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156 / junio 2009

SAN JUAN
A 199 años de la creación del Ejército Argentino

INTELIGENCIA DE COMBATE
El Carancho, pequeño pájaro de información

COMPAÑIA DE COMANDOS 601
Una herramienta eficaz para el combate moderno

CONFERENCIA DE EJÉRCITOS AMERICANOS
IIdo Ejercicio de Operaciones de Paz

MAR DEL PLATA
Bautismo de Fuego de la Artillería Antiaérea

PUNTA ALTA, PROVINCIA DE BUENOS AIRES
El Batallón Conjunto Argentino 11 se adiestra para operar en Haití

CONVENIO ENTRE LOS MINISTERIOS DE DEFENSA Y SALUD
Crean un hemocentro de las Fuerzas Armadas

DEPARTAMENTO DE POLÍTICAS DE GÉNERO
Lucha por la igualdad de oportunidades

EL EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL / Capítulo Décimocuarto
El gran gasoducto

HISTORIAS DEL PENSAMIENTO POLITICO NACIONAL / Capítulo Décimoprimero
La reforma universitaria de 1918

RESERVISTAS DEL EJÉRCITO
Unidos por un Sentimiento

17 DE MAYO - DÍA DE LA ARMADA
Veleros de la Independencia

ESTADO MAYOR CONJUNTO
Primera Reunión del Comando General Electoral

OLIVA – CORDOBA
Festival de Bandas

CORDOBA
Paixpillan: La Cacique solidaria

2DA SECCION
HACIA EL BICENTENARIO

El Ejército abrió sus puertas

HACIA EL BICENTENARIO
Un San Martín de película


GUARDIA MÉDICA DEL HOSPITAL MILITAR CENTRAL
Ocho días a la semana


PERSONALIDADES
El rugido de una Leona

HISTORIAS DEL PENSAMIENTO POLITICO NACIONAL / Capítulo Décimoprimero
La reforma universitaria de 1918
por Lauro S. Noro

Hace 91 años la Reforma Universitaria lanzada desde la provincia mediterránea modificó el rol y sentido de las universidades nacionales. No sólo permitió ampliar las posibilidades de acceder a una educación superior, sino a modificar planes de estudios, lograr la autonomía universitaria y el cogobierno estudiantil. Un movimiento que nació de un hecho arbitrario y que luego, se proyectó a toda América Latina y Europa.
ESTUDIANTES de la Universidad de Córdoba izan la bandera argentina (Archivo General de la Nación)
 
La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando, enseñando. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales”. Con estos principios, difundidos el 21 de junio de 1918, en el llamado Manifiesto Liminar, los estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba justificaron la huelga universitaria en reclamo de profundas reformas universitarias. Como reguero de pólvora, se convirtió en un amplio movimiento estudiantil en todo el país y en América Latina. Sus efectos se hicieron sentir hasta en España y los Estados Unidos.

Caldo de cultivo
El malestar estudiantil ya venía desde principios de siglo, con las grandes huelgas en las facultades de Derecho y de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Lejos de amainarse, la crisis creció en intensidad. En Córdoba, una ordenanza saturó los ánimos de los estudiantes. Las autoridades universitarias establecieron nuevas condiciones de asistencia a clase y suprimieron el internado en el Hospital de Clínicas de la provincia.
Un telegrama llegó a Buenos Aires firmado por Deodoro Roca, Arturo Orgaz y otros líderes estudiantiles. “¿Están con nosotros?”, decía. La recién creada Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), el 11 de abril de 1918, integrada por representantes de Tucumán, Santa Fe, Córdoba, La Plata y Buenos Aires, les contestó: “Estamos en el espíritu y en el corazón” y apoyó la rebelión. Sin embargo, los reclamos de los estudiantes cordobeses no fueron atendidos. El 20 de marzo, el consejo superior UNC resolvió no considerar ninguna solicitud. El 31 de marzo, los jóvenes proclamaron una huelga general y pidieron la intervención de la universidad.

El reclamo
¿Qué pedían los estudiantes? Las demandas iban desde el cogobierno de la universidad, la extensión universitaria, el acceso por concursos y periodicidad de las cátedras, la libertad de cátedra, hasta el ingreso masivo y gratuito, la vinculación entre docencia e investigación, la inserción en la sociedad y el rol de la universidad, la solidaridad latinoamericana e internacional y la unidad obrero-estudiantil. En aquel documento lo habían sintetizado claramente. “Nuestra América hasta hoy ha vivido de Europa, teniéndola por guía. En cultura, la ha nutrido y orientado. Pero la última guerra ha hecho evidente lo que ya se adivinaba, que en el corazón de esa cultura iban los gérmenes de su propia disolución. Su ciencia estaba al servicio de las minorías dominantes y alimentaba la lucha del hombre contra el hombre... Para los jóvenes esto trajo como consecuencia el despertar de un continente que vivía colonizado por el pensamiento europeo y cuyos hombres representativos sólo aspiran a figurar como rasgo notorio de discípulos en el concierto mundial de la inteligencia”, argumentaron los firmantes, Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, Gumersindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosh, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende y Ernesto Garzón.

Estatuas y pedestales
En un primer momento, los estudiantes lograron sus propósitos. El presidente Hipólito Yrigoyen nombró interventor al Procurador General de la Nación, José Nicolás Matienzo, quien luego de comprobar una serie de irregularidades, propuso democratizar el estatuto y declaró vacantes los cargos de rector y decanos. No obstante esos avances, los estudiantes quedaron excluidos para la elección de las autoridades. El 15 de junio faltaba designar al rector. El candidato reformista era Enrique Martínez Paz y el de la Universidad de Córdoba, Antonio Nores. Hubo dos votaciones. Ninguno obtuvo mayoría absoluta. Se hizo una tercera, en la que ganó Nores, pero no se proclamó ganador. El 15 de agosto, los estudiantes hicieron escuchar su voz. “En el país faltan estatuas, sobran pedestales”, proclamaron al derribar un busto cercano a la universidad El morado de las casullas de los obispos que enarbolaron como trofeos, fue desde entonces el color distintivo del movimiento. Algunos cursos se reanudaron, pero los estudiantes se acantonaron y resistieron a las fuerzas policiales. Enrique Barros, uno de sus líderes, resultó malamente golpeado y el país entero se indignó. Irigoyen, preocupado por el giro de los acontecimientos, nombró entonces como nuevo interventor de la UNC, al doctor José S. Salinas, ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación. Finalmente, el 12 de octubre de 1918 se suscribió un decreto con las reformas.

Consecuencias
“El grito del 18” se escuchó en todas partes. A mediados de 1920, Gabriel del Mazo, presidente de la FUA, firmó un convenio de cooperación con la Federación de Estudiantes del Perú y de Chile. También, organizó el Primer Congreso Nacional de Estudiantes del Perú, que pidió la creación de la Universidad Popular y recomendó la organización de escuelas de indígenas. A este, le siguió la convención de estudiantes de en el país trasandino y el Primer Congreso Internacional de Estudiantes, en México, en 1921. De esta manera, la Reforma se había puesto en marcha en toda Latinoamérica.

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