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Historia de un oficial de color en los albores del Colegio
Militar de la Nación
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La historia de la discriminación o no
discriminación de la que hubieran podido ser objeto los
ciudadanos mestizos, de color o pertenecientes a otras etnias
de las menos numerosas en nuestro incipiente país, allá
por mediados del siglo XIX, es muy interesante. Deberíamos
partir de la distinta actitud observada para con ellos, por
parte de la población mayoritariamente europea y predominantemente
hispano italiana que comenzaba a perfilar nuestra masa poblacional
de la joven Argentina. Mientras que en los países anglosajones
se había observado una gran distancia para con los hombres
de color y en general para la mestización y su aceptación
social en estratos altos o dominantes, los países que
devinieron de la península ibérica, tanto Portugal
como España, miraron con otros ojos mucho más
condescendientes a este fenómeno. La primera ley abolicionista
de Brasil, La Ley de Vientre Libre, fue promulgada el 28 de
septiembre de 1871 por el gabinete del Vizconde de Rio Branco.
Esta ley dio la libertad a los hijos de esclavos nacidos a partir
de esa fecha, aunque los mismos continuaban bajo la tutela de
sus dueños hasta cumplir los 21 años de edad.
En 1880 Joaquim Nabuco y José de Patrocínio crean
la Sociedade Brasileira Contra a Escravidao que será
el primer paso para el desarrollo de una fuerte campaña
abolicionista a la cual se sumarán abogados, intelectuales,
periodistas y la Iglesia Positivista de Brasil entre otros.
Cabe destacar la actuación del ex esclavo y abogado Luís
Gama, uno de los héroes de la causa abolicionista.
En 1885, debido a la presión ejercida por la opinión
pública y la posición abolicionista europea se
promulga la Ley Saraiva - Cotegipe (conocida como Ley de los
Sexagenarios) que daba la libertad a los esclavos con más
de 60 años. Por fin, un 13 de mayo de 1888 el Gobierno
Imperial, a través de la Princesa Isabel, firmó
la llamada Ley Áurea que abolió la esclavitud
en Brasil. En nuestro país, la Asamblea del Año
XIII de las Provincias Unidas del Río de la Plata dictó
la libertad de vientres en 1813 y la Constitución de
la Nación Argentina, de 1853, dio por abolida completamente
la esclavitud en su artículo 15, al afirmar:
En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos
que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución;
y una ley especial reglará las indemnizaciones a que
dé lugar esta declaración. Todo contrato de compra
y venta de personas es un crimen de que serán responsables
los que lo celebrasen, y el escribano o funcionario que lo autorice.
Y los esclavos que de cualquier modo se introduzcan quedan libres
por el solo hecho de pisar el territorio de la República.
Debe afirmarse también que hasta esta resolución
de la asamblea, la esclavitud, no tenía las figuras horrendas
que revestía en forma acostumbrada en otros lugares.
En estas tierras, el esclavo era tratado con afecto, formaba
parte de las grandes familias y en muy pocas oportunidades fue
a trabajar en gran número de individuos a los campos
de labranza, como sí era frecuente ver en Brasil, Estados
Unidos y otros países. El esclavo, así tratado,
se acostumbraba a convivir con sus amos, adoptando sus apellidos,
costumbres y actitudes, sirviendo fiel y lealmente de por vida.
Incluso, sancionada esta ley, muchos optaron por permanecer
al servicio de quienes habían sido sus amos o trabajar
en forma remunerada en los varios oficios en que resultaban
útiles. Dentro de éstos, los esclavos que llegaron
a esta parte de América, en el contexto que mencionamos,
tomó partido, coercitiva o voluntariamente, por las luchas
que se generaron, preparatorias y propagadoras de la emancipación
e independencia de la corona. Así es como vemos cuerpos
de pardos y morenos organizados durante las Invasiones Inglesas,
con sus propios oficiales de color, siendo éstos elegidos
de entre aquellos que tenían más luces y acceso
a la información y a la formación escolástica
de la época. Con valentía y amor a su patria de
adopción, combatieron por todos los suelos de nuestra
geografía, preparándola para convertirla en un
país libre, rico e independiente. Y es así, como
aquellos esclavos, fueron asimilándose y entrecruzándose
interracialmente e interculturalmente. Así llegamos a
ver a numerosos hombres de color que llegaron a detentar altos
cargos y grados en el Ejército. Y como una forma de recordarlos
y homenajearlos, retrataremos a dos de ellos, padre e hijo,
que forman parte de las armas de nuestra historia patria: el
coronel y el teniente coronel Estanislao Maldones (padre e hijo,
respectivamente).
Aportes de los negros en las Fuerzas
Armadas
(1)
Antes de entrar en este tema, es necesario decir que
en las Guerras de la Independencia Americana, y en las luchas
civiles de cada una de las naciones que se formaron al terminar
el dominio español, los negros, los indios y sus descendientes,
considerados castas, fueron reclutados para luchar en todos
los bandos que se enfrentaron, por algo más de medio
siglo. Por ello pelearon negros contra negros, indios contra
indios, de la misma manera que lo hicieron contra el blanco
dominador.
Por ello es que desde muy remota época durante el dominio
español el indio americano y el negro esclavo, junto
a sus descendientes, fueron incorporados a las fuerzas militares
en calidad de auxiliares, que para la época
referida era la equivalencia de peones, pues sobre ellos recaían
las más pesadas y rudas tareas. Inicialmente las fuerzas
militares tuvieron la misión de garantizar la integridad
y la vida de los centros urbanos donde se asentaban la administración
y el comercio. Luego debieron agregar la tarea de mantener las
rutas que unían esos centros poblados. Principalmente
la defensa se constituyó con cuerpos integrados por los
vecinos considerados aptos para el servicio de las armas. Así
permaneció la situación hasta el último
tercio del siglo XVIII. Para esta última fecha, se hicieron
llegar tropas veteranas en las guerras europeas, pero cuyo arribo
dependía de la situación de paz o guerra en que
se encontraba la metrópoli española. Por ello
y poder suplir las momentáneas falencias se determinó
la existencia de las llamadas unidades fijas. Para 1664, la
guarnición de Buenos Aires tenía 395 plazas. De
ellas 77 estaban formadas por mulatos y negros. En 1570, una
Real Orden disponía la obligación de organizar
a la población civil para que acudiera en defensa del
territorio. Por ello el sistema se acercaba bastante al servicio
militar obligatorio. En 1607, se dispuso la formación
de cuerpos milicianos que ayudaran militarmente a levantar atalayas
a lo largo de las costas del Río de la Plata, lo mismo
que sobre la desembocadura del Riachuelo. Esas atalayas debían
servir para mantener una vigilancia sobre las aguas del río
para avistar y prevenir la presencia de naves enemigas, dado
que la ausencia de barcos para patrullar el río era afligente.
Esos efectivos milicianos fueron escasos y muy mal armados,
por lo que su tarea, además de inútil resultó
cansadora, desalentadora y desgastante. Se trató de mitigar
esta deficiencias del medio castrense, trayendo de España
200 soldados veteranos con su correspondiente munición,
armas y uniformes, de acuerdo a los solicitado por el gobernados
Pedro E. Dávila. Sobre la base de esa cantidad de veteranos
se formaron las tres primeras compañías a sueldo,
para completar el aspecto defensivo, agregando las milicias
vecinales. En 1663 la cantidad de hombres veteranos y a sueldo
se elevó a 300 y once años más tarde había
para defender a Buenos Aires y su región circunvecina
los 300 veteranos mencionados, una compañía de
milicias de caballería y otra de infantería, ambas
armadas con lanzas y adargas, se agregó una guardia de
caballería para custodia del gobernados. Complementaban
este plantel militar formado por blancos, tres compañías
de indios, negros y mulatos. Estos cuerpos tenían como
armas, lanzas y desjarretadores (2).
Para 1680 con el objeto de culminar la expulsión de los
portugueses de Colonia del Sacramento, se formaron cinco compañías
de caballería y seis de infantería, con un total
de 850 plazas. Sobre esa cifra, los criollos o gauchos podían
llegar a integrar el 50%, siempre que no tuvieran en sus venas
sangre africana ni india, o sea que no fueran mulatos o mestizos
(castas). Para 1705 tenía Buenos Aires una fuerza militar
de 821 veteranos, 600 milicianos y 300 negros, indios y mulatos.
Para 1765, durante el gobierno de Ceballos había en Buenos
Aires, un batallón de voluntarios de españoles
residentes en Buenos Aires que llegaban a ser en total 800 hombres.
Un regimiento provincial de caballería, que sumaban 1.200
hombres. A ellos, que eran blancos, se agregaban 300 pardos,
un cuerpo de indios ladinos a pie y a caballo que llegaban a
las 300 piezas. No llegando a superar los 450, de acuerdo a
la información suministrada por Torre Revello. Paralelamente
se formó un cuerpo de hombres para atender las urgencias
de la frontera interior que llegó a tener en el mismo
tiempo de Ceballos 2.000 plazas. Sobre la relación étnica
de este grupo militarizado hay muchas versiones, pues si bien
se habla casi siempre de gauchos, se dejan de lado las mezclas
de sangres que había o podía haber en cada uno
de ellos. En la época de gobierno de Vértiz, 1771,
los veteranos eran en total 2.500, divididos en varios regimientos
que llevaban el nombre de su región de origen (Mallorca,
Cataluña, etc.). Para ese entonces las fuerzas veteranas
españolas se habían refundido con las llamadas
fijas . A esas cifras anteriores hay que agregar 651
que correspondían a los dragones, artilleros y maestranza,
pero el mantenimiento de estos cuadros (veteranos, milicianos
o auxiliares) no era fácil de obtener. El elemento criollo
era muy proclive a la deserción llevándose todo
lo posible. A ello hay que agregar que el llamado elemento veterano
de origen español no siempre era el mejor, ya que en
el enganche realizado se alistaba a vagos, confinados a galeras
y desertores. Desde la iniciación de la ocupación
territorial hasta la primera invasión inglesa, no hay
en la documentación posible de consultar en el A.G.N.
una estimación parcial o total de la cantidad de negros
y sus descendientes que prestaron servicios como auxiliares
(no combatientes que tenían la misión de acarrear
y acercar bagajes, municiones o retirar heridos) o como soldados
de combate, que no los hubo. Esa ausencia se repite en la abundante
bibliografía histórica y literaria, editada hasta
la fecha. Abundan sí nombres aislados de protagonistas
de actos repudiables o heroicos, pero no pasan de ser menciones
anecdóticas. Ello da para pensar que el número
de negros alistados como auxiliares, si bien ha de haber sido
considerable, por el gran número de ellos, su merma por
muerte en acciones de combate, no ha de haber sido considerable,
ya que ni en los libros de las iglesias o parroquias, como tampoco
en los libros de cementerios aparecen anotaciones que hagan
pensar de manera contraria. (1)
Coria, Juan Carlos, Pasado y presente de los negros
en Buenos Aires, Ed. J. A. Roca, Buenos Aires, 1997
(2) Suerte de lanzas con una moharra terminada
en forma de media luna, con el filo en la parte interior, que
servían para que un jinete así armado, cortara
los tendones de los cascos del ganado, obligándolos a
caer pesadamente y proceder en forma directa al faenamiento.
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Lo
mismo ocurre respecto a los hechos acaecidos durante la primera
invasión inglesa de 1806. Lo rápido y sorpresivo
de la acción sumada a la escasez de fuerzas para oponerse
y la inercia diligencial, hicieron que la cantidad de bajas
fueran relativamente escasa. Todo lo contrario corresponde
anotar respecto a la segunda invasión de 1807. Hubo
tiempo de prepararse para una segunda eventualidad. A las
compañías de Pardos y Morenos, existentes desde
1801, con oficialidad blanca, que era la norma vigente en
la época, se agregó el cuerpo de voluntarios
indios, pardos y morenos, que tenía 898 plazas. Se
estima como cierta la cantidad de 7.882 soldados intervinientes
en la segunda invasión y que la principal acción
de guerra tuvo lugar el 7 de julio de 1807. Los hombres de
color asistidos en los Hospitales de los Betlemitas, de la
Residencia , de San Francisco y de San Miguel (en total cuatro
hospitales), para el 19 de julio eran 18 negros heridos y
8 pardos en la misma condición.
Tres días más tarde esas cifras eran de 24 negros
y 9 pardos heridos. Esto da un total de 59 hombres heridos
en el combate. En cuanto a los muertos contabilizados después
del combate de la fecha precitada, sumaban 35. |
Si hacemos una relación porcentual entre
heridos y muertos entre la población de color que luchó
en Buenos Aires hemos de ver que no da para hacer recaer el
peso de la responsabilidad de la reconquista en los hombros
y las espaldas de los heridos y muertos de esos hombres de color.
Más acertadas y ajustadas a la realidad de lo ocurrido
fueron las palabras del teniente general Whitelocke cuando decía:
que la clase de fuego al cual estuvieron expuestas las tropas
fue en extremo violento. Metralla en las esquinas de todas las
calles, fuego de fusil, granadas de mano, ladrillos y piedras
desde los techos de todas las casas, cada dueño de casa
defendiendo con sus esclavos su morada, cada una de estas era
una fortaleza, y tal vez no sería mucho decir que toda
la población masculina de Buenos Aires estaba empleada
en la defensa. (H.N.A. Vol. IV, 2a sec., pág. 470,
Bs. As., 1938). Pero ha de ser después de 1810 en que
la población de color ha de tener abiertas las puertas
para ingresar a las fuerzas armadas. Conviene aclarar que lo
hizo por tres condicionantes insoslayables en sus respectivos
momentos históricos. Lo hizo por compulsión, por
voluntad, y por tener otro destino que lo sacara de la esclavitud.
La documentación histórica del período
hispano indica reiteradamente la decisión voluntaria
de negros esclavos para servir en las fuerzas armadas. Al respecto
conviene aclarar que el negro esclavo fue propiedad del blanco
y por ello estaba carente de la libertad de decidir sobre su
vida personal. Esa indicación de voluntad para ingresar,
se refiere, sin mencionarla, a la voluntad patronal para permitirla,
no a la del esclavo. Por ello, cuando revistaban como auxiliares
y luego como soldados de combate, dependieron de la voluntad
del patrón. El Estado, y en caso especial de Buenos Aires
hasta 1810, el Cabildo dispuso que los propietarios de esclavos
los facilitaran en calidad de cedidos o prestados, para ser
luego reintegrados a sus respectivos dueños, cuando el
evento militar hubiera cesado. En ese panorama general, existió
la excepción formada por negros libertos que solicitaron
a la autoridades la incorporación a las tropas. Esas
excepciones figuran en las listas de revistas de los cuerpos
formados en la tropa con hombres de color, a partir de 1806
en adelante. Si bien hasta 1806 la incorporación de esclavos,
o gente de color, a las fuerzas armadas fue esporádica
y temporaria, a partir de 1810 ha de transformarse en sistemática
y sin término real de finalización. Continuando
el espíritu de estricto control demográfico de
la época hispana, reflejado de manera muy reiterada en
las actas del Extinguido Cabildo de Buenos Aires y que podemos
simplificar con dos palabras vagos y mal entretenidos .
Bajo esta designación genérica se incluyó
a todos aquellos que no tenían trabajo ni domicilio conocido,
sin distingo de etnia. Por ello gauchos, indios, negros y la
infinita gama de castas que buscó refugio en la libertad
de la pampa, al ser apresados, fueron emitidos a servir en los
fortines de la frontera interior. A partir de 1810 ese destino
varió, pues se los envió a engrosar los ejércitos
que marcharon y combatieron en el Alto Perú, Paraguay
y la Banda Oriental. No hay una estadística confiable
sobre la cantidad de hombres descendientes de manera directa
o indirecta de África, en los ejércitos que posibilitaron
la Independencia entre los años que van de 1810 a 1823,
pero ha de haber sido considerable, considerando que la población
de color formó un tercio de la población que existió,
si bien presentó indicios de decrecer. Por ello no es
de sorprender que en la batalla de Sipe-Sipe, fueran liquidados
casi por completo dos regimientos de negros (algo más
de 1.000 hombres). Esa muerte masiva se ha de reiterar con los
negros reclutados para el Ejército de los Andes que estuvieron
en campaña entre 1816 y 1823, combatiendo en Chile, Perú
y Ecuador, de manera que de los 2.000 soldados negros que iniciaron
el cruce de los Andes, fueron repatriados en la segunda fecha
indicada, 143 soldados de color. Esa merma se explica al saber
que en la batalla de Maipú, los negros enganchados provenían
de los cañaverales tucumanos, muy hábiles en el
manejo del machete para cortar la planta. Recibieron la orden
de cargar a las tropas realistas provistas de armas de fuego.
Lo hicieron blandiendo los machetes y al grito de: querré
achucha, Tomá Pachuca. Rompieron las filas de los
soldados veteranos y sembraron el terror por la furia puesta
en cortar cabezas de españoles. Murieron más del
86% en el combate, pero se ganó la primera batalla decisiva
de la campaña de Chile. Con el mismo ímpetu siguieron
combatiendo los otros negros en el resto de la campaña
libertadora. Fue costumbre complementar regimientos o batallones
de blancos con cuerpos de negros. Pasada la contingencia esa
fuerza negra fue separada y absorbida por cuerpos de negros
ya existentes, como el llamado Regimiento de Castas que incluía
indios, negros y castas.
Los sobrevivientes de la Guerra de la Independencia , blancos
y negros no fueron dejados para que vivieran la vida civil.
Se los asimiló casi de inmediato para integrar el ejército
que intervino en la Guerra con el Imperio de Brasil. Cuando
esta guerra terminó, los sobrevivientes fueron absorbidos
por las guerras civiles entre unitarios y militares. Las memorias
dejadas por Paz, La Madrid , Ferré y otros protagonistas
de este gran desencuentro nacional, tienen alusiones y referencias
reiteradas sobre el desempeño de negros, veteranos de
las guerras antes mencionadas. Rosas los reunió para
formar el Batallón Provincial y el Batallón Restaurador.
A pesar de las precariedades y de los peligros reales que amenazaban
a la Nación que luchaba por formarse, los propietarios
de esclavos no cesaron en sus argucias y artimañas para
no tener deterioros en sus patrimonios. Todo esclavo que ingresaba
al ejército, significaba una merma en los ingresos que
obtenía con el trabajo que hacía para la familia
o el alquiler que dejaban de percibir. Por eso es posible encontrar
en la documentación del A.G.N., numerosas notas solicitando
excepción respecto a los negros que se poseían,
pues de su trabajo vivía la familia propietaria. Otras
notas son para procurar la devolución del esclavo por
haber vencido el tiempo de cesión o préstamo.
No faltan las contracaras de esta solicitudes, pues hay denuncias
sobre propietarios que niegan tener esclavos, pues los mantenían
casi totalmente encerrados en sus domicilios, haciéndoles
producir artesanías menores que luego se vendían
entre el vecindario urbano. Otros propietarios más prácticos
enviaron a sus esclavos a trabajar en las estancias, logrando
de esta manera mano de obra y soslayar la obligación
de perder una parte de su propiedad. En la batalla de Caseros
se enfrentaron muchos negros, pues estaban alistados en ambos
bandos y con posterioridad tanto el Estado de Buenos Aires como
la Confederación Argentina contaron con hombres de color
que nuevamente resultaron adversarios en Cepeda y Pavón.
Terminada la guerra civil y lograda la unidad nacional, los
veteranos salvados de las guerras anteriores, fueron alistados
para luchar en la Guerra de la Triple Alianza. En esta guerra,
nuevamente, los negros debieron enfrentarse, pues eran parte
de los ejércitos. En ella se agregó a la ferocidad
y miseria de la guerra, la avaricia de algunos sectores del
Brasil, que intentaban robar a los prisioneros, para remitirlos
como esclavos a sus facendas o venderlos como tales en el mercado
clandestino que existía en el interior agrario. De esas
intentonas de secuestros, debían cuidarse los blancos
y los negros argentinos y uruguayos, como consta en los documentos
publicados en el Archivo Mitre, ts. V y VI. Esta guerra, salvo
episodios muy aislados, da término al vía crucis
del negro en las fuerzas armadas. En años posteriores
y ya en plena paz, iniciando la Nación el camino del
progreso material, era común y hasta normal, encontrar
en las calles de Buenos Aires a viejos negros que mendigaban
la ayuda pública para poder subsistir, o vendían
mazamorra, pan casero, pasteles o empanada hechas por sus mujeres
negras. Eran hombres que presentaban viejas cicatrices faciales,
impedimentos locomotrices o estaban físicamente tan disminuidos
o destruidos que no podían realizar ni siquiera la tranquila
tarea de vigilancia nocturna. Su número ha de haber sido
despreciable, pues las autoridades municipales dispusieron la
inauguración para 1867 del Asilo de Inválidos
para recoger a los veteranos de nuestras guerras. Estaba ubicado
en la esquina de las calles Salta y Caseros.
Veamos dos historias de vida: Estanislao Maldones
(Padre)
Porteño, nació en Barracas en 1826 y
a los catorce años fue incorporado al regimiento del
Restaurador (Rosas). Por razones de conducta fue trasladado
a la isla Martín García, como integrante de la
guardia militar de la misma. Allí estuvo hasta 1845 en
que pasó a revistar en la división del norte de
la provincia de Buenos Aires para luchar contra la flota anglo-francesa
que intentaba dominar los ríos interiores de la Argentina.
Por ello estuvo y se distinguió en la Vuelta de Obligado,
salvando la bandera que estaba a punto de ser apresada por el
enemigo. Esta acción fue premiada con el ascenso a alférez
de artillería. Pasó luego a combatir en el Tonelero
donde fue herido de consideración en el hombro derecho.
A continuación siguió en las tropas fieles a Rosas
a quien acompañó en Caseros. Derrotado fue pasado
a revistar a las tropas que defendían la ciudad cuando
fue cercada y atacada. Luego fue parte de las tropas del Estado
de Buenos Aires, siempre en el arma de artillería, que
actuaron en Cepeda, siendo derrotadas. Luego defendió
con éxito San Nicolás frente a la escuadra atacante
mandada por Cordero en octubre de 1859. Intervino con la artillería
en Pavón colaborando en buena parte a lograr el triunfo.
De allí fue transferido a Martín García
donde reorganizó la defensa, en base a su experiencia
de artillero. De este destino pasó a integrar el ejército
argentino que tomó parte en la Guerra de la Triple Alianza
, actuando en la recuperación de la ciudad de Corrientes,
ocupada por los paraguayos. Luego se lució en Yatay y
en la liberación de Uruguayana. Estuvo combatiendo en
Estero Bellaco y Tuyutí. También estuvo en Lomas
Valentinas y Angostura, tomando parte en las operaciones finales
contra los restos dispersos del ejército paraguayo que
no aceptaban la derrota y la entrega final. Revistó bajo
el mando de Gelly y Obes, a quien acompañó en
toda la primera revolución jordanista. En 1868, por sus
servicios y méritos fue ascendido a teniente coronel.
Al terminarse esta acción, fue destinado nuevamente a
Martín García. Retirado del ejército, falleció
en Buenos Aires el 23 de junio de 1876. Su hijo, de igual nombre,
le siguió los pasos…
Estanislao Maldones
(Hijo)
Era hijo de Estanislao Maldones, el anterior, y de
Teodora Linares. Nació en la ciudad de Córdoba
en 1854. Ingresó al Colegio Militar en 1870, formando
la primera camada de cadetes que tendría ese Instituto,
del que egresó como alférez de artillería
en 1873, ocupando el octavo puesto de la primera promoción.
Fue destinado al regimiento 1º de línea, con el
grado de teniente 1º, logrando ascender en los años
sucesivos distintos grados, en variados destinos, como fueron
Buenos Aires, Resistencia, Chaco, San Nicolás, Neuquén
y nuevamente Buenos Aires, habiendo alcanzado el grado de
teniente coronel de artillería, en el momento de su
retiro en 1905, tras 45 años, 3 meses y 29 días,
de servicios aprobados. Se le concedió el título
de Expedicionario al Desierto por haber participado en la
expedición a los Andes en 1881. Luego de su definitivo
pase a retiro, se consagró a actividades culturales,
orientadas a la antropología y demografía regional.
Hoy en día, es considerado en Catamarca, el precursor
de los estudios demográficos en la región del
Noroeste argentino, ya que inició a partir del año
1911 la publicación de numerosas obras: "Los hombres
venidos del norte"; "Toponimia catamarqueña",
(1935); "Una década demográfica del departamento
capital 1915 - 1924"; (1922); "Catamarca",
(1927) y otras obras. Falleció en la provincia de Catamarca
en octubre de 1934.
La vocación y el reclutamiento
de los cadetes del Colegio por entonces, recién creado,
variaba según su diferente edad e identidad étnica
(mestiza, criolla, mulata, europea) y geográfica (regional
y provincial) y su dispar conciencia estamental, de clase,
de raza y de prosapia familiar (veterana de las guerras de
Independencia, del Brasil, de las luchas civiles, del Paraguay
y del Desierto). Un humilde mulato, hijo de un veterano guerrero,
de piel más oscura que la suya, descendiente de esclavos,
con las más humildes y miserables funciones que llevar
a cabo, había accedido, merced a su preocupación
por ser alguien en el mundo, a ser oficial del Ejército,
como su padre. No sería de los que se llamaron “chisperos”
(aquellos que se formaban en las unidades de tropa, como “cadetes”
o “distinguidos”, tal como lo había hecho su padre),
sino que sería integrante de la primera promoción
del Colegio de Palermo de San Benito, creado por Sarmiento.
Sería uno de los primeros oficiales de ese nuevo ejército
organizado científicamente. A él, le entregaría
todos sus afanes como artillero y ya en la edad madura, cansado
de trajinar, dedicaría su vida a la investigación
científica, convirtiéndose en un prohombre catamarqueño,
cultor de la investigación y del ansia de saber, convirtiéndose
en uno de los más afamados y reconocidos así
como precursores de las ciencias antropológicas de
nuestra región noroeste.  |
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