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153 / marzo 2009

SUMARIO

TARTAGAL – SALTA
El Ejército dijo presente

REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO
Hace 231 años nacía el General San Martín

ENTREVISTA A LA DRA. SABINA FREDERIC, SUBSECRETARIA DE FORMACIÓN MILITAR
Los desafíos de formar militares hoy

HISTORIAS DEL PENSAMIENTO POLITICO NACIONAL / Capítulo Octavo
El general de los ferrocarriles

EL EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL / Capítulo Décimoprimero
Ayer y hoy de la CNEA

ESCUELA DE SUBOFICIALES SARGENTO CABRAL
Ingreso 2009

CABO 1RO RODOLFO AGUSTÍN LÓPEZ
Réquiem para un Soldado Argentino

2DA SECCION
8 DE MARZO - DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER
Mujeres de armas tomar

ASTILLERO RÍO SANTIAGO
La puesta a nuevo de la Fragata Libertad


EL EJÉRCITO ARGENTINO Y LA PRODUCCIÓN NACIONAL / Capítulo Décimoprimero
Ayer y hoy de la CNEA
por Lauro S. Noro

Desde hace ya casi 60 años y a través del trabajo de la Comisión Nacional de Energía Atómica, la Argentina forma parte del pequeño grupo de países que dominan la capacidad nuclear con fines pacíficos. Desde aquellos primeros pasos con el fallido proyecto Huemul hasta la realidad actual de un organismo al servicio de la salud, el ambiente, la energía y la producción nacional e internacional.
 

La noticia causó un revuelo total. A las 10 de la mañana de aquel sábado 24 de marzo de 1951 y ante una veintena de periodistas y funcionarios, el presidente Perón anunció lo que ningún laboratorio avanzado del mundo había logrado hasta entonces, la fusión nuclear. “El 16 de febrero de este año, en la planta piloto de energía atómica, en la isla Huemul de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”, leyó en un escueto comunicado. Y señaló como responsable del descubrimiento al físico austríaco Ronald Richter, que había llegado en 1948 a la Argentina.
Como era de esperarse, la noticia alcanzó las primeras planas de los diarios más importantes del mundo. El diario Times, de Londres, tituló: “energía atómica barata a través de un proceso original, según el mandatario argentino”. Por su parte, el New York Times escribía que “Perón anuncia una nueva forma de extraer energía del átomo”. Y agregó: “Dice que la Argentina ha desarrollado una reacción termonuclear que no utiliza uranio. Sostiene que las pruebas han sido exitosas. El método se asemeja a los procesos que tiene lugar en el sol”. ¿Cuál había sido la realidad?


Herederos nucleares

Hace casi seis décadas la Argentina decidió ser un país nuclear. Como vimos, con luces y sombras, se puso en marcha el desarrollo de la tecnología nuclear con fines pacíficos. Con ese norte, los resultados de ese propósito tienen nombres y apellidos: Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Núcleo Eléctrica Argentina S.A. (NA-SA), Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN), Dioxitec SA, Empresa Neuquina de Servicios e Ingeniería (ENSI), Investigaciones Aplicadas (INVAP), Combustibles Nucleares Argentinos SA (CONUAR), Fabricaciones de Aleaciones Especiales SA (FAESA), Polo Tecnológico Constituyentes SA, Fundación Escuela de Medicina Nuclear (FUESMEN), Centro de Diagnóstico Nuclear (CDN), Instituto Sábato y el Instituto Dan Beninson. Entre ellos, el Instituto Balseiro que inició sus actividades en 1955, con la idea de tener un establecimiento formal de física en la Argentina y a partir de un acuerdo con la Universidad Nacional de Cuyo y que es la encargada de otorgar los títulos.
Nace una ilusión
Con la firma del decreto 10936, del 31 de mayo de 1950 Perón puso en marcha el programa nuclear argentino. Allí no sólo expresó el papel rector de la iniciativa con proyección de futuro, sino que remarcó su carácter eminentemente pacífico. La decisión implicaba aprovechar la fuerza del átomo para generar electricidad y aplicar la tecnología nuclear en la salud pública y la industria. Pero ¿cómo y con quién hacerlo?, era el interrogante.
El ingeniero aeronáutico alemán Kurt Tank, -que había diseñado el avión a reacción Pulqui II y gozaba de la máxima estima del presidente y de su gabinete-, le dio la respuesta: recomendó a Richter como un físico de primera línea, especializado en energía nuclear. Sin perder tiempo y apenas llegado, le presentó a Perón un proyecto para desarrollar fusión nuclear controlada. Con ella, el país contaría con una fuente prácticamente inagotable de energía. Entusiasmó al gobierno e inició sus trabajos en el Instituto Aerotécnico, en Córdoba.

El gran fraude
De inmediato el científico recibió pleno apoyo. Muchos sostienen que por eso Perón creó la que más tarde sería la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). En sus inicios comenzó a funcionar como una comisión interministerial que él mismo presidía, acompañado por tres o cuatro ministros. Más tarde se convirtió en la
Dirección Nacional de la Energía Atómica (DNEA), cuya titularidad ejerció el Coronel Enrique González, quien poco tiempo después y ya con su denominación actual, la dirigió entre 1950 y 1952. Este militar era un hombre del GOU (Grupo de Oficiales Unidos), de amistad personal con Perón y a quien le encargó apoyar a Richter. No sólo le puso a disposición todo el personal que necesitaba, sino que llegó a comprarle en el exterior un equipamiento de mucho valor.
Así nació el proyecto de construcción de un reactor a fusión en nuestro país. Su primera ubicación fue en Villa del Lago, en las sierras cordobesas. Pero un incendio, que Richter atribuyó a un sabotaje, llevó a buscarle un lugar más escondido. Así encontraron la isla Huemul. No hubo más que decir. El científico se instaló en ese lugar con un enorme costo de sostén logístico, porque cualquier material de construcción hubo que trasladarlo por agua a donde no había absolutamente nada. En este punto resultó fundamental el apoyo del Ejército. El 2º Batallón del Regimiento 21 de Infantería de Montaña, con asiento en Bariloche, a las órdenes del Mayor Carlos Monti, fue encargado de la seguridad de la isla; entre 200 y 300 hombres de la segunda Compañía de Ingenieros, comandado por el Capitán Pasolli construyeron las instalaciones y la Dirección General de Ingenieros de la Fuerza, al mando del General Sauri, quien diseñó los planos del complejo.
Richter era amo y señor allí. Hacía y deshacía. Hasta que surgieron los primeros comentarios de que todo aquello era un gran “bluff”. Sus dislates empezaron a exasperar al gobierno. Además de manías persecutorias, ordenó destruir costosas construcciones por encontrar mínimos defectos y llegó a insinuar que el local no era adecuado y quería mudarlo al desierto. El propio Perón tuvo que aceptar la situación. Poco más de un año después de aquel grandioso anuncio, hizo formar una comisión asesora de cinco científicos y veinte legisladores que el 5 de septiembre de 1952 inspeccionaron la isla. Las conclusiones de José Antonio Balseiro, Mario Báncora, Manuel Beninson, Pedro Bussolini y Otto Gamba determinaron que todo era un fiasco. Una ilusión que había costado 300 millones de dólares de la época. Así murió el proyecto Huemul, los delirios de Richter y la gestión de González.

Como el Ave Fénix
Sin embargo y pese al desencanto que produjo, sus equipos y las instalaciones que se levantaron en el continente para apoyarlo, fueron la base para la posterior creación del Centro Atómico Bariloche. ¿Cómo siguieron las cosas? Perón buscó un reemplazante para González. Nombró al Capitán de Navío Pedro Iralagoitía, que era su edecán naval y de su absoluta confianza. “Aunque no tenía la más pálida idea sobre el tema, fue por esa razón que lo puso a cargo de la comisión. Al final, terminó siendo una especie de prócer de la energía nuclear porque la organizó muy bien y volcó todo el esfuerzo en la formación de recursos humanos sin imponer ninguna condición política a los convocados. Buscó gente capaz y le dieron mano libre”, señala el Capitán de Navío (RE) Roberto Ornstein (81), asesor desde 1979, del área de Relaciones Internacionales de la CNEA.
Durante la revolución de 1955 le ofrecieron a Iralagoitía continuar en el cargo, pero renunció por un gesto de lealtad a quien lo había nombrado. El nuevo gobierno designó al Capitán de Navío Ingeniero, Oscar Quihillalt, quien para muchos es “el padre de la energía nuclear en el país”. Fue presidente de la CNEA durante 18 años (con un interregno entre 1958 y 1960, a cargo del Contralmirante Ingeniero Helio López). Durante su gestión, empezaron a construirse las centrales atómicas Atucha I y Embalse. Con la asunción de Cámpora, Quihillalt dejó la dirección de la comisión y se produjo un período oscuro donde varios grupos pretendieron tomar su control. Entonces, la misma gente de la CNEA fue a pedirle a Perón que nombrara otra vez a Iralagoitía, cosa que hizo y estuvo hasta 1976.
Con la caída de Isabel Perón, fue la hora del Vicealmirante y Doctor en Física Carlos Castro Madero. Estuvo en la CNEA hasta diciembre de 1983 y terminó ambas centrales atómicas. Además, le dio expansión al área del ciclo del combustible y su fabricación y a la producción de agua pesada. Alfonsín decidió cortar con su imagen vinculada con lo militar y nombró al Ingeniero Alberto Constantini, al que sucedió la Física Emma Pérez Ferreyra. Hoy, está a cargo de la Licenciada Norma Boero, con 30 años en la comisión y especialista en combustibles nucleares. “Lo que llama la atención de la CNEA es la continuidad de sus proyectos y propósitos a pesar de los cambios de los sucesivos gobiernos. En 1984, cuando se fue Castro Madero, había tenido prácticamente, tres presidentes. Es el secreto de su estabilidad y resultados”, concluye nuestro entrevistado, Capitán de Navío Ornstein.
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