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El Sargento 1ro Benítez
Por Sergio Toyos
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Guardo una muy especial evocación para quienes fueron los suboficiales que acompañaron (y en algunos casos, hasta guiaron), mis primeros pasos como oficial. Vienen a mi memoria muchos nombres, algunos sobrenombres y todas las fisonomías. Particularmente, recuerdo el caso de un sargento primero, que cuando llegara como joven subteniente a la Compañía de Ingenieros de Asalto Anfibio, en la por entonces Agrupación de Ingenieros Anfibios 601, era el Encargado de la Sala de Armas. Era “pesado”, curtido, y con maneras en sus expresiones que lo hacían aparecer como un “hombre de cuidado”. El tiempo, sin embargo y particularmente, las circunstancias que nos tocara vivir en los primeros años de la década del ’70, nos lleva-ron a cultivar un particular trato.
Distanciado por las diferencias de grado, pero afectuoso y respetuoso. La primera orden que recibí para hacerme cargo de una tarea típica del Arma de Ingenieros, fue efectuar el reflotamiento de una barcaza que servía de muelle en la línea de trasbordo que la unidad mantenía entre las localidades de Paraná y Santa Fe. Me fue asignado un grupo de hombres, entre los que se encontraba el sargento 1ro. Yo sabía que tenía orden de nuestro Jefe de Subunidad, de informarle aquellas cosas que por desconocimiento técnico yo omitiera, por lo que al término de cada día de trabajo, ambos nos presentábamos y en conjunto, brindábamos todos los detalles de las tareas efectuadas. Como oficial recién destinado, todavía no había hecho el curso de buceo, obligatorio por entonces, para los oficiales que revistaran en la unidad. Cierto día, en que se presentaron algunos problemas técnicos, hubo necesidad de efectuar una inmersión para verificar los materiales dispuestos. Salvo Benítez, no había ningún buzo presente, y éste, se encontraba con un fuerte estado gripal, por lo que se hallaba impedido de bucear. Por ello, me dispuse a equiparme, pese a mi desconocimiento de las técnicas para efectuarlo. El sargento 1ro, tenazmente me sugería y hasta me rogaba que no cometiera semejante imprudencia, pero la temeridad de los veinte años, la necesidad de efectuar el trabajo, y tal vez la necesidad personal de demostrar un cierto grado de arrojo ante mis noveles subordinados, me llevaron a desoír sus consejos y a hacer la inmersión, la que felizmente, realicé sin novedad. Regresando al cuartel, el sargento 1ro, se encontraba callado y enojado, e intentó hacerme una suerte de respetuosa reconvención, haciéndome ver la imprudencia que había cometido, ya que había sido un trabajo riesgoso. Como de costumbre, informamos al Jefe de Subunidad nuestras nove-dades. Ante mi sorpresa, el sargento 1ro, informó y en mi presencia, que debía felicitarme por la tarea cumplida, pese a mi desconocimiento de la práctica del buceo, por lo que aconsejaba al Jefe de Subunidad, que me llamara la atención al respecto, haciéndome ver el peligro al que me había sometido... y al que había expuesto al resto del personal si a mí me hubiera sucedido algo. Esto lo dijo mirándome con una expresión en los ojos que nunca le había visto: aquel veterano suboficial, de mirada dura y carácter fuerte, estaba entre cohibido y nervioso, pero inundado de afecto, solicitando disculpas por lo que en el fondo consideraba una suerte de denuncia. Pasaron los años, y con ellos, muchas circunstancias y hechos que vivimos juntos con este noble suboficial hasta que cada uno siguió los destinos que les fue marcando su carrera. Cuando yo ya tenía el grado de Mayor, fui destinado a la misma unidad, como su segundo jefe. En cumplimiento de una orden recibida, tuve que efectuar un reconocimiento junto con el oficial de operaciones, para actualizar el plan táctico de empleo de la unidad. Esto se debía llevar a cabo en la zona general de Río Gallegos y Comandante Piedrabuena, en la Provincia de Santa Cruz. En la última localidad, está el Batallón de Ingenieros 11, al que llegamos un domingo de octubre como a las tres de la tarde. Hay que conocer la Patagonia y la forma de vida de quienes habitan o están destinados en ella, para darse cuenta que cuando llega un “forastero”, es toda una novedad. Nos rodeó de inmediato un numeroso grupo de oficiales y suboficiales, mien-tras otros que estaban más lejos, se acercaban al paso. Cuál no sería mi sorpresa, cuando entre los últimos, lo vi llegar al ya Suboficial Mayor que fuera mi viejo sargento primero de antaño. Sin decirnos nada, nos abrimos paso entre la gente y, en silencio, nos dimos un apretado y viril abrazo, mientras gruesas lá-grimas de emoción nos rodaban por la cara... Todo estaba dicho entre esos dos soldados. (Espero que al-gún día el Suboficial Mayor Retirado, Julio Benítez, recuerde este episodio con la misma emoción que lo hago cuando escribo estas líneas). En esta anécdota personal se expresa una de las formas de trato entre superiores y subalternos como sólo puede experimentársela en las unidades, y hemos mencionado fundamentalmente los casos de los oficiales y suboficiales más jóvenes con respecto a los más antiguos. A la inversa, casi siempre se observa una respetuosa condescendencia, discreta tolerancia y oportunas actitudes de consejo por parte de los viejos suboficiales hacia los jóvenes e inexpertos subtenientes. Este tema, es digno de verse y apreciarlo a la distancia y en el tiempo, sobre todo, cuando con los más expertos ojos y el mayor sentido común que proveen los años de edad y de servicios, recordamos nuestras propias expe-riencias pasadas.  |
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