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diciembre 2007

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CULTURA
La vida dibujada por Crist
Por Sandra Pien

Dibujante y humorista, dueño de una exquisita sensiblidad popular volcada a diario en el periodismo gráfico, CRIST -apócope de Cristóbal Reinoso- plasmó en formato libro y sin siquiera una palabra un corpus de 87 dibujos que revelan su mundo, pleno de fina ironía, homenajes y complicidades con el espectador. Tan argentino como el mate, y a la vez universal.
 

Lo primero es lo primero. Sí, yo soy de las que comienzan a leer el diario desde los chistes de la contratapa. Es que así, con esa protección y esa mirada, se tolera mejor el trago amargo de las noticias. Y el humor de Crist es lo primero que desde la contratapa de Clarín nos hace reír todos los días a los argentinos, de una manera irónica y contundente. Pero esta vez el dibujante premió a los lectores con un libro selección de sus mejores cuadros: La pasión de Crist, de Editorial Sudamericana. Acompañado allí por breves líneas de otros dos grandes dibujantes y humoristas -sus amigos, Hermenegildo -el Menchi- Sábat y Caloi-, el Negro Crist nos deleita sin palabras. Porque como reza el viejo adagio, una imagen vale más de mil.

¿Por qué el humor?
Mi vocación es el dibujo; el humor es una actitud frente a la vida.

¿Por qué el dibujo?
El dibujo ha sido mi primer lenguaje, creo que aprendí antes a dibujar que a hablar.

¿Cómo fue el proceso de dibujar por pasión y placer, a pensar este quehacer como una profesión?
Aprendí, como muchos de mis colegas, copiando; no se puede decir que soy totalmente autodidacta porque nadie lo es, hice mi propio curso llenando las incógnitas, leyendo, preguntando. Mi primer trabajo fue haciendo carteles de precios en Casa Tía; tenía 17 años y un entusiasmo a toda prueba. En Santa Fe era un chico de barrio, así que trabajar en el centro de la ciudad me civilizó un poco. Enseguida comencé a relacionarme y al poco tiempo me contaron que salía una revista de deportes y querían una página de humor. Nunca había hecho un chiste en mi vida, mis dibujos eran en su mayoría copias de historietas serias, pero ya me fijaba en Ferro, Blotta, Divito, Garaycochea, y después en Quino. Me puse a pensar, mi referente era la página de El Gráfico y los maravillosos dibujos de Garaycochea, que era un dibujante muy moderno que no caía en las redondeces de Disney, y además me volvían loco los gauchos de Pampa bárbara. ¡Cómo los paraba con esos facones como espadas y esas botas de potro, las rastras; un maestro de la exageración! Hice mi página, y para mi asombro salió publicada. A los 17 años creía que Opinión deportiva (tal el nombre de la publicación) era el New York Times. Compré todas las revistas que había en el kiosco y las regalé. Pocas emociones fuertes recuerdo como ésa de la primera publicación. Después vinieron las revistas de verdad. Siendo muy joven, en mi primer viaje a Buenos Aires, conocí a Divito y en sus revistas, Rico Tipo entre ellas, salieron mis dibujos. Si bien ya era el final de esas revistas, yo recién debutaba en primera; despues llegó Patoruzú, y a los veintitrés años gané el del concurso de la revista Gente. Ya residía en Córdoba y estaba viviendo el destete familiar y afirmando mi vocación.

 
¿Seguís dibujando con papel y lápiz o ahora también dibujás virtualmente, en la computadora?
-El dibujo sigue siendo para mí el papel, el lápiz, el carbón. Por más que me traigan una tableta Wacom que tiene un monitor que es del tamaño del original, que reproduce todos mis gestos y me asombre de semejante ingenio, le seguirá faltando el placer del tacto, el sonido del trazo, el aroma del taller.

¿Cómo te tratan los nuevos formatos para crear, photoshop y demás?
Al photoshop lo uso para sacarme la papada en las fotos que ilustran los reportajes, si tengo oportunidad de meter mano. Fuera de broma, lo he incorporado porque me facilita el trabajo para Clarín. Ya no podría enviar los dibujos de otro modo, me pregunto cómo trabajábamos antes, cuando los enviaba por la bolsa de Clarín por avión, y a veces aparecían en la Quiaca o en Puerto Madryn.

¿Cómo andan tus otras pasiones, la fotografía e Internet? ¿Te pasaste ya a la fotografía virtual?
Bueno, hay que actualizarse. Han quedado arrumbadas ampliadoras, cámaras analógicas, reveladores, fijadores. Ahora todo son pixeles, megapixeles, pendrivers, fotostation, etc. El encuadre y la composición siguen teniendo vigencia, pero la novedad son las cámaras de bolsillo que tienen una definición a veces mayor que las profesionales y cualquiera puede hacer buenas fotos. Lo que todavía me cuesta entender es cómo podés tomar fotos con un teléfono; no quiero imaginarme lo que se podrá hacer con un bidet o una canilla.
 
¿Qué te inspira para tu cuadrito diario en Clarín, cómo es el proceso de creación de tu humor gráfico?
Lo de siempre, no olvidemos que este trabajo también es periodismo, por lo tanto hay que estar informado. Ahora tenés la televisión, Internet y todas sus variantes, diarios digitales, blogs, hasta mensajes de texto, la radio y el mismo diario donde aparecen los dibujos. Veo la versión virtual a la madrugada pero me pasa lo mismo que con los dibujos; prefiero el papel. Pero la mejor inspiración sin duda es la versión directa de la gente en cualquier lugar, la cola de una caja de supermercado, el correo o el banco. Y lo fundamental: no lo que dice sino cómo lo dice.

¿Qué pintores, dibujantes o artistas influyeron en tu mano?
Si nombrara todas las influencias no alcanzaría este reportaje, pero tengo algunos que han permanecido firmes a pesar del tiempo transcurrido desde mi descubrimiento. Uno es Hugo Pratt, el otro es Carlos Alonso; porque a pesar de dedicarme a un género que tiene otros códigos sigo gozando de los dibujos de Pratt y emocionándome con los de Alonso. Dentro del oficio admiro a Quino, el de sin palabras, a Steinberg, a Sábat. Digamos, a los que dibujan; porque últimamente noto como si se estuviera terminando el oficio y a todos ahora les da por escribir.

¿Por qué te gusta dibujar soldados, tanques y armas con tanta rigurosidad y realismo?
Supongo que es una de las herencias de Pratt. Recuerdo perfectamente el afiche de la revista Hora Cero semanal cubriendo las paredes de Santa Fe el 4 de setiembre de 1957: un soldado japonés con los signos típicos de su escritura en un trapo atado a su casco y ese sol que los identificaba apuntándome con su fusil Arisaka, que era el Mauser japonés, con la bayoneta de la que colgaban más signos en una especie de bando atado al filo del arma. Nadie había dibujado así hasta entonces, con una economía de recursos pero tremendamente efectivo; unas líneas y manchas de pincel bastaban.
En su biografia, Pratt cuenta que fue prisionero de guerra de los alemanes en el norte de África junto con su padre, durante la Segunda Guerra Mundial. Vio pasar todos los uniformes que despues veríamos dibujados en sus historias, con la memoria del niño y la destreza del tremendo artista que era. El estilo lo heredó a su vez, según contaba, de otro de los maestros de la época, Milton Caniff, autor de Terry y los piratas, donde también aparecía una profusión de armas y pertrechos de guerra. Caniff tenía un ayudante llamado Frank Robbins, que mamó el estilo rellenándole los negros a las páginas del maestro. Cuando se largó solo, creó a Jhonny Hazard, otra locura de tinta y pincel. Lo que tenía Robbins era que uno identificaba las armas a pesar de ser manchas de pincel, lo mismo Caniff. Los buenos usaban pistolas Colt; los malos, pistolas Mauser, inconfundibles con su cargador cuadrado delante de la cubierta del gatillo. El fusil de Pratt era el Lee Enfield, con su cargador junto al gatillo y el largo cajón de madera hasta la punta del cañón, que es una sola pieza con la culata, su mira cuadrada, y aparecía siempre; hasta los tuareg lo usaban, se los dibujaba colgando del camello. El
Negro Fontanarrosa decía que la gracia de mis soldados estaba en que hago una caricatura de todos los pertrechos. El M16 que dibujo no es real, tiene todo lo del arma original pero es su caricatura, o es más corto o más gordo, o lo deformo según convenga a la composición. Digamos que hago algo que se parece a un M16, pero no voy a ser yo el que descubra que el arte es interpretación.

¿Una gran anécdota?
Justamente una con Pratt. Estábamos en Barcelona, era 1988, el maestro estaba firmando libros en un Salón del Comic, una suerte de feria del libro de historietas. Me acerqué, lo saludé y me respondió muy efusivamante; me abrazó, me preguntó cómo andaba y esas cosas. A su lado, una señora rubia, bajita, de anteojos, que hablaba italiano con Hugo le preguntó quién era yo. -E un bravo disegnatore de fumetti d’humore, argentino- le dijo. -Ma, ¿come e il suo grafismo?- preguntó la que luego me enteré de que era una famosa editora de Mondadori. Pratt tomó uno de los libros, que no era de sus historietas sino una novela autobiográfica que tituló Aspettando Corto, y en la página en blanco donde se escriben las dedicatorias intentó un soldado con mi estilo. Fulvia Serra, la editora italiana, miró y me sonrió; el maestro dejó el libro. Antes de irnos a comer a la casa de otro artista argentino, Carlos Avallone, le pedí que me lo firmara. Le puso Pour Crist, Hugo Pratt. Es el libro que tengo en este momento en mis manos.
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