| La autoridad
en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo
y amando, enseñando. Toda la educación es una
larga obra de amor a los que aprenden. Mantener la actual relación
de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros
trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas
por fuerzas espirituales”. Con estos principios, difundidos
el 21 de junio de 1918, en el llamado Manifiesto Liminar, los
estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba justificaron
la huelga universitaria en reclamo de profundas reformas universitarias.
Como reguero de pólvora, se convirtió en un amplio
movimiento estudiantil en todo el país y en América
Latina. Sus efectos se hicieron sentir hasta en España
y los Estados Unidos.
Caldo de cultivo
El malestar estudiantil ya venía desde principios de
siglo, con las grandes huelgas en las facultades de Derecho
y de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Lejos de amainarse,
la crisis creció en intensidad. En Córdoba,
una ordenanza saturó los ánimos de los estudiantes.
Las autoridades universitarias establecieron nuevas condiciones
de asistencia a clase y suprimieron el internado en el Hospital
de Clínicas de la provincia.
Un telegrama llegó a Buenos Aires firmado por Deodoro
Roca, Arturo Orgaz y otros líderes estudiantiles. “¿Están
con nosotros?”, decía. La recién creada
Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), el
11 de abril de 1918, integrada por representantes de Tucumán,
Santa Fe, Córdoba, La Plata y Buenos Aires, les contestó:
“Estamos en el espíritu y en el corazón”
y apoyó la rebelión. Sin embargo, los reclamos
de los estudiantes cordobeses no fueron atendidos. El 20 de
marzo, el consejo superior UNC resolvió no considerar
ninguna solicitud. El 31 de marzo, los jóvenes proclamaron
una huelga general y pidieron la intervención de la
universidad.
El reclamo
¿Qué pedían los estudiantes? Las demandas
iban desde el cogobierno de la universidad, la extensión
universitaria, el acceso por concursos y periodicidad de las
cátedras, la libertad de cátedra, hasta el ingreso
masivo y gratuito, la vinculación entre docencia e
investigación, la inserción en la sociedad y
el rol de la universidad, la solidaridad latinoamericana e
internacional y la unidad obrero-estudiantil. En aquel documento
lo habían sintetizado claramente. “Nuestra América
hasta hoy ha vivido de Europa, teniéndola por guía.
En cultura, la ha nutrido y orientado. Pero la última
guerra ha hecho evidente lo que ya se adivinaba, que en el
corazón de esa cultura iban los gérmenes de
su propia disolución. Su ciencia estaba al servicio
de las minorías dominantes y alimentaba la lucha del
hombre contra el hombre... Para los jóvenes esto trajo
como consecuencia el despertar de un continente que vivía
colonizado por el pensamiento europeo y cuyos hombres representativos
sólo aspiran a figurar como rasgo notorio de discípulos
en el concierto mundial de la inteligencia”, argumentaron
los firmantes, Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael
C. Bordabehere, Gumersindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis
M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón
Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R.
Biagosh, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina
Allende y Ernesto Garzón.
Estatuas y pedestales
En un primer momento, los estudiantes lograron sus propósitos.
El presidente Hipólito Yrigoyen nombró interventor
al Procurador General de la Nación, José Nicolás
Matienzo, quien luego de comprobar una serie de irregularidades,
propuso democratizar el estatuto y declaró vacantes
los cargos de rector y decanos. No obstante esos avances,
los estudiantes quedaron excluidos para la elección
de las autoridades. El 15 de junio faltaba designar al rector.
El candidato reformista era Enrique Martínez Paz y
el de la Universidad de Córdoba, Antonio Nores. Hubo
dos votaciones. Ninguno obtuvo mayoría absoluta. Se
hizo una tercera, en la que ganó Nores, pero no se
proclamó ganador. El 15 de agosto, los estudiantes
hicieron escuchar su voz. “En el país faltan
estatuas, sobran pedestales”, proclamaron al derribar
un busto cercano a la universidad El morado de las casullas
de los obispos que enarbolaron como trofeos, fue desde entonces
el color distintivo del movimiento. Algunos cursos se reanudaron,
pero los estudiantes se acantonaron y resistieron a las fuerzas
policiales. Enrique Barros, uno de sus líderes, resultó
malamente golpeado y el país entero se indignó.
Irigoyen, preocupado por el giro de los acontecimientos, nombró
entonces como nuevo interventor de la UNC, al doctor José
S. Salinas, ministro de Justicia e Instrucción Pública
de la Nación. Finalmente, el 12 de octubre de 1918
se suscribió un decreto con las reformas.
Consecuencias
“El grito del 18” se escuchó en todas partes.
A mediados de 1920, Gabriel del Mazo, presidente de la FUA,
firmó un convenio de cooperación con la Federación
de Estudiantes del Perú y de Chile. También,
organizó el Primer Congreso Nacional de Estudiantes
del Perú, que pidió la creación de la
Universidad Popular y recomendó la organización
de escuelas de indígenas. A este, le siguió
la convención de estudiantes de en el país trasandino
y el Primer Congreso Internacional de Estudiantes, en México,
en 1921. De esta manera, la Reforma se había puesto
en marcha en toda Latinoamérica. 
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