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marzo 2008

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SEMBLANZA DE BELGRANO / Hacia el bicentenario de la Patria • Nota II
El hombre mejor preparado del Virreynato para dar el paso hacia una nueva forma de gobierno propio


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SEMBLANZA DE BELGRANO

Hacia el bicentenario de la Patria Nota II
 
El hombre mejor preparado del Virreynato para dar el paso hacia una nueva forma de gobierno propio
de la Redacción

A mediados de 1808 en el Río de la Plata la llegada de las noticias procedentes de España acerca de la invasión napoleónica y la abdicación de Fernando VII aceleraron el pulso de los criollos que habían comenzado a conspirar secretamente con miras a una suerte de gobierno propio en el Virreinato. Uno de ellos, acaso el mejor preparado, era el entonces secretario del
Consulado de Buenos Aires, el abogado y economista Manuel Belgrano. Una síntesis de su vida (en ese momento contaba con 38 años) permitirá entender mejor no sólo su multifacética personalidad, sino también las circunstancias en las que se gestaron los acontecimientos que desembocarían, apenas dos años después, en el grito de Mayo.
 
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano había nacido el 3 de junio de 1770 en Buenos Aires. Era el cuarto hijo de un matrimonio que tuvo ocho varones y tres mujeres. Su padre fue un acaudalado comerciante de origen italiano, Domingo Belgrano Peri (quien castellanizó su segundo apellido, cambiándolo por Pérez) y fue su madre, una criolla llamada María González Casero. Esta fue la génesis de uno de los hombres fundamentales de la Patria, que dio su grito libertario un lloviznoso 25 de mayo de 1810.

Un joven talentoso
1786 lo encontraba trasladándose a España junto a su hermano Federico y allí, ingresando a la Universidad de Salamanca para seguir la carrera de Derecho. Tres años después, en 1789, recibía su diploma de Bachiller en Leyes de la Universidad de Valladolid. En suelo europeo, más precisamente el 14 de julio, la Revolución Francesa sacudía todos los cimientos de la época, al abolir el poder de los monarcas. En 1790, el veinteañero Manuel Belgrano era designado Presidente de la Academia de Derecho Romano, Política Forense y Economía Política de la Universidad de Salamanca. 1794 lo encontraba regresando a Buenos Aires para asumir la Secretaría del Consulado, creado por Real Cédula de Carlos IV, el 30 de enero de ese año. En 1795 presenta su Primera Memoria del Consulado, pocos después comenzaba a enseñar Derecho en la ciudad de Córdoba, su primo Juan José Castelli lo supliría durante sus licencias y ausencias.
En 1797, el Virrey Melo lo designaba Capitán de Milicias. Fundó la Escuela de Náutica (donde también a la hora de defender Buenos Aires se originaría el Tercio de Galicia, unidad combatiente en la Defensa de la ciudad durante la Segunda Invasión Inglesa) y la Escuela de Dibujo en 1799 y gracias al impulso mancomunado con Hipólito Vieytes veía la luz El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. Tal era la prolífica actividad de ese criollo ilustrado, destinado a tener enorme protagonismo en los años que vendrían. El joven doctor en leyes, el catedrático de fuste, el periodista pionero, dejaría la pluma y tomaría la espada muy pronto. Faltaba ya muy poco para que, en el efervescente Virreynato del Río de la Plata se desencadenara un acontecimiento destinado a cambiar para siempre, el curso de la historia.
 

Tales son en todo los cálculos de los hombres! Pasa un año, y he ahí que sin que nosotros hubiésemos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión con los sucesos de 1808 en España y en Bayona. En efecto, avívanse entonces las ideas de libertad e independencia en América y los americanos empiezan por primera vez a hablar con franqueza de sus derechos.
Manuel Belgrano
(Autobiografía)

 
Las invasiones inglesas y sus consecuencias
En 1806, mil quinientos hombres comandados por el General William Carr Beresford se apoderaban, sin mayores resistencias, de la ciudad de Buenos Aires. Entre las ignominias que el invasor impuso a los notables de aquella época, quizás la más pesada, fue la de jurar obediencia a la corona británica. Manuel Belgrano se negó a hacerlo y cruzó a la Banda Oriental para poner distancia. Para la Reconquista, Belgrano regresó a esta márgen del Plata, alistándose al año siguiente en el recién creado Regimiento de Patricios, con el grado de Sargento Mayor. Allí, la segunda intentona, a cargo del General Whitelocke, al frente de doce mil hombres se estrellaría contra la firme determinación de criollos y españoles. Belgrano, al igual que muchos, tomó el fusil y luchó por su ciudad. Destituido Baltasar Hidalgo de Cisneros, el último virrey español, asumió la Primera Junta de Gobierno patrio y en ella, Manuel Belgrano se desempeñó como vocal.
 
Francisco de Goya / LOS FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO DE 1808 / Óleo sobre lienzo de 266 x 345 cm. Museo Nacional del Prado (Madrid). Esta obra está referida a la insurrección popular de los españoles que fuera sofocada en sangre por el ejército de ocupación napoleónico.
Su legado
Lo que sigue en su trayectoria, después del grito libertario de 1810, es la expedición del Paraguay, llevando los nuevos aires independientes, sus combates en Campichuelo, Paraguari y Tacuarí. Fue jefe del Ejército del Norte, supo de victorias en Salta y Tucumán y de derrotas en Vilcapugio y Ayohúma. Allí está, el 27 de febrero de 1812, su valentía de presentar a las tropas formadas, en la inauguración de la Batería “Independencia”, a orillas del río Paraná, la bandera que había creado, pese a la prohibición del Triunvirato. Allí está su desobediencia a la miopía de las autoridades de aquel tiempo, al negarse a seguir retirándose y plantarse para dar batalla y vencer, en Tucumán al General realista Pío Tristán.
Manuel Belgrano, aquel que nació en el seno de acaudalada familia, que todo lo tuvo y que todo lo entregó, para volcarse con pasión a la causa de nuestra Independencia, murió pobre y olvidado por sus compatriotas el 20 de junio de 1820 en Buenos Aires. Sus ojos se cerraron en la casona frente al templo de Santo Domingo, donde hoy reposan sus restos.“¡Ay, Patria mía!” fueron sus palabras postreras. Poco antes había insistido en pagar con su reloj (lo último que de valor material le quedaba), los servicios de su médico. El tardío reconocimiento de sus compatriotas lo ha consagrado como uno de los grandes fundadores de la Nación. Su conmovedor ejemplo de coraje y patriotismo arde, con llama inmortal, en los corazones de todos los argentinos.
 
PRÓXIMA NOTA: Martín Miguel de Güemes
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