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2DA SECCION |
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ÁNGEL CAPPA,
DIRECTOR TÉCNICO DE HURACÁN |
por Lauro Noro
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una simple receta cautivó al hincha vernáculo.
Esa, la del “tiki-tiki” que propuso Ángel
Cappa (63) como entrenador de Huracán. Llenó
los ojos de los amantes del buen fútbol, de la
pelota bien tratada, el juego asociado y la movilidad.
En una charla con SOLDADOS repasó aspectos de su
vida y de esa filosofía de la que hace gala. También
contó sus |
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| pasos
por la militancia política en un grupo peronista, las
razones de su exilio del país y cómo cambió
su vida al conocer a César Menotti y Jorge Valdano. |
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Angel Cappa
se autodefine como un tipo de barrio “que leyó
un par de libros, nada más y que con el fútbol
trató de aprender cosas”. Desde 1976 está
afincado en España, donde se casó en segundas
nupcias con una española y con la que tuvo una hija,
hoy abogada, y un hijo, sociólogo. Por ahora, ambos
padres viven en la Argentina. “Estoy donde hay trabajo”,
reconoce. En ese caminar dirigió, entre otros, a los
juveniles de la selección castellana; a la selección
argentina con César Luis Menotti en el Mundial de 1982
y al Barcelona con el que ganaron una Copa del Rey, otra de
la Liga y una Supercopa. Estuvo dos veces en Bánfield
y llegó a Huracán. Pasó por Peñarol
de Montevideo y en 1991, de vuelta en la Madre Patria, con
Jorge Valdano dirigió al Tenerife y al Real Madrid
donde jugaban cracks como Raúl, Hierro, Laudrup, Redondo,
Luis Enrique y Zamorano. Más tarde y ya solo, recaló
en Las Palmas y en 1998 tomó la dirección técnica
de Racing, que salió subcampeón del Apertura
de ese año. Al año siguiente fue al Atlante
de México y de allí, otra vez al Tenerife. En
2002 sacó campeón a Universitario de Deportes,
en Perú, y posteriormente, en el Mamelodi Sundowns
de Sudáfrica, con el que conquistó la Charity
Cup y el tercer lugar en la liga local. En octubre de 2008
se puso nuevamente el buzo de DT en Huracán con los
resultados conocidos.
El barrio y la pelota
Nació en Villa Mitre, Bahía Blanca, el 6 de
septiembre de 1946. “Uno no se dio cuenta, pero creció
al lado de un potrero y con una pelota. No es que yo elegí
el fútbol, creo que me eligió a mí como
a todos los demás pibes. Era una cosa natural. Nos
pasábamos el día jugando. Los partidos no terminaban
nunca porque mientras unos iban a comer, otros volvían
y el juego seguía”. Era su vida. El papá
era descendiente de sicilianos (a veces saca a relucir en
la cancha ese carácter meridional para discutir algún
fallo) y peluquero, y su mamá, de españoles.
“Él siempre me exigía buenas notas en
el colegio. Siempre las tuve. Aunque después, en la
adolescencia, abandoné el secundario por un tiempo,
luego volví, me recibí y de grande entré
en la universidad”, recuerda. Barría el negocio,
lo ayudaba en otras tareas y de paso, no perdía detalle
de las discusiones sobre fútbol. Hincha de Villa Mitre,
jugó como mediocampista y marcador central en el club
de sus amores, en Olimpo e integró el seleccionado
de la Liga del Sur. Según los entendidos, se destacaba
como buen jugador. Le tocó la colimba y después
de seis meses, salió en la primera baja. “La
hice en un regimiento de Bahía Blanca que estaba encargado
de la distribución de ropa. No me gustaba, tampoco
la autoridad impuesta, pero como jugaba al fútbol tenía
ciertos privilegios”.
Ya en la universidad, cursó estudios de Filosofía
y Psicopedagogía. “Lo hice para conocer la realidad
que se vivía en aquellos momentos”, asegura.
Sin embargo, escuchando a su abuela comenzó a darse
cuenta y a tener conciencia de las injusticias. “Ella
vino desde España y trabajó en el campo donde
su marido era peón y nos relataba las penurias que
pasó. Tenía que trabajar hasta el momento de
parir y cuando empezaban las contracciones dejaba de hacerlo.
Me lo decía con total naturalidad, como si fuera su
destino. Por eso quise conocer cómo eran las cosas”.
A poco de recibido, dictó clases en un colegio secundario
de Pringles, cerca de Bahía.
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El exilio
A los 28 años dejó el
fútbol. Una lesión en los ligamentos internos
de la rodilla lo alejó de las canchas. La docencia
apareció como un modo de vida. También
la militancia política en un grupo peronista
de base. “Era sobre todo ideológica, pero
en aquel momento, algo gravísimo. Hasta pensar
lo era. Hacíamos revistas, folletos, boletines,
siempre desde el punto de vista de la cultura. Todo
muy peligroso”. Un hecho marcó su destino.
En 1976 y ya instalada la dictadura militar habían
hecho unos panfletos en favor de la justicia y la libertad.
“Llevaba mi Citroen 3CV lleno de esos volantes
y me pararon en un control militar donde te revisaban
y si encontraban algo te metían preso. Un tipo
me conoció por el fútbol y me dejó
pasar sin revisarme. Ahí me dije que debía
irme porque dos oportunidades no me iban a dar”.
Así fue. Eligió
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España
por el idioma. En ese momento estaba separado y ya tenía
un hijo. Se había casado muy joven. “Me fui a
ver qué hacía con 200 dólares en el bolsillo
porque no había jugado ni en River ni en Boca (se ríe)
y para subsistir empecé a trabajar de cualquier cosa”.
Vendió libros o por lo menos lo intentó y escribió
para otros. “Había muerto Franco y con el destape
se vendía cualquier idiotez que tuviera que ver con
el sexo. Como había tanta demanda te llamaba un tipo
y te decía: “andá a la biblioteca y hacé
un resumen de tal o cual cosa sobre el tema”. No sabía
ni para quién era. Lo entregaba y te daban el dinero.
Había veinte como yo y con cada capítulo hacían
un librito que vendían en los kioscos”.
Nace el técnico
El dilema era que debía hacer algo para progresar.
“Lo mío era y es el fútbol y entonces,
me inscribí para hacer el curso de entrenador. Estudié
durante tres años. Entre mis compañeros estaban
el arquero Iribar, del Sol y Grosso. Por supuesto, el título
no le garantizaba nada. En ese momento no lo conocía
nadie. En 1980 o 1981 se enteró que
Menotti necesitaba a alguien que “espiara” a equipos
contrarios y a jugadores argentinos. “No lo conocía.
Y por medio de un amigo me conecté con él. Le
venía muy bien tenerme porque yo no era conocido y
podía ir a todos lados y hacer mi trabajo sin que nadie
se enterase. Así nos relacionamos”. No deja de
hablar de él. “Me hizo entender este juego y
me dio las llaves y los conceptos de lo que significa el oficio
de entrenador. A su lado aprendí lo esencial del fútbol”.
Más tarde, apareció Valdano. Después
de jugar hacía colaboraciones periodísticas
y quería probarse como entrenador. “Como no tenía
experiencia y yo sí y él tenía nombre
y yo no, hicimos un matrimonio de conveniencia y entonces
entre 'tu puedo y mi quiero', trabajamos juntos. Y nos fue
bien”. No sólo clasificaron al Tenerife para
la Copa UEFA sino que salieron campeones con el Real Madrid.
“Mal no nos fue”, confiesa con humildad.
Entre todas sus experiencias futboleras destaca la de Sudáfrica.
La juzga como extraordinaria. “Primero, porque quería
conocer el fútbol africano desde adentro y segundo,
se trataba de un país muy interesante desde la cultura
y las cuestiones sociales”. El idioma no fue impedimento
para comunicarse. “Aunque sabía cuatro palabras,
me las rebusqué (sonríe). Al principio, tenía
un intérprete para dar la charla técnica. Un
día faltó y tuve que hacerlo por mi cuenta.
Y ganamos. Les dije: 'lo hicieron porque no me entendieron
nada' (sonríe otra vez). El equipo fue campeón
de un torneo local y clasificó para la Copa de África”.
El hoy
Flaco, un metro 84, grueso bigote, mirada penetrante y buenos
modales, se confiesa amante de la música popular, del
tango y la samba brasileña. Admirador de Pugliese,
Goyeneche, María Betania, Vinicius de Moraes y de Ernesto
Grillo, aquel 10 que brilló en la década del
´50 en Independiente, la selección argentina
y más tarde en Boca, escribió varios libros,
entre ellos ¿Y el fútbol dónde está?
Como conductor de hombres es claro en sus conceptos. ¿Se
puede ser amigo de los jugadores?, es la pregunta del millón.
“No, amigo no, siempre hay una distancia. Yo no puedo
ser amigo de mi hijo. Lo que sí, puedo acompañarlo
y que encuentre en el entrenador alguien en quien apoyarse,
que le transmita cosas; lo mismo que el hijo necesita al padre
como una referencia clara”.
¿Y eso excede lo futbolístico?
Sí, porque es una tarea de conducción. Creo
que el jugador tiene que encontrar a una autoridad, pero entendiendo
la palabra no desde el punto de vista autoritario sino a la
cual se respeta. Como en el barrio. Nosotros no respetábamos
al más fuerte sino al que mejor jugaba. El fútbol
nos enseñó a respetar la autoridad del que sabe
y no del que la impone, ni del que es más fuerte.
Eso suena a rara avis porque hoy el entrenador se
ha convertido en hincha.
Eso no es bueno. Tiene que tener calma como todo conductor.
Es un líder impuesto y a partir de ahí debe
ganarse esa condición de muchas maneras. La cuestión
es que el jugador tenga una referencia.
Con este análisis, ¿cómo te
manejás con los jugadores?
Con dos premisas que para mí son fundamentales: el
respeto y el afecto. Exijo el primero, y el segundo me lo
tengo que ganar.
¿Qué les decís a chicos que están
atraídos por la fama, la televisión, las mujeres,
etcétera?
Trato de hablarles, de educarlos. En general busco encaminarlos
pero lucho contra un poder muy grande como son los medios
de comunicación. Había pibes que prendían
la televisión y estaban en todos los programas. ¿De
dónde sacaban el tiempo?, me preguntaba. Es un tema
que influye mucho en ellos. Les quitan la realidad de debajo
de los pies. Los hacen caminar por las nubes. Es algo irreal
que vos seas más importante que otro porque jugás
bien al fútbol.
¿Cómo se da esa relación con
ellos?
Con toda naturalidad. Me cuesta relacionarme con gente de
mi edad. Es decir, con aquellos que han perdido los sueños,
las ilusiones, la alegría. Sigo teniendo el mismo entusiasmo,
las mismas ilusiones que tenía a los 24; incluso a
veces, hasta la misma inocencia. Por eso no me cuesta nada
relacionarme con ellos. Tengo mucha paciencia, los escucho,
comparto cosas con ellos. Creo que el respeto lo puede todo.
¿Cuál es tu sueño, ahora?
Que Huracán juegue bien y salga campeón. 
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