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La increíble vida de un cura que estuvo
en Malvinas
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El padre Vicente
Martínez Torrens, fue uno de los primeros en llegar
a las islas. Hubo ocasiones en las que ofició misa
en medio de los bombardeos. Hoy brinda ayuda y contención
a veteranos de guerra y familiares.
Muchas voces han contado cómo fue el horror que se
vivió en la guerra de Malvinas. La muerte, la sangre,
el frío, el hambre y la necesidad de matar para seguir
viviendo. Vicente cuenta la misma historia, pero desde otro
lado. Él no portaba un arma, se defendía con
una cruz y una Biblia. Vicente Martínez Torrens, cura
salesiano, fue uno de los pocos sacerdotes que acompañó
a los soldados argentinos en ese infierno. Vivió 74
días sobre la turba de las islas en un hecho que se
transformó en una bisagra para el resto de su existencia.
Actualmente se desempeña en el Archivo Histórico
Salesiano en Bahía Blanca pero sabe que su misión
es atender los efectos de la posguerra, y de auxiliar en la
espiritualidad a los veteranos de guerra sus familiares. Fue
el primer capellán en llegar y el último en
abandonar las islas, sin caer prisionero de los ingleses.
El sacerdote lamenta el proceso de desmalvinización
que ocurrió en Argentina, despotricando entre otras
manifestaciones, contra la película "Los
chicos de la guerra" porque no cuenta toda la verdad
y afirma que la idea original era sacar a los ingleses de
la isla, plantar la bandera argentina y negociar en la ONU,
sin llegar a la guerra.
También señala que "no todo era mentira
por las simples ganas de mentir. Era parte de una guerra psicológica".
En otro párrafo duda de las bajas admitidas oficialmente
por el enemigo. "Revisé todos los diarios
del mundo y en ningún lado aparece el regreso de los
gurkhas nepaleses que atravesaron corriendo 36.000 minas antipersonales
que rodeaban Puerto Argentino". El padre Vicente
tiene una ficha personal de cada uno de los 649 argentinos
muertos durante el conflicto (323 fallecidos en el ataque
al Belgrano) y un completo diario de guerra que escribió
en Malvinas donde se atiborran los terribles recuerdos vividos
y sufridos por la tropa argentina. Este cura se movía
con total libertad, ya sea en la Gran Malvina como en la Soledad
y estuvo a metros del encuentro clave que sostuvieron Jeremy
Moore y Benjamín Menéndez para darle fin a la
guerra.
Testigo.
"En Bahía Agradable fui testigo de que manera
desaparecían las fragatas y destructores ingleses y
yo me pregunto qué nación le infligió
tanto daño a Inglaterra. Es justo también decirlo
que no nos pasaron por encima", relata. Agrega:
"Si ellos son los ganadores tendrían que mostrar
lo bien que le fue y el poco costo que pagaron por esa conquista
pero la señora Margaret Thatcher, en uso de sus funciones,
impuso un secreto de guerra de no revelar absolutamente nada
por 90 años, hasta el 2072". "Respeto y les
creo a los soldados que dieron testimonio sobre las carencias
que pasaron en el frente porque yo mismo me encontré
con dos muertos por desnutrición y fatiga. Existió
y fueron casos puntuales, pero no fue la generalidad de los
11.000 soldados. Una compañía la pasó
muy mal, eran los que estaban en Puerto Yapeyú (Howart)
porque ellos quedaron localizados frente a la playa de desembarco
de los ingleses. Entonces no se los podía reabastecer,
se trató de llegar con toda la picardías criollas
pero no se pudo. Se mandó al "Isla de los Estados"
y lo hundieron, se mandó al "Carcarañá"
y lo hundieron, otro barco pudo escapar pero no pudieron reabastecerlos".
Cuenta que estos soldados se estaban alimentando con
1.200 calorías diarias para racionalizar los alimentos
cuando por la tensión y el frío necesitaban
3.000 calorías. "Respeto todas las visiones
porque les creo, pero es muy parcial. Al soldado se lo metió
en un pozo de zorro setenta días y no pudo ver la guerra
en su conjunto. Hay que respetarla y aceptarla. Por mi oficio,
y el haber sido capellán único durante mucho
tiempo, pude recorrer la isla Soledad desde el cabo San Felipe
hasta Monte Kent, desde Moody Brook hasta Puerto Enriqueta.
Tenía un helicóptero con un piloto a disposición
y pasamos varias veces el canal San Carlos" cuenta.
La rendición y la posguerra
El padre Vicente tuvo una activa participación tras
el cese del fuego. No cayó prisionero y ayudó
a los heridos hasta que lo detectaron. Con un remolcador se
largó con destino a Comodoro Rivadavia sin caer en
manos inglesas. También fue artífice para que
la bandera nacional de guerra del RI 4 no fuera tomada por
los militares ingleses. "Cuando una bandera se pierde
en guerra, no se repone, se reconquista. Eso lo aprendí
después. Los británicos están sin bandera
en uno de sus regimientos porque la perdieron en las invasiones
inglesas y esa bandera está en la iglesia de Santo
Domingo. Por eso ellos querían nuestra bandera, porque
es histórica y para canjearla por la otra".
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"No pudieron conseguirla
porque alguien me la pasó y yo la pude sacar hacia
el continente, pero no me pidan que revele el modo en que
lo hice. En tanto los sables de los oficiales fueron envueltos
en plástico y escondidos en lugares marcados, para
recuperarlos en algún momento".
Tras la rendición, el padre Vicente no se entregó
y se mantuvo oculto ayudando a los heridos. De noche los llevaba
en un remolcador al Rompehielos ARA "Irízar"
que estaba a 40 minutos de navegación. El buque había
sido transformado como hospital y estaba reconocido por la
Cruz Roja. El capellán estuvo hasta el 19 de junio
realizando esa tarea. Cuando lo detectaron, terminó
de subir a los heridos y se fue con el remolcador a Comodoro
Rivadavia. |
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Durante muchos días Vicente fue el único
sacerdote para contener a miles de soldados en medio del
infierno de la guerra. |
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Luego de 26 años, la misión continúa
A más de dos décadas de la guerra, la misión
del sacerdote continúa porque está en contacto
permanente con los ex combatientes. A donde va, pregunta enseguida
por los veteranos de guerra y mantiene contacto. Lo mismo
con familiares y amigos, que buscan más información.
El cura expresa que se han encontrado con historias terribles
de soldados que han padecido y siguen padeciendo la indiferencia
de la mayoría de los argentinos. También lamenta
la gran cantidad de suicidios que actualmente se acerca a
los cuatrocientos. Recuerda el caso de una madre a quien le
habían comentado que su hijo aún estaba vivo,
que había sido herido en un combate y que había
perdido la memoria. "Incluso le comentaron que estaba
vagando por las islas. La mujer vendió todo, hizo hasta
lo imposible para ir a la isla a buscarlo. Hasta viajó
al Reino Unido para pedir permiso. Yo la encontré y
le expliqué que su hijo ya estaba con Dios, porque
había fallecido en el ataque del 1 de mayo a la 4.30
de madrugada a 15 metros de la torre de control del aeropuerto.
Yo mismo lo había enterrado".
Llegó a dar ocho misas en un día
Monseñor Medina, por entonces, Obispo Castrense, visitó
en cierta ocasión las islas. El padre Vicente, aprovechó
para decirle: “Monseñor, usted sabe que el código
de derecho canónico permite rezar hasta tres misas
diarias; pues bien, yo estoy realizando ocho. ¿Qué
pena canónica me puede caber?” y él le
dijo: “situación de guerra, hijo, así que
dale nomás”. Luego, le dijo: “mira, acá
con el Capellán Mayor del Ejército hemos decidido
nombrarte Capellán de las Islas Malvinas”
y él le contestó que solamente era un voluntario
más y que se quedaba hasta que resultara necesario,
porque no era capellán castrense. Luego, agregó:
mire, declino el nombramiento y provea usted. A ello le contestó
monseñor Medina: “bueno, que te hace falta”;
ante esto, le agregó el padre Vicente, que en virtud
de estar tan ocupado, le enviara más gente. A los dos
días le mandó doce “curitas” que fue distribuyendo,
tratando de que cada unidad, por lo menos, en su sector los
ubicaran en lugares estratégicos” mencionó Torrens.
En Malvinas el Padre Vicente tuvo mucho trabajo. Durante muchos
días fue el único sacerdote para atender en
la fe a miles de soldados. Tenía una agenda con día
y hora de los lugares a visitar. Asegura que nunca les falló
a pesar de los bombardeos y las continuas alerta rojo. Una
vez ocupada la isla, en la cabecera del aeropuerto se enterró
un rosario y se puso la pista bajo la protección de
la Virgen. "Los ingleses le tiraron 1.200 toneladas
de bombas y ninguna le dio hasta el fin de la guerra, que
estuvo operable. El último avión salió
de esa pista el 13 de junio a las 20 horas". De
su diario personal extrae unas anotaciones realizadas el 8
de mayo por un hecho que ocurrió en la misa de la Virgen
de Luján. "El soldado radiooperador recibió
la información de que venían dos aviones Sea
Harrier por el oeste. Correspondía alerta rojo y desbandarnos.
Pero el jefe dijo que estábamos en misa y procesión,
y no nos iban a detener. Yo no podía dejar mal parado
al jefe, porque ese era un acto de fe. Los Sea Harrier no
aparecieron nunca". Otro hecho que lo marcó,
ocurrió durante una misa. "En momentos de
la consagración, cuando elevó la hostia, vio
que venía un Sea Harrier ubicándose para bombardeo.
Se arrodilló y les ordenó a todos lo que tenía
al frente, ¡rodilla a tierra! Cuando estaban en esa
posición, la bomba cayó detrás del último
hombre, sin herir a nadie". Agrega: "Hay
dos explicaciones; una de fe y es que seguíamos teniendo
protección de la Virgen. En tanto la explicación
técnica era que esas bombas de 500 kilos hacen un cráter
de 12 metros por 4 de profundidad. Al estallar lo hacen en
forma de cono, y por lo tanto la onda expansiva salió
en forma de V, sin afectar a los que estábamos muy
cerca".
Tantas vivencias fuertes, lo motivaron a publicar sus
memorias. De manera modesta, explica que no se trata más
que de la recopilación de una suerte de “diario de
guerra”, al que ha llamado “Dios en las trincheras”. Viene
a ser una crónica y tiene un expreso objetivo. Al cumplirse
los 25 años de la gesta, le pidió el Centro
de Veteranos de Bahía Blanca que lo editara. Siendo
Salesiano, pertenece a la misma Congregación, que estuviera
en 1888 en Malvinas, y fundara una casa con colegio y parroquia.
Acerca de la bandera del RI Mec 4 dice que la bandera que
recuperó, trayéndola al continente, fue realmente
una riesgosa aventura. Debía buscar heridos y transportarlos
al Irízar y con ellos volver al continente. En total
alcanzó a llevar 450 en esa misión encomendada.
En ese transporte, llevó la bandera que se había
prometido que jamás quedaría como trofeo de
guerra para los británicos. Recuerda el día
que la llevó a Monte Caseros. El viaje fue desde Comodoro
Rivadavia, con escalas en Aeroparque, Paso de los Libres,
y llegada a Monte Caseros. Hacía un calor impresionante.
Pero mucho no le importaba, porque con la gracia de Dios la
misión estaba cumplida, entregando la bandera cerrando
una etapa notable de su vida. Por eso, emocionado, dice que
“Monte Caseros es el cofre de su Bandera”.
Fuentes: Editorial Río Negro SA, subido a Internet
en 2005 
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