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/ marzo 2009 |






EL EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL
/ Capítulo Décimoprimero
Ayer y hoy de la CNEA |





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EL
EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL /
Capítulo Décimoprimero
Ayer y hoy de la CNEA |
por Lauro S. Noro |
| Desde
hace ya casi 60 años y a través del trabajo
de la Comisión Nacional de Energía Atómica,
la Argentina forma parte del pequeño grupo de países
que dominan la capacidad nuclear con fines pacíficos.
Desde aquellos primeros pasos con el fallido proyecto
Huemul hasta la realidad actual de un organismo al servicio
de la salud, el ambiente, la energía y la producción
nacional e internacional. |
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| La noticia
causó un revuelo total. A las 10 de la mañana
de aquel sábado 24 de marzo de 1951 y ante una veintena
de periodistas y funcionarios, el presidente Perón
anunció lo que ningún laboratorio avanzado del
mundo había logrado hasta entonces, la fusión
nuclear. “El 16 de febrero de este año, en la
planta piloto de energía atómica, en la isla
Huemul de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones
termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”,
leyó en un escueto comunicado. Y señaló
como responsable del descubrimiento al físico austríaco
Ronald Richter, que había llegado en 1948 a la Argentina.
Como era de esperarse, la noticia alcanzó las primeras
planas de los diarios más importantes del mundo. El
diario Times, de Londres, tituló: “energía
atómica barata a través de un proceso original,
según el mandatario argentino”. Por su parte,
el New York Times escribía que “Perón
anuncia una nueva forma de extraer energía del átomo”.
Y agregó: “Dice que la Argentina ha desarrollado
una reacción termonuclear que no utiliza uranio. Sostiene
que las pruebas han sido exitosas. El método se asemeja
a los procesos que tiene lugar en el sol”. ¿Cuál
había sido la realidad?
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Herederos
nucleares
Hace casi seis décadas la Argentina
decidió ser un país nuclear. Como vimos,
con luces y sombras, se puso en marcha el desarrollo de
la tecnología nuclear con fines pacíficos.
Con ese norte, los resultados de ese propósito
tienen nombres y apellidos: Comisión Nacional de
Energía Atómica (CNEA), Núcleo Eléctrica
Argentina S.A. (NA-SA), Autoridad Regulatoria Nuclear
(ARN), Dioxitec SA, Empresa Neuquina de Servicios e Ingeniería
(ENSI), Investigaciones Aplicadas (INVAP), Combustibles
Nucleares Argentinos SA (CONUAR), Fabricaciones de Aleaciones
Especiales SA (FAESA), Polo Tecnológico Constituyentes
SA, Fundación Escuela de Medicina Nuclear (FUESMEN),
Centro de Diagnóstico Nuclear (CDN), Instituto
Sábato y el Instituto Dan Beninson. Entre ellos,
el Instituto Balseiro que inició sus actividades
en 1955, con la idea de tener un establecimiento formal
de física en la Argentina y a partir de un acuerdo
con la Universidad Nacional de Cuyo y que es la encargada
de otorgar los títulos. |
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Nace
una ilusión
Con la firma del decreto 10936, del 31 de mayo
de 1950 Perón puso en marcha el programa nuclear argentino.
Allí no sólo expresó el papel rector de
la iniciativa con proyección de futuro, sino que remarcó
su carácter eminentemente pacífico. La decisión
implicaba aprovechar la fuerza del átomo para generar
electricidad y aplicar la tecnología nuclear en la salud
pública y la industria. Pero ¿cómo y con
quién hacerlo?, era el interrogante.
El ingeniero aeronáutico alemán Kurt Tank, -que
había diseñado el avión a reacción
Pulqui II y gozaba de la máxima estima del presidente
y de su gabinete-, le dio la respuesta: recomendó a Richter
como un físico de primera línea, especializado
en energía nuclear. Sin perder tiempo y apenas llegado,
le presentó a Perón un proyecto para desarrollar
fusión nuclear controlada. Con ella, el país contaría
con una fuente prácticamente inagotable de energía.
Entusiasmó al gobierno e inició sus trabajos en
el Instituto Aerotécnico, en Córdoba.
El gran fraude
De inmediato el científico recibió
pleno apoyo. Muchos sostienen que por eso Perón creó
la que más tarde sería la Comisión Nacional
de Energía Atómica (CNEA). En sus inicios comenzó
a funcionar como una comisión interministerial que él
mismo presidía, acompañado por tres o cuatro ministros.
Más tarde se convirtió en la |
Dirección
Nacional de la Energía Atómica (DNEA), cuya titularidad
ejerció el Coronel Enrique González, quien poco
tiempo después y ya con su denominación actual,
la dirigió entre 1950 y 1952. Este militar era un hombre
del GOU (Grupo de Oficiales Unidos), de amistad personal con
Perón y a quien le encargó apoyar a Richter. No
sólo le puso a disposición todo el personal que
necesitaba, sino que llegó a comprarle en el exterior
un equipamiento de mucho valor.
Así nació el proyecto de construcción de
un reactor a fusión en nuestro país. Su primera
ubicación fue en Villa del Lago, en las sierras cordobesas.
Pero un incendio, que Richter atribuyó a un sabotaje,
llevó a buscarle un lugar más escondido. Así
encontraron la isla Huemul. No hubo más que decir. El
científico se instaló en ese lugar con un enorme
costo de sostén logístico, porque cualquier material
de construcción hubo que trasladarlo por agua a donde
no había absolutamente nada. En este punto resultó
fundamental el apoyo del Ejército. El 2º Batallón
del Regimiento 21 de Infantería de Montaña, con
asiento en Bariloche, a las órdenes del Mayor Carlos
Monti, fue encargado de la seguridad de la isla; entre 200 y
300 hombres de la segunda Compañía de Ingenieros,
comandado por el Capitán Pasolli construyeron las instalaciones
y la Dirección General de Ingenieros de la Fuerza, al
mando del General Sauri, quien diseñó los planos
del complejo.
Richter era amo y señor allí. Hacía y deshacía.
Hasta que surgieron los primeros comentarios de que todo aquello
era un gran “bluff”. Sus dislates empezaron a exasperar
al gobierno. Además de manías persecutorias, ordenó
destruir costosas construcciones por encontrar mínimos
defectos y llegó a insinuar que el local no era adecuado
y quería mudarlo al desierto. El propio Perón
tuvo que aceptar la situación. Poco más de un
año después de aquel grandioso anuncio, hizo formar
una comisión asesora de cinco científicos y veinte
legisladores que el 5 de septiembre de 1952 inspeccionaron la
isla. Las conclusiones de José Antonio Balseiro, Mario
Báncora, Manuel Beninson, Pedro Bussolini y Otto Gamba
determinaron que todo era un fiasco. Una ilusión que
había costado 300 millones de dólares de la época.
Así murió el proyecto Huemul, los delirios de
Richter y la gestión de González. Como
el Ave Fénix
Sin embargo y pese al desencanto que produjo,
sus equipos y las instalaciones que se levantaron en el continente
para apoyarlo, fueron la base para la posterior creación
del Centro Atómico Bariloche. ¿Cómo siguieron
las cosas? Perón buscó un reemplazante para González.
Nombró al Capitán de Navío Pedro Iralagoitía,
que era su edecán naval y de su absoluta confianza. “Aunque
no tenía la más pálida idea sobre el tema,
fue por esa razón que lo puso a cargo de la comisión.
Al final, terminó siendo una especie de prócer
de la energía nuclear porque la organizó muy bien
y volcó todo el esfuerzo en la formación de recursos
humanos sin imponer ninguna condición política
a los convocados. Buscó gente capaz y le dieron mano
libre”, señala el Capitán de Navío
(RE) Roberto Ornstein (81), asesor desde 1979, del área
de Relaciones Internacionales de la CNEA.
Durante la revolución de 1955 le ofrecieron a Iralagoitía
continuar en el cargo, pero renunció por un gesto de
lealtad a quien lo había nombrado. El nuevo gobierno
designó al Capitán de Navío Ingeniero,
Oscar Quihillalt, quien para muchos es “el padre de la
energía nuclear en el país”. Fue presidente
de la CNEA durante 18 años (con un interregno entre 1958
y 1960, a cargo del Contralmirante Ingeniero Helio López).
Durante su gestión, empezaron a construirse las centrales
atómicas Atucha I y Embalse. Con la asunción de
Cámpora, Quihillalt dejó la dirección de
la comisión y se produjo un período oscuro donde
varios grupos pretendieron tomar su control. Entonces, la misma
gente de la CNEA fue a pedirle a Perón que nombrara otra
vez a Iralagoitía, cosa que hizo y estuvo hasta 1976.
Con la caída de Isabel Perón, fue la hora del
Vicealmirante y Doctor en Física Carlos Castro Madero.
Estuvo en la CNEA hasta diciembre de 1983 y terminó ambas
centrales atómicas. Además, le dio expansión
al área del ciclo del combustible y su fabricación
y a la producción de agua pesada. Alfonsín decidió
cortar con su imagen vinculada con lo militar y nombró
al Ingeniero Alberto Constantini, al que sucedió la Física
Emma Pérez Ferreyra. Hoy, está a cargo de la Licenciada
Norma Boero, con 30 años en la comisión y especialista
en combustibles nucleares. “Lo que llama la atención
de la CNEA es la continuidad de sus proyectos y propósitos
a pesar de los cambios de los sucesivos gobiernos. En 1984,
cuando se fue Castro Madero, había tenido prácticamente,
tres presidentes. Es el secreto de su estabilidad y resultados”,
concluye nuestro entrevistado, Capitán de Navío
Ornstein.  |
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