
enero 2008 |








2DA SECCION / PRODUCION NACIONAL
CICARÉ.
Padre del CH 14 |



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PRODUCION
NACIONAL CICARÉ.
Padre del CH 14 |
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Por Lauro S. Noro
de la Redacción de SOLDADOS
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| Desde
mediados de 2005, el Ejército hace un gran esfuerzo
por mantener operativa a su veterana flota de helicópteros.
Está materializado con el incremento de la capacidad
de mantenimiento del Bell UH1H; el proyecto Hornero y
el Huey II; la puesta en servicio de varios Lama, el taller
de recorrida general de motores y banco de pruebas para
motores Lycoming. Ahora, la necesidad de contar con una
máquina de instrucción, observación
y exploración, llevó al prototipo Aguilucho
que acaba de ser presentado en sociedad |
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| AUGUSTO
CICARÉ, genio autodidacta, creador de artefactos
voladores de probada tecnología, un soñador
que convierte sus proyectos en realidades es el inventor
del CH 14, un helicóptero que con el nombre de
“Aguilucho” incorporará la Aviación
del Ejército Argentino. SOLDADOS viajó hasta
Saladillo, provincia de Buenos Aires para conocer el cuartel
general de Cicaré y estuvo en Campo de Mayo, asiento
de los aeronautas del Ejército para elaborar esta
nota. |
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“Teníamos
dos caminos; el fácil, comprarlo en el extranjero y el
difícil, hacer algo propio. Un gran desafío porque
no hay antecedentes de un esfuerzo de diseño de un helicóptero
nacional propulsado a turbina con certificación y homologación
aeronáutica. El Ejército Argentino opto por esta
ultima”, explica el Coronel Mariano Cuevillas, jefe del
Departamento Técnico del Comando de Aviación de
Ejército, a quien secunda el teniente coronel Silvio
Cato, al referirse al prototipo CH 14 Aguilucho.
Y para eso, surgió el nombre de Augusto Cicaré,
cuyo helicóptero de entrenamiento está en pleno
funcionamiento en la Fuerza, en cantidad de dos, con óptimos
resultados. “Puso toda su genialidad en el desarrollo
del helicóptero y el Ejército hizo un importante
aporte en la ingeniería, planificación, partes
y de decirle qué queríamos, con un seguimiento
permanente del proyecto. Pusimos a su disposición toda
la capacidad de muchos años de nuestro personal en todos
los sistemas del helicóptero. Y si la madre de la criatura
es él, el padre es el Ejército”, expresa
el oficial superior.
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| Ellos
lo hicieron posible |

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El
proyecto comenzó en 2003 y de a poco, fue tomando forma.
A mediados de 2007, se obtuvo el primer helicóptero experimental
argentino a turbina certificado por la Dirección Nacional
de Aeronavegabilidad de Habilitaciones Córdoba. Es el
primero a turbina fabricado en el país, con sólo
dos partes importantes adquiridas en el extranjero, el motor
y las palas del rotor principal y del rotor de cola. “Después,
el diseño estructural y sus componentes dinámicos
como el tren de potencia, que es lo más complicado de
desarrollar, la transmisión principal, al rotor de cola,
al núcleo del rotor principal y de cola, la caja de 90
de engranajes, los diseñó Cicaré”.
Así nació el Aguilucho. Un helicóptero
de observación y exploración y de instrucción
básica de pilotos. Apunta a estar certificado de acuerdo
con las normas internacionales. |
| Tiene
una cabina en tandem (piloto adelante y copiloto detrás,
que operaría los sistemas de observación y puntería),
doble comando que facilita la tarea instructor-alumno, reducido
perfil de frente para que sea difícil detectarlo. Es
un diseño finito y cuando se lo ve de frente, parece
una hoja. La idea es llevarlo, con el tanque de combustible
a su máxima autonomía, a 550 kilos de peso de
carga paga, para instalar equipos de visión tipo FLIR
y armamento de autodefensa. Además, que pueda ser adquirido
por las otras Fuerzas Armadas y de Seguridad y para uso civil,
como recorrido de líneas de alta tensión, seguridad
de fronteras y otros usos.
Las pruebas son optimistas. “En vuelo se mostró
estable, con muy buen control direccional en los giros. Es
muy maniobrable. La turbina respondió muy bien, la
conocemos mucho y la sabemos operar. Permite una fácil
inspección pre y post vuelo.”, aclara Cuevillas.
Por ahora no tiene blindaje y su “piel” está
hecha con materiales compuestos muchos más livianos
que los tradicionales y su interior, con una estructura tubular.
Como dato adicional, se estima que el helicóptero,
saldría un 20 por ciento menos que otro de similares
características y con un costo reducido de mantenimiento
y disponibilidad de partes.
“Lo que más me llena de orgullo es haber participado
como militar, piloto e ingeniero, de un hecho histórico”,
señala del jefe del Departamento Técnico. Pero
además, destaca la singular relación de los
involucrados en el proyecto, civiles y militares. “Los
técnicos e ingenieros de Cicaré desarrollaron
una verdadera amistad con nuestros hombres. Sin soberbia organizacional
por ninguna de las dos partes. Con un permanente intercambio”
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No salió de
lámpara ni botella alguna. Es de carne y hueso. En medio del
campo, mirando a los pájaros, Augusto Cicaré diseñó
su primer helicóptero. No sabía nada de cálculos
matemáticos y lo hizo volar. Hoy, a los 70 años, con
su equipo y personal del Ejército, acaba de poner en el aire
el prototipo Aguilucho, luego de más de dos años de
trabajo. “Sin el aporte de los hombres de la Aviación
de Ejército nada de esto habría sido posible”,
dice con humildad. Aunque su fama recorra el mundo. Esta es su fascinante
historia.
Los “fierros” lo atrajeron desde muy chico. Su papá
tenía un taller mecánico a medias con un hermano, en
Polvareda, provincia de Buenos Aires. Cuando Pirincho Cicaré
empezó a gatear, siempre iba a ese lugar para jugar con pedazos
de carrocería, tuercas y engranajes. Había nacido el
25 de mayo de 1937. ¿Una casualidad? A los cuatro años,
cayó en sus manos una revista Mecánica Popular. La miraba
porque le gustaban los aviones y siempre traía alguno. “Empecé
a hojearla y vi una cosa rara que estaba en el aire. Mi mamá
me explicó que era un helicóptero y cómo funcionaba.
Eso me apasionó.
Entonces, le dije que cuando fuera grande iba a construir uno. “Para
eso tenés que estudiar mucho”, me contestó. Y
fue lo que no hice”, recuerda a SOLDADOS en sus oficinas de
Saladillo. Rechazó el estudio. La escuela primaria fue casi
un suplicio. A duras penas terminó sexto grado. Sobresalía
en actividades prácticas y geografía. La maestra lo
maltrataba, le tiraba de las orejas y le decía: “¡burro!
¡burro!”. Era pasto para las cargadas de sus compañeros.
Un día se decidió y llevó sus herramientas y
unos pedazos de metal. Se puso a golpear. “La señorita
me preguntó qué estaba haciendo. “Una cocinita”,
le dije. Me dejó seguir, pero que no hiciera tanto ruido. Tomó
forma y le mostré como podía hervir agua sin tiznar
la pava. A partir de ahí, empezaron a respetarme. Guardo el
boletín lleno de notas bajas. ¿En matemáticas?
Nada, cero. Mi madre con tercer grado, sabía más que
yo”, explica. |

Ingenieros
y técnicos
El grupo de ingenieros y técnicos de la empresa Cicaré
S.A, que diseñó el Cicaré 14 Aguilucho,
está dirigido por Augusto Cicaré y secundado por
el ingeniero de diseño, Ben Cavallín; Emmanuel
Fea, ingeniería; Indalecio Sabbioni, diseño; Fernando
Cicaré, administración; Mercedes Espinosa, asistente
de administración; en el taller de prototipo, Alfonso
Cicaré, Leandro Del Corro, Luciano Branca, Luciano Alvarez,
Oscar y Jorge Ceceri; Miguel Sosa y Juan Burgos y en el de materiales
compuestos, Pablo Pulido, Gustavo Susperregui y Maximiliano
Donamaría; elementos dinámicos, Julio Puppi y
piloto de pruebas, Teniente Coronel (R) Santiago Adaime.
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El torno salvador
No había cumplido 10 años y ya sabía manejar
el torno del taller. Veía cómo su tío Victorio
hacía las piezas. Mientras tanto, su abuelo, que tenía
un pedazo de campo, le dio una parte a su papá para que lo
trabajase. Allá fue la familia. “Tampoco me gustaba,
pero como había herramientas empecé a hacer algunas
cosas, como juguetes, autos de carrera con latas de aceite, motores
eléctricos y uno a vapor” (que todavía conserva).
Hasta el mediodía, estaba en la escuela, a la que iba a caballo.
Y a la tarde, practicaba con el torno.
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En ese ínterin,
llegaron momentos difíciles. Su papá enfermó
y no pudo trabajar más. Para colmo, el hermano se fue a Buenos
Aires a la fábrica Siam y vendía el torno. Entonces,
el chico le propuso a su mamá que lo comprase. Ante su incredulidad,
la tranquilizó. “No te aflijas porque de hambre no
nos vamos a morir. Sé manejar la tornería”.
Ya reparaba cosechadores, tractores y otras cosas más”.
La convenció. Vendió las herramientas del campo y
empezó como tornero, subido a un cajoncito de madera. Tenía
12 años. “Así fue como pudimos subsistir. La
gente de la zona me tenía confianza y me traían trabajos”
El primero
El apoyo de su mamá, María Anunciada Ercoli y de su
familia, fue fundamental en la vida de este casi adolescente. “Nunca
se pusieron en mi contra”, asegura. En sus ratos libres, hizo
desde una licuadora casera con el motor eléctrico de una
bocina de auto hasta el motor de un lavarropas. “No los copié
de ningún lado porque en el campo no recibíamos ni
diarios ni revistas”. Era tan grande su entusiasmo que las
fabricaba fuera de hora. “Tenía poco tiempo para descansar
y dormir, ya que a veces, trabajaba 14 o 15 horas en el taller”
No tenía la más pálida idea sobre cálculos
matemáticos ni geometría. Sin embargo, habla sobre
términos aeronáuticos como un experto. “Muchas
cosas las aprendí después, a fuerza de prueba y error.
Construí muchas maquetas a motor y las probaba y dirigía
con un largo vástago largo para darles inclinación.
Hice muchas pruebas. Fue muy largo el camino hasta que construí
el primer helicóptero”. Y en este punto, el rol de
su madre fue decisivo. “Ella dominaba muy bien las cuentas,
pese a que sólo tenía tercer grado. “Se encargaba
de hacerme todos los cálculos y cuando no podía resolverlos,
agarraba un libro de matemáticas. Nunca se equivocaba. Para
descubrir el efecto de la fuerza centrífuga en las palas
y sobre el que yo tenía un total desconocimiento, me ayudó
a hacer las pruebas con una habilidad extraordinaria”, rememora.
“Cuando hice el segundo la llevé a volar conmigo”.
A los 16 o 17 años empezó a tornear sus piezas. Y
el primer intento para ver si despegaba, fue en 1958. “Volaba
bien, pero con poca potencia”.
¿Sabía
algo de pilotaje?
Nada. Primero, lo até con una pequeña soltura. Si
se inclinaba, la pala no tocaba el suelo porque lo salvaba la cadena.
Al principio, giraba para un lado y para el otro. Seguí probando.
Le puse un segundo motor más potente que me llevó
mucho tiempo hacerlo. El cigüeñal todavía lo
tengo. Estaba hecho con fierros que me quedaban en el taller. Sabía
que así no se debía construir, pero o la hacía
o era nada.
¿Qué sucedió al tomar esa decisión?
En 1963, se hizo un gran festejo por el centenario de Saladillo.
En la plaza principal expusieron mi aparato. Un camarógrafo
de Presidencia de la Nación que cubrió los actos,
lo vio y pidió más detalles para llevárselos
a las autoridades aeronáuticas.
¿Qué
pasó?
Ya habían llegado al país los primeros helicópteros
Sikorsky 51. Había intentado verlos donde estaban, pero no
me dejaron pasar. ¡Y pensar que me había inspirado
en uno de ellos! Pero, aquellas noticias llegaron a la Capital y
al poco tiempo me vinieron a visitar en uno de esos helicópteros.
No se imagina lo que fue verlo de cerca.
¿Y
llegó el segundo?
Lo hice con rotor único y rotor de cola. Voló muy
bien, tenía un sistema de comando distinto. Un amigo, filmó
en Súper 8 el vuelo de exhibición y le llevó
la película al Presidente Illía. La vio y quiso conocerme.
Llamó al presidente de la Fábrica Militar de Aviones,
en Córdoba, se interesó un montón por mi diseño.
Trasladamos la máquina a la provincia, empezamos a testearlo
en sus bancos de prueba, pero, pasó lo de siempre. Cayó
el gobierno constitucional y se terminó todo.
El Aguilucho
Está radicado en Saladillo donde fue para casarse con Isabel
Ponce, que le ha dado tres hijos, Fernando (secretario y administrador),
Juan Manuel (ingeniero agrónomo) y Alfonso (estudia ingeniería
aeronáutica). Allí, tiene su empresa. En dos enormes
galpones, donde está el veterano torno de 1946, descansan
las 13 máquinas que surgieron de su imaginación, talento,
intuición y poder de observación. No deja de referirse
a como se relacionó con los hombres de verde oliva. “Un
día, nos visitó el Coronel Sebastián Oriozabala.
Se quedó sorprendido cuando vio el simulador y le interesó
mucho. Al poco tiempo, llegó la orden para comprar uno y
enseguida, otro. En el Comando de Aviación de Ejército
están muy contentos con sus resultados”. Cuando el
Teniente General Roberto Bendini lo convocó para el proyecto
Aguilucho, sintió una gran satisfacción. “Nunca
encontré a una persona tan decidida para que lo encarásemos”.
¿Lo sorprendió el llamado?
Sí, por supuesto. Lo que nos pidió no se había
dado nunca.“Mire Cicaré, tenemos que hacer un helicóptero
argentino; sé que usted está en el tema, averigüé
bien y sé que es capaz de hacerlo”, me dijo. Lo hicimos.
Ahora vienen las pruebas para homologarlo y certificarlo y las etapas
para su desarrollo.
¿Qué pasó por su cabeza cuando lo vio pintado,
con la bandera argentina y listo para levantar vuelo?
Ahhhh, un montón de cosas. Por suerte no tuvo ninguna
novedad en vuelo. Mi hijo Fernando lo voló por primera vez.
No fue un milagro porque hicimos un montón de pruebas. No
surgió de la intuición como hice los demás,
por mis propios medios y como me parecía. Esta vez, con un
grupo de ingenieros y técnicos y con la gente del Comando
de Aviación de Ejército, trabajamos como se debe,
bien organizados y en equipo. Sin su aporte no habría sido
posible todo esto.
Con el apretón de manos final, nos deja una frase que lo
pinta de cuerpo entero. “Los fracasos me sirvieron como experiencia.
Nunca bajé los brazos. Los errores siempre pueden solucionarse”.
En diciembre de 1969, su amigo Juan Manuel Fangio dijo de él:
“Cicaré es uno de esos raros hombres que con su fórmula
de sudor y talento les sobra para desarrollar obras que proyecten
a su Patria”.  |
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