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Historia Militar
EL EJÉRCITO HACIA EL BICENTENARIO
La nobleza y hombría de Manuel Asencio Padilla

Por Sergio Toyos

La puesta en memoria de las cualidades y virtudes que adornaron a la heroína altoperuana Juana Azurduy de Padilla, en relativamente recientes biografías noveladas y otras obras y documentos, han hecho un especial énfasis en su apasionado carácter y fuerte personalidad. Sus ahora cuantiosas biografías nos cuentan que habiendo quedado huérfana a muy corta edad, los parientes bajo quienes había sido puesta bajo cuidado, decidieron someter a la tempranamente altiva adolescente, internándola en un convento.
Su inteligencia, personalidad, y reacia actitud a soportar el sometimiento de la vida conventual, le determinaron el regreso al hogar, donde pronto conoció, por relaciones entre ambas familias a quien sería su hombre, el padre de todos sus hijos y valiente caudillo que lideraba la revolución de los cholos altoperuanos contra las presiones realistas y el abandono de las fuerzas porteñas.
Manuel era un líder nato y valiente soldado, como lo demostraría en innumerables ocasiones, actuando con la táctica de la guerra de guerrillas, única posibilidad de llevar la guerra en esos particularmente anfractuosos terrenos. La sorpresa, la emboscada y el golpe de mano, como la ferocidad en sus acciones bien pronto convirtieron a Manuel en un líder natural, valiente y arrojado. De ese hombre se enamoraría la futura heroína y ya nunca lo dejaría…
… Las tropas argentinas habían sufrido una grave derrota en Sipe-Sipe bajo la conducción del general Rondeau, quien había sido desplazado del Ejército de la Banda Oriental, a punto de obtener la victoria decisiva, por imposición del entonces Director Supremo, Gervasio Posadas, para que fuese su sobrino Alvear quien se quedase con las palmas triunfales. Las tropas "abajeñas" de Rondeau habían recibido el valiosísimo apoyo de algunos de los más importantes caudillos "arribeños", quienes habían engrosado sus fuerzas con divisiones valerosas y probadas en la lucha contra los realis­tas. Pero estos jefes se vieron sometidos a la humillación de ser apartados de la conducción de tropa, seguramente debido a que el jefe "abajeño" buscó evitar la anarquía en su ejército, desconfiando de quienes estaban habituados a la eficaz informalidad de la "guerra de partidarios".
En plena huida Rondeau envió un oficio a Manuel Asencio Padilla, el 7 de diciembre de 1815, al pasar por Chuquisaca, en el que con inaudita insolencia lo instaba a "redoblar sus esfuerzos para hostilizar al enemigo". Es decir, que cuidara sus fugitivas espaldas... El gran caudillo altoperuano le respondió altivamente el 21 del mismo mes desde La Laguna, donde había vegetado varias semanas, tascando el freno por la decisión del jefe porteño de prescindir de sus servicios, tras haber sufrido la masacre de sus huestes por tan inepta conducción.

"Señor General:
En oficio de 7 del presente mes, ordena V.S., hostilice al enemigo de quien ha sufrido una derrota vergonzosa: lo haré como he acostumbrado hacerlo en más de cinco años por amor a la independencia, por la que los altoperuanos privados de sus propios recursos no han descansado en seis años de desgracias, sembrando de cadáveres sus campos, sus pueblos de huérfanos y viudas, marcados con el llanto, el luto y la miseria; errantes los habitantes de 48 pueblos que han sido incendiados; llenos los calabozos de hombres y mujeres que han sido sacrificados por la ferocidad de sus implacables enemigos; hechos el oprobio y el ludibrio del Ejército de Buenos Aires, vejados, desatendidos sus méritos; insolutos sus créditos y en fin el hijo del Alto Perú mirado como enemigo, mientras el verdadero enemigo español es protegido y considerado; sí señor, ya es llegado el tiempo de dar rienda suelta a los sentimientos que abrigan en su corazón los habitantes de los Andes, para que los hijos de Buenos Aires hagan desaparecer la rivalidad que han introducido adoptando la unión y confundiendo el vicioso orgullo, autor de nuestra destrucción. La justicia de nuestra causa y nuestros sacrosantos derechos vivifican nuestros esfuerzos y nivelan nuestras operaciones contra esta generalidad de ideas.

El gobierno de Buenos Aires manifestando una desconfianza rastrera ofendió la honra de estos habitantes, las máximas de una dominación opresiva como la de España, han sido adoptadas con aumento de un desprecio insufrible; la prueba es impedir todo esfuerzo activo a los altoperuanos, que el ejército de Buenos Aires con el nombre de auxiliador para la patria se posesiona de todos estos lugares a costa de la sangre de sus hijos, y hace desaparecer sus riquezas, niega sus obsequios y generosidad. Los altoperuanos a la distancia sólo son nombrados para ser zaheridos. ¿Por qué haberme destinado al mando de esta Provincia amiga sin los soldados que hice entre las balas y los fusiles que compré a costa de torrentes de sangre? ¿Por qué corrió igual suerte el benemérito Camargo mandándolo a Chayanta de Subdelegado dejando sus soldados y armas para perderlo todo en Sipe-Sipe? ¿Olvídase muy en buena hora el empeño del Alto Perú y sus revoluciones de tiempos inmemorables para destruir la Monarquía? Si Buenos Aires es el autor de esa revolución, ¿para qué comprometernos y privarnos de nuestra defensa?

“El haber obedecido todos los altoperuanos ciegamente, el hacer sacrificios inauditos, haber recibido con obsequio a los Ejércitos de Buenos Aires, haberles entregado su opulencia, unos de grado y otros por fuerza, haber silenciado escandalosamente saqueos, haber salvado los ejércitos de la patria, ¿son delitos? ¿A quiénes se debe el sostén de un Gobierno que nos acuchilló? ¿No es a los esfuerzos del Alto Perú que ha entretenido al enemigo, sin armas por privarle de ellas los que se titulan sus hermanos de Buenos Aires? Y ahora que el enemigo ventajoso inclina su espada sobre los que corren despavoridos y saqueando, ¿debemos salir nosotros sin armas a cubrir sus excesos y cobardía? Pero nosotros somos hermanos en el calvario y olvidados sean nuestros agravios, abundaremos en virtudes.
"Vaya V.S. seguro de que el enemigo no tendrá un solo momento de quietud. Todas las provincias se moverán para hostilizarlo; y cuando a costa de hombre nos hagamos de armas, los destruiremos para que V.S. vuelva entre sus hermanos. Nosotros tenemos una disposición natural para olvidar las ofensas: quedan olvidadas y presente. Recibiremos a V.S. con el mismo amor que antes; pero esta confesión fraternal, ingenua y reservada, sirva en lo sucesivo para mudar de costumbre, adoptar una política juiciosa, traer oficiales que no conozcan el robo, el orgullo y la cobardía. Sobre estos cimientos sólidos levantaría la patria un edificio eterno. El Alto Perú reducido primero a cenizas que a la voluntad de los españoles. Para la patria son eternos y abundantes sus recursos, V.S. es testigo. Para el enemigo está almacenada la guerra, el hambre y la necesidad, sus alimentos están mezclados con sangre y, en habiendo unión, para lo que ruego a V.S. habrá Patria. De otro modo los hombres se cansan y se mudan. Todavía es tiempo de remedio: propende V.S. a ello si Buenos Aires defiende la América para los americanos y sino... Dios guarde a V.S. muchos años.

Manuel, moriría más tarde en una traidora sorpresa de la que fuera objeto y su cabeza fue exhibida largo tiempo clavada en una pica hincada en una plaza. Juana, habiendo perdido cuatro hijos en las lides en las que acompañara a Manuel, arriesgó su vida para rescatar la cabeza de su amado y darle cristiana sepultura. Luego, vendrían el olvido, el destierro y la bajada a Salta donde acompañaría las acciones de Güemes hasta que éste también cayera muerto… Triste, abandonada y resignado su temperamento ante tanta desgracia junta llegaría sin embargo tras nuevas y mezquinas traiciones, a los ochenta y dos años. Duros, trajinados, dolorosos, pero altivos, iguales a los del hombre que amara: Manuel Asencio Padilla, tal vez opacado por la historia, a raíz de que la mayoría de los historiadores que estudiaran a Juana, subrayaran con asombro sus hazañas, sorprendidos que una mujer hiciera tanto por su patria, sus valores y sus amores. Pero la Historia Nacional encierra en sus entrañas a muchas más, desconocidas unas y olvidadas otras. Un hombre y una mujer envueltos en el amor, en aires de guerra y desgracia, uno igual al otro, sobreponiéndose permanentemente al dolor, a la amargura, a los desaires y a la traición, pero perdurando para siempre en la historia patria.

O' Donnell, Mario `Pacho´, Juana Azurduy, La Teniente Coronela
Yaben, Jacinto, Capitán de Fragata, Colección de Biografías argentinas y americanas.

 

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