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NAPOLEÓN INVADE ESPAÑA / Hacia el bicentenario de la Patria • Nota VII
Los hechos que desencadenaron la Revolución de Mayo
(Segunda Parte)


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NAPOLEÓN INVADE ESPAÑA

Hacia el bicentenario de la Patria Nota VII
 
Los hechos que desencadenaron la Revolución de Mayo
(Segunda Parte)
Por Armando S. Fernández

Enterados los patriotas de Buenos Aires de la caótica situación imperante en España, invadida por las tropas de Napoleón Bonaparte, exigieron al Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros la realización de un cabildo abierto, cuya primera jornada tuvo lugar el 22 de mayo. Se estaban dando así los pasos inexorables que conducirían al grito de Mayo de 1810. Aquí continuamos pasando revista a aquellos sucesos ocurridos en suelo europeo, que resultaron fundamentales para nuestra historia patria.
 

España pelea por su libertad
La insurrección que estalló en las calles de Madrid, el 2 de mayo de l808, fue la más cabal demostración de que la población española no aceptaba la ocupación de su país, por parte de las tropas napoleónicas, ni las maniobras del Emperador francés, quien había hecho abdicar a Carlos IV y a su hijo Fernando VII, para poder coronar como rey de España a su hermano José Bonaparte -imagen izquierda. Aunque la insurrección fue ahogada en sangre por los soldados del General Murat, se produjo un acontecimiento que, a la larga tendría funestas consecuencias para los planes de dominación francesa. Este suceso fue que las tropas españolas, al principio, neutrales, se pusieron de parte del pueblo. Una roja luz de alerta se encendió para los planes de dominación del emperador francés.

 
EN ESPINOSA, Tudela, Burgos y Somosierra, Napoleón aplastó a los leales a Fernando VII.

La guerra de los Partisanos
La guerra que siguió fue atípica. Los franceses no encontraban un ejército enemigo para enfrentar. Campesinos (Partisanos) mal armados, sin conocimiento ni experiencia militar, hostigaban incansablemente la retaguardia del enemigo francés, desgastándolo y obligándolo a concentrarse en grandes masas que, inmovilizadas, comenzaban a desmoralizarse. ¿De qué valía arrasar una aldea y exterminar campesinos, si las emboscadas se multiplicaban? ¿De que valía toda esa superioridad militar, cuando las retaguardias eran sistemáticamente atacadas y los centinelas no podían darse el lujo de cabecear en las guardias, por temor al puñal que se hundiría en su espalda o les cortaría el cuello? En vano, las fuerzas francesas buscaban un ejército para destruir. No lo había. El error conceptual que cometieron fue creer que ocupar un territorio, significaba dominarlo. Por el norte, las tropas del General Bessierés marcharon sobre Valladolid, después contra Santander. En el centro, los generales Lefebvre-Desnouttes y Verdier sometieron a Zaragoza. En el este, el General Moncey dominaba Valencia y en el sur, El Mariscal Dupont marchaba hacía Cádiz y Sevilla. Las tropas españolas no parecían un enemigo a preocupar, pero sus jefes ya las preparaban para combatir, unidas a los insurrectos. Un Cuerpo de Ejército se concentró en Galicia, bajo el mando de los Generales La Cuesta y Blake, otro, en Andalucía, bajo las órdenes del General Francisco Javier Castaños. Para los galos, lo que parecía ser una operación “de limpieza”, se convirtió en una gran empresa de guerra. Las tropas francesas se concentraron fuertemente, evitando permanecer en puestos aislados.

Se ocupó San Sebastián, Victoria y Burgos, mientras mil doscientos efectivos mantenían el camino libre de Bayona a Madrid. La estrategia napoleónica parecía tener éxito. Lasalle derrotó a los insurrectos en Cabezón, Merle en Santander, Lefebvre-Desnuottes en Tudela, Verdier triunfó en Logroño, Moncey en Cabriel, Cabrillas y Júcar. Dupont venció en Alcolea y Córdoba, mientras que Bessiéres derrotó a 35.000 españoles en Medina de Rioseco.

El principio del fin
Pero luego, Verdier y Lefebvre-Desnouttes fueron detenidos en Zaragoza, Moncey fracasó en Valencia y debió replegarse hasta Madrid. Bessiéres no pudo tomar León. Finalmente, el desastre del Mariscal Dupont en la batalla de Bailén (19 de julio de l808) comenzó a esfumar el sueño imperial de Napoleón en España, provocando la primera evacuación de sus tropas, de la península ibérica. Los franceses no acertaron a explicar todos estos contrastes simultáneos. Pero, en la “Guerra de los Partisanos” que había minado sus retaguardias y su moral, debía buscarse la razón de su fracaso. Napoleón, furioso y obstinado, volvería nuevamente a España en 1808, logrando reunir 200.000 soldados en el río Ebro. En cuatro combates: Espinosa, Tudela, Burgos y Somosierra lograría derrotar a los españoles y sus aliados ingleses y portugueses. El 5 de diciembre de 1808, sus ejércitos ocupaban nuevamente Madrid. Poco después, el 18 de enero de 1809 en La Coruña, el General Soult echó al mar a los ingleses, comandados por Sir John Moore. Napoleón, entonces, se retiró satisfecho de España. No le quedaba ningún “Cuerpo de Batalla” enemigo que vencer. En realidad, no había comprendido que, a pesar de todas estas victorias, no estaba resuelto el problema español. La guerra iba a continuar hasta 1814, el momento en que las tropas francesas abandonarían definitivamente España. Y mientras todas estas campañas, batallas y combates se sucedían en suelo europeo; allá, en la lejana Buenos Aires, ubicada en el Virreinato del Río de la Plata, estallaba el grito de libertad del 25 de mayo de l810.
 


El legado de un soldado


Lo acunaron las brisas de su Yapeyú natal. De muy niño se trasladó con su familia a España y se educó en sus colegios. Con apenas catorce años, desembarcó en el puerto africano de Melilla. Allí, junto a veteranos camaradas, sufrió durante mes y medio el asedio de los feroces moros del jeque Ben Osman. Abordó una fragata inglesa y fue prisionero de los británicos por largos meses. Enfrentó las aparentemente invencibles tropas napoleónicas en Arjonilla y Bailén. ¡Cuántas campañas, batallas y combates, libradas al servicio de un rey que, seguramente, no sentía como su soberano! El niño maduró en hombre, el cadete se transformó en soldado veterano y el soldado veterano mutó en estratega genial. Y el ciudadano que en él había, siguió siendo modesto y desdeñoso de honores y riquezas. Junto a otros jóvenes de Sudamérica abrevó en el mensaje de la Revolución Francesa que destronaba monarquías e instalaba en todos los pueblos del mundo occidental los ideales de los Derechos Universales del Hombre. Y todo lo ganado en los campos de batalla europeos y africanos lo dejó atrás para retornar a su suelo natal, ubicado en el lejano Virreinato del Río de la Plata. Creó un Regimiento para siempre legendario, el de Granaderos a Caballo y los llevó a su primer combate en San Lorenzo. Allí, en esa
LUEGO de Bailén el ejército francés evacúa España.
fulgurante carga de caballería pudo encontrar la muerte. Dios y el destino de nuestra patria, no lo quisieron así. Otro valiente ofreció su vida por él. Y después formó un Ejército, hizo fundir cañones y fusiles, desarrollando paralelamente la “guerra de Zapa” con sus humildes alfareros transformados en espías y mensajeros. Cruzó los inaccesibles Andes para conocer la negra noche de Cancha Rayada y los soles victoriosos de Chacabuco y Maipú. Sitió la fortaleza de El Callao y desconcertó a los realistas con maniobras impredecibles. En Guayaquil mostró la dignidad de los grandes. Yno desenvainó jamás su legendario sable corvo para entintarlo con sangre de hermanos. El 17 de agosto de 1850, hace ciento cincuenta y ocho años, en Boulogne Sur Mer, Francia, el Todopoderoso, máximo juez de la conducta humana le concedió la paz y la gloria eterna. Se llamaba José Francisco de San Martín y fue el más preclaro de los hijos que dio este suelo argentino. Su legado está hoy más vigente que nunca.


 
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