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Historia de Edelmiro Mayer, un personaje increíble
Por Sergio Toyos
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La vida del ex gobernador del territorio de Santa Cruz, general Edelmiro Mayer, daría para más de una película o novela. Fue amigo de Mitre y Roca, viajó a los Estados Unidos donde conoció a Lincoln y luchó para abolir la esclavitud, marchó luego a México donde se alistó a favor de Benito Juárez contra el emperador Maximiliano, hizo amistad con el patriota cubano José Martí, escribió libros y encaró con fervor la tarea de “conquistar el desierto” en el sur argentino. Al decir de Rosendo Fraga, editor de su interesantísima biografía, titulada “Campaña y Guarnición”, es un típico personaje de la generación del Ochenta. Soldado, funcionario, escritor, periodista, romántico y músico.
Pero a estas características que fueron comunes a muchos hombres de su época, agrega el haber sido coronel en las fuerzas nordistas, en la Guerra de Secesión Norteamericana, comandando unidades integradas por ex esclavos. Fue general mexicano en la guerra de Benito Juárez contra las fuerzas europeas que apoyaban al emperador Maximiliano y coronel del Ejército Argentino. En su autobiografía, Mayer pinta con prosa ágil, brillante, fresca y espontánea sus experiencias, vivencias y aventuras en tierra mexicana, donde comanda un batallón y es luego ascendido al grado de general. Finalizadas sus aventuras en EE.UU. y México, donde se refugiara por mantener amores prohibidos, regresó a nuestro país, donde fue mirado no sin resquemor, por haber estado al servicio de otras banderas. Sin embargo, pronto fue defendido por las más altas autoridades nacionales y reivindicado, pasó a integrar el Ejército nacional, con el grado de coronel y nombrado gobernador del Territorio de Santa Cruz. Así es como llegó a Río Gallegos en abril de 1893. Íntimo amigo de Mitre, Roca y Roque Sáenz Peña, había obtenido ese cargo, para reemplazar al no menos interesante personaje Ramón Lista.
La vida de Mayer es una continua y novelesca aventura. Porteño, nacido en 1834, hijo de padre alemán y madre española, ingresó desde muy joven en el Ejército, combatió en Cepeda y Pavón con el grado de capitán y luego con el de sargento mayor. Acompañó al general Paunero en su expedición al interior. Este, en su calidad de jefe, lo promovió a teniente coronel. Mitre, gobernador de Buenos Aires, le desconoció a Paunero autoridad para otorgar ascensos, pero a su vez confirmó el de Mayer, quien, disgustado, lo rechazó pidiendo la baja del ejército. Emigró a los Estados Unidos. Trabajó primero en el comercio y luego ingresó como instructor en la Academia Militar de West Point, donde solicitó ser examinado para ser aceptado como oficial del ejército de ese país. Las óptimas calificaciones obtenidas a su ingreso, le permitieron desempeñarse no como estudiante, sino como instructor. Allí trabó amistad con el hijo de Abraham Lincoln, en cuyo bufete de abogado ingresó. |
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Designado presidente, Lincoln lo nombró para un alto cargo. Sobrevino la guerra civil. Mayer hizo campaña periodística en favor de la abolición de la esclavitud y formó unidades de combate con gente de color, comandando una de ellas como teniente coronel. Se distinguió en la batalla de Chattannoga; fue herido gravemente en la batalla de Olustee y se destacó en el sitio de Richmond, que clausuró la guerra con la derrota de los sudistas. Después del asesinato de Lincoln, Mayer marchó a México y se alistó en favor de Benito Juárez contra las tropas del emperador Maximiliano. Le reconocieron su grado y le otorgaron mando de tropa. Pero por ser gringo, algunos lo consideraban yanqui. Su segundo, el teniente coronel Cañas, lo ofendió. Mayer lo retó a duelo, a la mexicana, a 20 pasos, con dos pistolas y avanzando. Su contendiente murió mientras que Mayer recibió cinco balazos de los que terminó reponiéndose.
A los 30 años fue ascendido al grado de general del ejército mexicano y uno de los jefes más importantes en el sitio de Querétaro. Desdeñó capturar a Maximiliano, detenido por otros y ejecutado. Penetró solo en la ciudad sitiada para correr una aventura amorosa.
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Descubierto se presentó al general Márquez, jefe de las tropas enemigas y le aclaró que no era un espía y le instó a la vez a rendirse porque la ciudad estaba vencida. Márquez lo devolvió a las filas republicanas. Al caer Querétaro se lo buscó a Márquez para fusilarlo, pero Mayer -en retribución a aquel gesto- lo ocultó en su tienda y lo salvó. Tiempo después Mayer quedó envuelto en una conspiración contra el gobierno. Juzgado, se lo condenó a muerte. Sarmiento, diplomático en Norteamérica, intervino y consiguió su indulto. Luego en su libro “Vida de Lincoln” se referirá a Mayer con encomio. Volvió a Estados Unidos donde hizo amistad con José Martí, el patriota cubano, que soñando con liberar a su patria lo invitó a participar en la expedición que preparaba. Pero Mayer, cansado de tanto trajinar por tierras americanas, con la nostalgia de los suyos, regresó a Buenos Aires. Por decreto le otorgaron el grado de coronel que rechazó, entendiendo que él ya era general, con suficientes títulos ganados en acciones bélicas. Un año después lo reconocieron como tal y le brindaron mando. Al sobrevenir la lucha por la federalización de Buenos Aires, Tejedor lo designó jefe de la resistencia contra las tropas del presidente Avellaneda. A raíz de la derrota quedó fuera de las listas del ejército y nunca, pudiendo hacerlo, pidió su reincorporación. Se dedicó a escribir libros: “Campaña y guarnición”, relatos de la vida militar, y “El intérprete musical” ; tradujo a Edgar Allan Poe y realizó una biografía suya. Sin embargo, habiendo vivido siempre al borde del riesgo y el peligro, añoraba empresas más expuestas y rigurosas. Así marchó a colonizar la Patagonia. En esa tarea lo sorprendió su nombramiento como gobernador de Santa Cruz. Un cargo ideal para su espíritu de aventura y su afán de progreso y libertad. Advirtió de entrada que la región necesitaba imperativamente aumentar su población. Continuando los esfuerzos de sus antecesores, Moyano y Lista, procuró que los nuevos pobladores no se arraigaran en los centros urbanos de la costa sino que se internaran hacia el oeste, rumbo a la Cordillera. Acogió de inmediato toda solicitud de tierras alejadas. Así concedió a Guillermo Game y a Ernesto Cattle 20.000 hectáreas sobre la margen sur del Lago Argentino. El 3 de mayo de 1894 el poblador Ernesto von Heinz pidió otras tantas en la zona de Planicie de Diana. Cinco días después Mayer resolvió expeditivamente la solicitud. Su lema fue poblar, “poblar, poblar, llegado el caso, por encima de la ley”. “Creced y multiplicaos” fue la ley que estatuyó en medio de ese páramo. Pragmático, ejecutivo, consciente del medio en que actuaba, tenía un solo norte: transformar el desierto. Su gestión no fue fácil; por momentos, se sintió abandonado por la mano de Dios, por lo que escribió quejándose al ministro del Interior: “Tengo voluntad y perseverancia para cumplir los propósitos que me han animado al recibirme del puesto de gobernador, pero sin la ayuda del Gobierno Nacional poco podré hacer, y menos aún si a cada paso se ha de sentir que existen deficiencias en las resoluciones superiores y que solo son una rémora en las tareas que se realizan para el adelanto del territorio”. No había aspecto de la vida colectiva que escapara a su mirada y desvelo. Poblar y educar fueron sus prioridades. Así fundó la escuela de Puerto Santa Cruz y estimuló las salesianas. Procuró que Río Gallegos y Puerto Santa Cruz, las dos poblaciones principales, crecieran en orden, que sus calles fueran rectas y las manzanas formaran dameros regulares. Gestionó la creación de un puerto sobre el río Gallegos, en Güer-Aike; obtuvo una partida de diez mil pesos para trazar un camino desde la capital hasta la zona de Última Esperanza. Abogó por una oficina del Registro Civil en Puerto Deseado, sosteniendo que “Si alguien quiere contraer enlace en aquella zona tiene que trasladarse a Puerto Santa Cruz”. Insistió en eliminación de las aduanas, siguiendo el ejemplo de la ciudad chilena de Punta Arenas, que atraía todo el comercio de la región al ser declarado puerto libre. Apoyó las expediciones científicas en el territorio de Carlos Burmeister Clemente Onelli y Florentino Ameghino y a la vez se encargó de difundir sus descubrimientos y hallazgos, en los diarios porteños, despuntando su antigua inclinación de periodista. Ante la llegada de Londres para los pobladores de una goleta con mercadería mal despachada por el cónsul argentino, no autorizó la descarga, ordenando la entrega del cargamento a cada destinatario: “ No tienen por qué sufrir los pobladores las consecuencias de la ignorancia de un funcionario nuestro”. Para industrializar la producción pecuaria fomentó la instalación de una grasería y apoyó la extensión de los servicios navieros hasta Río Gallegos. Había peleado en favor de la abolición de la esclavitud, en Estados Unidos; por la república mexicana junto a Benito Juárez; solidario con José Martí en la liberación de Cuba. Y ahora, allí, en ese confín del mundo, a los 63 años, después de una vida de combates por la libertad humana, disponía todas sus energías para que el austro argentino dejara de ser el reino de la desolación y el frío. Estaba en su modesto despacho preparando como un general en jefe su plan de ataque, su ofensiva sin tregua, cuando cayó fulminado sobre su mesa de trabajo. Era el 4 de enero de 1897. 
Fuentes:
Agencia Periodística Patagónica – www.appnoticias.com.ar
Máyer, Edelmiro, “Campaña y Guarnición”, Editorial Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, Buenos Aires, 1998 (obra presentada por Rosendo M. Fraga)
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