desastre. Quise
imponer un método llamado de crianza por impregnación,
pero no lo conseguí.
¿En qué consistía?
El conocimiento del caballo es por el olor. Con ese sistema
y cuando nace el potrillo, la yegua todavía está
en el piso y aparece el hombre. Entra a acariciarlo, a tocarlo
por todos lados, a meterle los dedos en los ollares, en las
orejas, en las verijas. Un procedimiento que dura más
o menos una hora. Al día siguiente, repite lo mismo.
Entonces, la presencia del hombre para el pequeño animal
es la mismo que la de la madre. Así se hace más
sencilla su crianza. Y es fácil domarlo porque ya es
manso. En los haras sí lo hacen y no se les arruina
ninguno.
Complemento exitoso
El plan de Day apuntó a varios cursos de acción:
la cruza de caballos y yeguas europeas; o sea, criar caballos
europeos en la Argentina; con puros de carrera y como un complemento,
criar caballos de salto con yeguas mestizas de carrera argentinas,
que produjo a la yegua de polo. “Éste era el
relleno y el mejor resultado se dio con esta última
opción”.
¿Y para el salto?
Crucé yeguas mestizas de carrera con caballos alemanes,
que eran toscos y pesados y se dieron unos animales bárbaros.
Ellos estaban buscando un caballo más ágil y
más liviano. A mí, en la primera cruza se me
dio. Cuando vieron ese caballo, que era el que ellos buscaban
desde hacía años, y yo lo había logrado
de un saque, me consideraron el genio de los caballos y me
invitaron a varias exposiciones en su país.
¿Qué pasa con la mula?
Es un animal que se adapta muy bien al suelo. En la alta montaña
es irreemplazable. Tiene una estabilidad extraordinaria y
sensibilidad para percibir cosas extrañas. Por ejemplo,
estar a los bufidos porque anda un puma cerca. Lo que no es
fácil es aparear a un burro con una yegua para obtenerla.
Hay que criarlo para que la sirva.
¿Cómo logró
que sus registros sanguíneos sean casi perfectos?
Fue una paciente tarea con varias razas. Desde antes, esto
estuvo bien elaborado. Los mejores burros los tenían
los franceses y los españoles.
En su casa de Punta Chica los recuerdos van y vienen. Se confiesa
similar a un francotirador en lo suyo: “No tengo preparación
profesional, pero sí una experiencia extraordinaria.
En Remonta manejé casi 3.000 caballos y una memoria
visual impresionante para reconocerlos. Veo un caballo y no
me lo olvido más, incluso me pasa con las mulas”,
afirma con la despedida.  |