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Historia Militar
ESTANISLAO MALDONES
Historia de un oficial de color en los albores del Colegio Militar de la Nación

La historia de la discriminación o no discriminación de la que hubieran podido ser objeto los ciudadanos mestizos, de color o pertenecientes a otras etnias de las menos numerosas en nuestro incipiente país, allá por mediados del siglo XIX, es muy interesante. Deberíamos partir de la distinta actitud observada para con ellos, por parte de la población mayoritariamente europea y predominantemente hispano italiana que comenzaba a perfilar nuestra masa poblacional de la joven Argentina. Mientras que en los países anglosajones se había observado una gran distancia para con los hombres de color y en general para la mestización y su aceptación social en estratos altos o dominantes, los países que devinieron de la península ibérica, tanto Portugal como España, miraron con otros ojos mucho más condescendientes a este fenómeno. La primera ley abolicionista de Brasil, La Ley de Vientre Libre, fue promulgada el 28 de septiembre de 1871 por el gabinete del Vizconde de Rio Branco. Esta ley dio la libertad a los hijos de esclavos nacidos a partir de esa fecha, aunque los mismos continuaban bajo la tutela de sus dueños hasta cumplir los 21 años de edad.
En 1880 Joaquim Nabuco y José de Patrocínio crean la Sociedade Brasileira Contra a Escravidao que será el primer paso para el desarrollo de una fuerte campaña abolicionista a la cual se sumarán abogados, intelectuales, periodistas y la Iglesia Positivista de Brasil entre otros. Cabe destacar la actuación del ex esclavo y abogado Luís Gama, uno de los héroes de la causa abolicionista.
En 1885, debido a la presión ejercida por la opinión pública y la posición abolicionista europea se promulga la Ley Saraiva - Cotegipe (conocida como Ley de los Sexagenarios) que daba la libertad a los esclavos con más de 60 años. Por fin, un 13 de mayo de 1888 el Gobierno Imperial, a través de la Princesa Isabel, firmó la llamada Ley Áurea que abolió la esclavitud en Brasil. En nuestro país, la Asamblea del Año XIII de las Provincias Unidas del Río de la Plata dictó la libertad de vientres en 1813 y la Constitución de la Nación Argentina, de 1853, dio por abolida completamente la esclavitud en su artículo 15, al afirmar:

En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución; y una ley especial reglará las indemnizaciones a que dé lugar esta declaración. Todo contrato de compra y venta de personas es un crimen de que serán responsables los que lo celebrasen, y el escribano o funcionario que lo autorice. Y los esclavos que de cualquier modo se introduzcan quedan libres por el solo hecho de pisar el territorio de la República.

Debe afirmarse también que hasta esta resolución de la asamblea, la esclavitud, no tenía las figuras horrendas que revestía en forma acostumbrada en otros lugares. En estas tierras, el esclavo era tratado con afecto, formaba parte de las grandes familias y en muy pocas oportunidades fue a trabajar en gran número de individuos a los campos de labranza, como sí era frecuente ver en Brasil, Estados Unidos y otros países. El esclavo, así tratado, se acostumbraba a convivir con sus amos, adoptando sus apellidos, costumbres y actitudes, sirviendo fiel y lealmente de por vida. Incluso, sancionada esta ley, muchos optaron por permanecer al servicio de quienes habían sido sus amos o trabajar en forma remunerada en los varios oficios en que resultaban útiles. Dentro de éstos, los esclavos que llegaron a esta parte de América, en el contexto que mencionamos, tomó partido, coercitiva o voluntariamente, por las luchas que se generaron, preparatorias y propagadoras de la emancipación e independencia de la corona. Así es como vemos cuerpos de pardos y morenos organizados durante las Invasiones Inglesas, con sus propios oficiales de color, siendo éstos elegidos de entre aquellos que tenían más luces y acceso a la información y a la formación escolástica de la época. Con valentía y amor a su patria de adopción, combatieron por todos los suelos de nuestra geografía, preparándola para convertirla en un país libre, rico e independiente. Y es así, como aquellos esclavos, fueron asimilándose y entrecruzándose interracialmente e interculturalmente. Así llegamos a ver a numerosos hombres de color que llegaron a detentar altos cargos y grados en el Ejército. Y como una forma de recordarlos y homenajearlos, retrataremos a dos de ellos, padre e hijo, que forman parte de las armas de nuestra historia patria: el coronel y el teniente coronel Estanislao Maldones (padre e hijo, respectivamente).

Aportes de los negros en las Fuerzas Armadas (1)

Antes de entrar en este tema, es necesario decir que en las Guerras de la Independencia Americana, y en las luchas civiles de cada una de las naciones que se formaron al terminar el dominio español, los negros, los indios y sus descendientes, considerados castas, fueron reclutados para luchar en todos los bandos que se enfrentaron, por algo más de medio siglo. Por ello pelearon negros contra negros, indios contra indios, de la misma manera que lo hicieron contra el blanco dominador.
Por ello es que desde muy remota época durante el dominio español el indio americano y el negro esclavo, junto a sus descendientes, fueron incorporados a las fuerzas militares en calidad de auxiliares, que para la época referida era la equivalencia de peones, pues sobre ellos recaían las más pesadas y rudas tareas. Inicialmente las fuerzas militares tuvieron la misión de garantizar la integridad y la vida de los centros urbanos donde se asentaban la administración y el comercio. Luego debieron agregar la tarea de mantener las rutas que unían esos centros poblados. Principalmente la defensa se constituyó con cuerpos integrados por los vecinos considerados aptos para el servicio de las armas. Así permaneció la situación hasta el último tercio del siglo XVIII. Para esta última fecha, se hicieron llegar tropas veteranas en las guerras europeas, pero cuyo arribo dependía de la situación de paz o guerra en que se encontraba la metrópoli española. Por ello y poder suplir las momentáneas falencias se determinó la existencia de las llamadas unidades fijas. Para 1664, la guarnición de Buenos Aires tenía 395 plazas. De ellas 77 estaban formadas por mulatos y negros. En 1570, una Real Orden disponía la obligación de organizar a la población civil para que acudiera en defensa del territorio. Por ello el sistema se acercaba bastante al servicio militar obligatorio. En 1607, se dispuso la formación de cuerpos milicianos que ayudaran militarmente a levantar atalayas a lo largo de las costas del Río de la Plata, lo mismo que sobre la desembocadura del Riachuelo. Esas atalayas debían servir para mantener una vigilancia sobre las aguas del río para avistar y prevenir la presencia de naves enemigas, dado que la ausencia de barcos para patrullar el río era afligente. Esos efectivos milicianos fueron escasos y muy mal armados, por lo que su tarea, además de inútil resultó cansadora, desalentadora y desgastante. Se trató de mitigar esta deficiencias del medio castrense, trayendo de España 200 soldados veteranos con su correspondiente munición, armas y uniformes, de acuerdo a los solicitado por el gobernados Pedro E. Dávila. Sobre la base de esa cantidad de veteranos se formaron las tres primeras compañías a sueldo, para completar el aspecto defensivo, agregando las milicias vecinales. En 1663 la cantidad de hombres veteranos y a sueldo se elevó a 300 y once años más tarde había para defender a Buenos Aires y su región circunvecina los 300 veteranos mencionados, una compañía de milicias de caballería y otra de infantería, ambas armadas con lanzas y adargas, se agregó una guardia de caballería para custodia del gobernados. Complementaban este plantel militar formado por blancos, tres compañías de indios, negros y mulatos. Estos cuerpos tenían como armas, lanzas y desjarretadores (2). Para 1680 con el objeto de culminar la expulsión de los portugueses de Colonia del Sacramento, se formaron cinco compañías de caballería y seis de infantería, con un total de 850 plazas. Sobre esa cifra, los criollos o gauchos podían llegar a integrar el 50%, siempre que no tuvieran en sus venas sangre africana ni india, o sea que no fueran mulatos o mestizos (castas). Para 1705 tenía Buenos Aires una fuerza militar de 821 veteranos, 600 milicianos y 300 negros, indios y mulatos. Para 1765, durante el gobierno de Ceballos había en Buenos Aires, un batallón de voluntarios de españoles residentes en Buenos Aires que llegaban a ser en total 800 hombres. Un regimiento provincial de caballería, que sumaban 1.200 hombres. A ellos, que eran blancos, se agregaban 300 pardos, un cuerpo de indios ladinos a pie y a caballo que llegaban a las 300 piezas. No llegando a superar los 450, de acuerdo a la información suministrada por Torre Revello. Paralelamente se formó un cuerpo de hombres para atender las urgencias de la frontera interior que llegó a tener en el mismo tiempo de Ceballos 2.000 plazas. Sobre la relación étnica de este grupo militarizado hay muchas versiones, pues si bien se habla casi siempre de gauchos, se dejan de lado las mezclas de sangres que había o podía haber en cada uno de ellos. En la época de gobierno de Vértiz, 1771, los veteranos eran en total 2.500, divididos en varios regimientos que llevaban el nombre de su región de origen (Mallorca, Cataluña, etc.). Para ese entonces las fuerzas veteranas españolas se habían refundido con las llamadas fijas . A esas cifras anteriores hay que agregar 651 que correspondían a los dragones, artilleros y maestranza, pero el mantenimiento de estos cuadros (veteranos, milicianos o auxiliares) no era fácil de obtener. El elemento criollo era muy proclive a la deserción llevándose todo lo posible. A ello hay que agregar que el llamado elemento veterano de origen español no siempre era el mejor, ya que en el enganche realizado se alistaba a vagos, confinados a galeras y desertores. Desde la iniciación de la ocupación territorial hasta la primera invasión inglesa, no hay en la documentación posible de consultar en el A.G.N. una estimación parcial o total de la cantidad de negros y sus descendientes que prestaron servicios como auxiliares (no combatientes que tenían la misión de acarrear y acercar bagajes, municiones o retirar heridos) o como soldados de combate, que no los hubo. Esa ausencia se repite en la abundante bibliografía histórica y literaria, editada hasta la fecha. Abundan sí nombres aislados de protagonistas de actos repudiables o heroicos, pero no pasan de ser menciones anecdóticas. Ello da para pensar que el número de negros alistados como auxiliares, si bien ha de haber sido considerable, por el gran número de ellos, su merma por muerte en acciones de combate, no ha de haber sido considerable, ya que ni en los libros de las iglesias o parroquias, como tampoco en los libros de cementerios aparecen anotaciones que hagan pensar de manera contraria.

(1) Coria, Juan Carlos, Pasado y presente de los negros en Buenos Aires, Ed. J. A. Roca, Buenos Aires, 1997
(2) Suerte de lanzas con una moharra terminada en forma de media luna, con el filo en la parte interior, que servían para que un jinete así armado, cortara los tendones de los cascos del ganado, obligándolos a caer pesadamente y proceder en forma directa al faenamiento.


Lo mismo ocurre respecto a los hechos acaecidos durante la primera invasión inglesa de 1806. Lo rápido y sorpresivo de la acción sumada a la escasez de fuerzas para oponerse y la inercia diligencial, hicieron que la cantidad de bajas fueran relativamente escasa. Todo lo contrario corresponde anotar respecto a la segunda invasión de 1807. Hubo tiempo de prepararse para una segunda eventualidad. A las compañías de Pardos y Morenos, existentes desde 1801, con oficialidad blanca, que era la norma vigente en la época, se agregó el cuerpo de voluntarios indios, pardos y morenos, que tenía 898 plazas. Se estima como cierta la cantidad de 7.882 soldados intervinientes en la segunda invasión y que la principal acción de guerra tuvo lugar el 7 de julio de 1807. Los hombres de color asistidos en los Hospitales de los Betlemitas, de la Residencia , de San Francisco y de San Miguel (en total cuatro hospitales), para el 19 de julio eran 18 negros heridos y 8 pardos en la misma condición.
Tres días más tarde esas cifras eran de 24 negros y 9 pardos heridos. Esto da un total de 59 hombres heridos en el combate. En cuanto a los muertos contabilizados después del combate de la fecha precitada, sumaban 35.

Si hacemos una relación porcentual entre heridos y muertos entre la población de color que luchó en Buenos Aires hemos de ver que no da para hacer recaer el peso de la responsabilidad de la reconquista en los hombros y las espaldas de los heridos y muertos de esos hombres de color. Más acertadas y ajustadas a la realidad de lo ocurrido fueron las palabras del teniente general Whitelocke cuando decía: que la clase de fuego al cual estuvieron expuestas las tropas fue en extremo violento. Metralla en las esquinas de todas las calles, fuego de fusil, granadas de mano, ladrillos y piedras desde los techos de todas las casas, cada dueño de casa defendiendo con sus esclavos su morada, cada una de estas era una fortaleza, y tal vez no sería mucho decir que toda la población masculina de Buenos Aires estaba empleada en la defensa. (H.N.A. Vol. IV, 2a sec., pág. 470, Bs. As., 1938). Pero ha de ser después de 1810 en que la población de color ha de tener abiertas las puertas para ingresar a las fuerzas armadas. Conviene aclarar que lo hizo por tres condicionantes insoslayables en sus respectivos momentos históricos. Lo hizo por compulsión, por voluntad, y por tener otro destino que lo sacara de la esclavitud. La documentación histórica del período hispano indica reiteradamente la decisión voluntaria de negros esclavos para servir en las fuerzas armadas. Al respecto conviene aclarar que el negro esclavo fue propiedad del blanco y por ello estaba carente de la libertad de decidir sobre su vida personal. Esa indicación de voluntad para ingresar, se refiere, sin mencionarla, a la voluntad patronal para permitirla, no a la del esclavo. Por ello, cuando revistaban como auxiliares y luego como soldados de combate, dependieron de la voluntad del patrón. El Estado, y en caso especial de Buenos Aires hasta 1810, el Cabildo dispuso que los propietarios de esclavos los facilitaran en calidad de cedidos o prestados, para ser luego reintegrados a sus respectivos dueños, cuando el evento militar hubiera cesado. En ese panorama general, existió la excepción formada por negros libertos que solicitaron a la autoridades la incorporación a las tropas. Esas excepciones figuran en las listas de revistas de los cuerpos formados en la tropa con hombres de color, a partir de 1806 en adelante. Si bien hasta 1806 la incorporación de esclavos, o gente de color, a las fuerzas armadas fue esporádica y temporaria, a partir de 1810 ha de transformarse en sistemática y sin término real de finalización. Continuando el espíritu de estricto control demográfico de la época hispana, reflejado de manera muy reiterada en las actas del Extinguido Cabildo de Buenos Aires y que podemos simplificar con dos palabras vagos y mal entretenidos . Bajo esta designación genérica se incluyó a todos aquellos que no tenían trabajo ni domicilio conocido, sin distingo de etnia. Por ello gauchos, indios, negros y la infinita gama de castas que buscó refugio en la libertad de la pampa, al ser apresados, fueron emitidos a servir en los fortines de la frontera interior. A partir de 1810 ese destino varió, pues se los envió a engrosar los ejércitos que marcharon y combatieron en el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental. No hay una estadística confiable sobre la cantidad de hombres descendientes de manera directa o indirecta de África, en los ejércitos que posibilitaron la Independencia entre los años que van de 1810 a 1823, pero ha de haber sido considerable, considerando que la población de color formó un tercio de la población que existió, si bien presentó indicios de decrecer. Por ello no es de sorprender que en la batalla de Sipe-Sipe, fueran liquidados casi por completo dos regimientos de negros (algo más de 1.000 hombres). Esa muerte masiva se ha de reiterar con los negros reclutados para el Ejército de los Andes que estuvieron en campaña entre 1816 y 1823, combatiendo en Chile, Perú y Ecuador, de manera que de los 2.000 soldados negros que iniciaron el cruce de los Andes, fueron repatriados en la segunda fecha indicada, 143 soldados de color. Esa merma se explica al saber que en la batalla de Maipú, los negros enganchados provenían de los cañaverales tucumanos, muy hábiles en el manejo del machete para cortar la planta. Recibieron la orden de cargar a las tropas realistas provistas de armas de fuego. Lo hicieron blandiendo los machetes y al grito de: querré achucha, Tomá Pachuca. Rompieron las filas de los soldados veteranos y sembraron el terror por la furia puesta en cortar cabezas de españoles. Murieron más del 86% en el combate, pero se ganó la primera batalla decisiva de la campaña de Chile. Con el mismo ímpetu siguieron combatiendo los otros negros en el resto de la campaña libertadora. Fue costumbre complementar regimientos o batallones de blancos con cuerpos de negros. Pasada la contingencia esa fuerza negra fue separada y absorbida por cuerpos de negros ya existentes, como el llamado Regimiento de Castas que incluía indios, negros y castas.

Los sobrevivientes de la Guerra de la Independencia , blancos y negros no fueron dejados para que vivieran la vida civil. Se los asimiló casi de inmediato para integrar el ejército que intervino en la Guerra con el Imperio de Brasil. Cuando esta guerra terminó, los sobrevivientes fueron absorbidos por las guerras civiles entre unitarios y militares. Las memorias dejadas por Paz, La Madrid , Ferré y otros protagonistas de este gran desencuentro nacional, tienen alusiones y referencias reiteradas sobre el desempeño de negros, veteranos de las guerras antes mencionadas. Rosas los reunió para formar el Batallón Provincial y el Batallón Restaurador. A pesar de las precariedades y de los peligros reales que amenazaban a la Nación que luchaba por formarse, los propietarios de esclavos no cesaron en sus argucias y artimañas para no tener deterioros en sus patrimonios. Todo esclavo que ingresaba al ejército, significaba una merma en los ingresos que obtenía con el trabajo que hacía para la familia o el alquiler que dejaban de percibir. Por eso es posible encontrar en la documentación del A.G.N., numerosas notas solicitando excepción respecto a los negros que se poseían, pues de su trabajo vivía la familia propietaria. Otras notas son para procurar la devolución del esclavo por haber vencido el tiempo de cesión o préstamo. No faltan las contracaras de esta solicitudes, pues hay denuncias sobre propietarios que niegan tener esclavos, pues los mantenían casi totalmente encerrados en sus domicilios, haciéndoles producir artesanías menores que luego se vendían entre el vecindario urbano. Otros propietarios más prácticos enviaron a sus esclavos a trabajar en las estancias, logrando de esta manera mano de obra y soslayar la obligación de perder una parte de su propiedad. En la batalla de Caseros se enfrentaron muchos negros, pues estaban alistados en ambos bandos y con posterioridad tanto el Estado de Buenos Aires como la Confederación Argentina contaron con hombres de color que nuevamente resultaron adversarios en Cepeda y Pavón. Terminada la guerra civil y lograda la unidad nacional, los veteranos salvados de las guerras anteriores, fueron alistados para luchar en la Guerra de la Triple Alianza. En esta guerra, nuevamente, los negros debieron enfrentarse, pues eran parte de los ejércitos. En ella se agregó a la ferocidad y miseria de la guerra, la avaricia de algunos sectores del Brasil, que intentaban robar a los prisioneros, para remitirlos como esclavos a sus facendas o venderlos como tales en el mercado clandestino que existía en el interior agrario. De esas intentonas de secuestros, debían cuidarse los blancos y los negros argentinos y uruguayos, como consta en los documentos publicados en el Archivo Mitre, ts. V y VI. Esta guerra, salvo episodios muy aislados, da término al vía crucis del negro en las fuerzas armadas. En años posteriores y ya en plena paz, iniciando la Nación el camino del progreso material, era común y hasta normal, encontrar en las calles de Buenos Aires a viejos negros que mendigaban la ayuda pública para poder subsistir, o vendían mazamorra, pan casero, pasteles o empanada hechas por sus mujeres negras. Eran hombres que presentaban viejas cicatrices faciales, impedimentos locomotrices o estaban físicamente tan disminuidos o destruidos que no podían realizar ni siquiera la tranquila tarea de vigilancia nocturna. Su número ha de haber sido despreciable, pues las autoridades municipales dispusieron la inauguración para 1867 del Asilo de Inválidos para recoger a los veteranos de nuestras guerras. Estaba ubicado en la esquina de las calles Salta y Caseros.

Veamos dos historias de vida:

Estanislao Maldones (Padre)

Porteño, nació en Barracas en 1826 y a los catorce años fue incorporado al regimiento del Restaurador (Rosas). Por razones de conducta fue trasladado a la isla Martín García, como integrante de la guardia militar de la misma. Allí estuvo hasta 1845 en que pasó a revistar en la división del norte de la provincia de Buenos Aires para luchar contra la flota anglo-francesa que intentaba dominar los ríos interiores de la Argentina. Por ello estuvo y se distinguió en la Vuelta de Obligado, salvando la bandera que estaba a punto de ser apresada por el enemigo. Esta acción fue premiada con el ascenso a alférez de artillería. Pasó luego a combatir en el Tonelero donde fue herido de consideración en el hombro derecho. A continuación siguió en las tropas fieles a Rosas a quien acompañó en Caseros. Derrotado fue pasado a revistar a las tropas que defendían la ciudad cuando fue cercada y atacada. Luego fue parte de las tropas del Estado de Buenos Aires, siempre en el arma de artillería, que actuaron en Cepeda, siendo derrotadas. Luego defendió con éxito San Nicolás frente a la escuadra atacante mandada por Cordero en octubre de 1859. Intervino con la artillería en Pavón colaborando en buena parte a lograr el triunfo. De allí fue transferido a Martín García donde reorganizó la defensa, en base a su experiencia de artillero. De este destino pasó a integrar el ejército argentino que tomó parte en la Guerra de la Triple Alianza , actuando en la recuperación de la ciudad de Corrientes, ocupada por los paraguayos. Luego se lució en Yatay y en la liberación de Uruguayana. Estuvo combatiendo en Estero Bellaco y Tuyutí. También estuvo en Lomas Valentinas y Angostura, tomando parte en las operaciones finales contra los restos dispersos del ejército paraguayo que no aceptaban la derrota y la entrega final. Revistó bajo el mando de Gelly y Obes, a quien acompañó en toda la primera revolución jordanista. En 1868, por sus servicios y méritos fue ascendido a teniente coronel. Al terminarse esta acción, fue destinado nuevamente a Martín García. Retirado del ejército, falleció en Buenos Aires el 23 de junio de 1876. Su hijo, de igual nombre, le siguió los pasos…

Estanislao Maldones (Hijo)

Era hijo de Estanislao Maldones, el anterior, y de Teodora Linares. Nació en la ciudad de Córdoba en 1854. Ingresó al Colegio Militar en 1870, formando la primera camada de cadetes que tendría ese Instituto, del que egresó como alférez de artillería en 1873, ocupando el octavo puesto de la primera promoción. Fue destinado al regimiento 1º de línea, con el grado de teniente 1º, logrando ascender en los años sucesivos distintos grados, en variados destinos, como fueron Buenos Aires, Resistencia, Chaco, San Nicolás, Neuquén y nuevamente Buenos Aires, habiendo alcanzado el grado de teniente coronel de artillería, en el momento de su retiro en 1905, tras 45 años, 3 meses y 29 días, de servicios aprobados. Se le concedió el título de Expedicionario al Desierto por haber participado en la expedición a los Andes en 1881. Luego de su definitivo pase a retiro, se consagró a actividades culturales, orientadas a la antropología y demografía regional. Hoy en día, es considerado en Catamarca, el precursor de los estudios demográficos en la región del Noroeste argentino, ya que inició a partir del año 1911 la publicación de numerosas obras: "Los hombres venidos del norte"; "Toponimia catamarqueña", (1935); "Una década demográfica del departamento capital 1915 - 1924"; (1922); "Catamarca", (1927) y otras obras. Falleció en la provincia de Catamarca en octubre de 1934.

La vocación y el reclutamiento de los cadetes del Colegio por entonces, recién creado, variaba según su diferente edad e identidad étnica (mestiza, criolla, mulata, europea) y geográfica (regional y provincial) y su dispar conciencia estamental, de clase, de raza y de prosapia familiar (veterana de las guerras de Independencia, del Brasil, de las luchas civiles, del Paraguay y del Desierto). Un humilde mulato, hijo de un veterano guerrero, de piel más oscura que la suya, descendiente de esclavos, con las más humildes y miserables funciones que llevar a cabo, había accedido, merced a su preocupación por ser alguien en el mundo, a ser oficial del Ejército, como su padre. No sería de los que se llamaron “chisperos” (aquellos que se formaban en las unidades de tropa, como “cadetes” o “distinguidos”, tal como lo había hecho su padre), sino que sería integrante de la primera promoción del Colegio de Palermo de San Benito, creado por Sarmiento. Sería uno de los primeros oficiales de ese nuevo ejército organizado científicamente. A él, le entregaría todos sus afanes como artillero y ya en la edad madura, cansado de trajinar, dedicaría su vida a la investigación científica, convirtiéndose en un prohombre catamarqueño, cultor de la investigación y del ansia de saber, convirtiéndose en uno de los más afamados y reconocidos así como precursores de las ciencias antropológicas de nuestra región noroeste.

 

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