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154 / abril 2009

DOCTOR RAÚL RICARDO ALFONSÍN
Multitudinaria despedida del pueblo al ex Presidente

ENTREVISTA A JULIO PIUMATO
Reflexiones sobre Derechos Humanos

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Un concierto por la vida

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EL EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL / Capítulo Décimosegundo
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Navegando en la Fragata Libertad

PERSONALIDADES / ENTREVISTA A LITTO NEBBIA
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Inicio del ciclo lectivo en el Liceo Militar General Roca

2DA SECCION
Cartas a Malvinas

35º FERIA DEL LIBRO
“Pensar con libros” será el lema de esta nueva edición

Cartas a Malvinas
por Lucía Tornero

En los momentos de adversidad, recurrimos a familiares o amigos en busca de consuelo. Pero, increíblemente, en tiempos de tragedia y soledad, el apoyo puede llegar de un desconocido. En la guerra de Malvinas, un soldado recibió una carta de un niño de nueve años. 27 años después, se encontraron. En algún sentido, se podría decir que fue un reencuentro, aunque nunca se habían visto la cara.
Corría el año 1982 y en la escuela nº 12 “Domingo Faustino Sarmiento”, de Luján, la señorita de 4º grado B, María
Luisa Cachau de Bonvecchi, o como la llamaba todo el mundo, Licha, instó a sus alumnos a escribirles una carta a los soldados que combatían en Malvinas. Nélson Darío Petraglia fue el único, entre todos los del curso, que recibió una respuesta, directo desde las islas. Su remitente era el entonces Cabo 1ro Francisco Ramón Alvarado, de 21 años, quien prestaba servicio en el Batallón de Aviación de Combate 601. La carta decía lo siguiente: “Querido amigo: En primer lugar te doy las gracias por escribirme esta carta y te quiero contar que tengo un hijo de tres meses y que quisiera que cuando sea grande sea como vos (todo un hombre). Las Malvinas las defendemos cueste lo que cueste, porque son y serán argentinas. Sigue estudiando para que cuando seas hombre triunfes en la vida y seas un orgullo para tus padres. Te cuento que son hermosas nuestras Malvinas. Se despide un amigo que te recordará siempre como un verdadero soldado. Chau y suerte. Ramón Alvarado, Cabo 1ero ¡Pero soldado!”.
El encuentro se realizó en las puertas de la escuela a la que asistía Nélson y desde donde fue enviada la correspondencia. Remitente y destinatario se fundieron en un abrazo y se preguntaban, cual amigos de toda la vida, ¿cómo andás?, ¿todo bien?. Asistió también a la cita la señorita Licha, y los tres conversaron por un buen rato, compartiendo sus historias, sus experiencias y recuerdos de aquella época y contemplaban la carta, una y otra vez, escrita en ese papel ahora añejo y frágil, con la letra de Alvarado, quien afirma estupefacto “Sí, es mi letra. Soy yo, no hay duda”. Se esfuerza por recordar qué decía la carta que le fue entregada a él, entre muchas que llegaban tituladas Carta a un Soldado, escritas por gente que los
combatientes ni siquiera conocían pero que, a la distancia, necesitaban manifestarles su apoyo y orgullo. “Cuando regresé, al igual que muchas de mis pertenencias, no pude traer la carta que me mandó Nélson. Quedó en Malvinas. Jamás en mi vida pensé en llegar a este momento y poder encontrarme con una persona que, en su momento puso lo mejor de sí para que el otro se sienta bien. Mandó una carta con esperanza, como un ciudadano, un niño, con todas las expectativas. Nos sentíamos acompañados y apoyados por la gente, a pesar de estar allá. Ese es el sentimiento que genera recibir una carta de alguien que uno no conoce”, relata Alvarado, con una tonada ligeramente cordobesa.
“Cada vez que leía la carta, sabía, no sé por qué, pero algo me decía que él había vuelto de allá. No lo conocía, pero tenía ese presentimiento”, confiesa Nélson, quien hoy es Teniente Primero de la Policía de la provincia de Buenos Aires, casado con una hija, Ludmila, quien asiste a la misma escuela que él y no dejó pasar la oportunidad de conocer a aquel hombre sobre el cual su padre alguna vez le había relatado. Ramón Alvarado llegó al último escalafón de su carrera. Es suboficial mayor, nativo de Chaco, y actualmente vive en Córdoba con su mujer y sus hijos.
Trabaja en la Sección de Aviación de Ejército 141, del Comando del IIIer Cuerpo. “De alguna manera siempre estuvimos ligados a Luján -comparte el veterano- Mi familia había hecho una promesa. Si yo volvía de Malvinas sano y salvo, íbamos a venir caminando desde Liniers a Luján, y así fue; también, cuando nos casamos, lo primero que hicimos fue venir de luna de miel acá. Nuestra vida estuvo muy marcada por la virgen de Luján”.
Ambos siguieron, formaron sus vidas y se encontraron. Recorrieron la escuela, Petraglia le mostró su aula y el banco desde el cual escribió su mensaje de aliento. Incluso arreglaron un próximo encuentro con partido de fútbol incluido.
¿Quién sabe hacia dónde nos llevan las vueltas de la vida? Es impredecible saber los resultados de nuestras vivencias, porque, como dijo la esposa de Alvarado: “De una experiencia tan fea salió algo positivo: un amigo”.
 

EZEIZA
La emoción de volver a las Islas

Para lograr paz interior, muchos debemos cumplir con nuestros asuntos pendientes y así deshacerse de una carga que puede pesar por años. Para numerosos veteranos de guerra, eso implica volver al territorio donde alguna vez combatieron, enfrentarse con los vestigios del conflicto y reencontrarse con los recuerdos de sus compañeros caídos. Con Malvinas pasa lo mismo. Los integrantes del Centro de Veteranos de Luján decidieron emprender el retorno a aquellas islas en donde tanto dejaron y así esperar que el tormento deje de acecharlos.
Ramón Rojas prestó servicio en el Regimiento de Infantería Mecanizado 6 General
Viamonte: “Quiero cerrar un capítulo y volver a Malvinas para cumplir una promesa que le hice a mi compañero caído en combate. Su nombre era Juan Domingo Rodríguez y le voy a llevar un rosario a su tumba. Siento mucha incertidumbre, pero es una deuda pendiente que tengo.
Veremos si después del viaje puedo empezar a dormir un poco mejor”. Arturo Ricardo Pedeuboy fue herido en combate, dos tiros en cada pierna fue el saldo. Se desempeñó en la misma unidad que su compañero anterior, pero en Monte Dos Hermanas. “Vamos en son de paz.
Queremos que esto que vamos a hacer sea posible para todos los veteranos y que cada cruz que esté allá tenga su nombre”, expresa. Los inseparables Julio Meno y Julio Galar, tocayos, compañeros del Regimiento 6, estuvieron en Puerto Argentino: “Pasamos los mil pesares. Estuvimos allá juntos y volvemos juntos”, comparten.

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