La instrucción
era diurna y nocturna con todo tipo de armamentos, teorica–práctica,
y estaba destinada solamente a este grupo seleccionado, que
yo, gracias a Dios, tuve la suerte de integrar. Debo añadir
que esta instrucción fue altamente valiosa a la hora
del combate y Estévez, un jefe calificado que no sólo
se preocupaba por nuestro estado físico sino también
por nuestra espiritualidad, no cesaba de darnos ánimo
y valor con sus propios gestos personales. Les cuento un ejemplo:
Allá, en el sur, hay unos pastos ásperos y filosos
llamados coirones y durante nuestros habituales “cuerpo
a tierra” y posteriores deslizamientos, tratábamos
de evitarlos. Al darse cuenta de esto, Estévez hizo
él mismo el ejercicio, sin importarle las lastimaduras
que tales matas le ocasionaron, y luego nos dijo: “Si
están en pleno combate, no van a tener tiempo de bordearlos,
la guerra es así”.
Este tipo de ejemplos estaban muy a tono con su naturaleza
de persona de una alta moral, ética y honor. Y sólo
tenía 24 años. Nosotros, los AOR (Aspirantes
a Oficiales de Reserva) en la mitad de la noche, más
de una vez fuimos levantados y nos hacían salir a correr
sorpresivamente bajo fina lluvia o nevizca, sólo vestidos
con pantaloncitos cortos y ballenera (remera de manga corta).
Y como decía Nietzsche, lo que no te mata te fortifica.
Ese fue nuestro caso. Del inicial grupo escogido, cuarenta
y cinco, quedamos cuarenta. Y esos cuarenta fuimos a Malvinas.
Aquel inolvidable 2 de abril nos tocó desembarcar al
mediodía y nos sentíamos muy orgullosos en razón
de pertenecer al único elemento del Ejército
que participó de la operación de neto corte
aeronaval en aquel momento. A bordo del Almirante Irizar fuimos
partícipes de una tocante ceremonia que nos concernía
de un modo muy especial.
Como no habíamos tenido tiempo de jurar la bandera
se organizó para nosotros una jura de nuestra enseña
nacional, que tuvo el carácter de provisoria y levantó
nuestro orgullo hacia las nubes. Y ahí nos enteramos
de que íbamos a Malvinas. Puedo afirmar que, entre
lágrimas y abrazos, ahí mismo se terminó
de consolidar nuestro grupo.
Estuvimos brevemente en Puerto Argentino y luego, a bordo
del barco Isla de los Estados fuimos enviados a Darwin con
el objetivo de tomarlo. Nuestro grupo de AOR era parte de
la Compañía C, formada por tres secciones, Gato,
Bote (la de Estévez) y Romeo, a cargo de Gómez
Centurión. Entre el 4 y 5 de abril nos asentamos en
Darwin y comenzamos nuestras tareas de limpieza, minado y
excavación de “pozos de zorro” y puestos
de ametralladora. Nuestro jefe directo era Estévez
y el jefe de la compañía, el Teniente Primero
Daniel Esteban. Yo era tirador de MAG (ametralladora pesada)
y fui elegido para eso debido a mi buena puntería en
aquellos ejercicios anteriores en Chubut. Disponíamos
de 2 MAG, 2 lanzacohetes y fusiles FAP y FAL. Nuestra base
de operaciones era una escuela kelper construida íntegramente
de madera, que constaba de dos pisos; ahí estaba ubicada
la compañía C. Recuerdo que, faltando algo de
raciones, algunos oficiales y suboficiales se fueron a cazar
avutardas y durante tres días esos pajarracos fueron
parte distinguida de nuestro menú. Disponíamos
de un buen equipo de abrigo, muchas medias de recambio y guantes
que nos protegían manos y pies del frío.
El 1º de mayo, a las 8 de la mañana, los Harrier
ingleses atacaron a los Pucará estacionados en el aeropuerto
de Darwin. Nosotros estábamos ubicados a unos 500 metros
del aeropuerto y vimos perfectamente todo. Darwin es un caserío,
una especie de pequeña bahía, todo bastante
plano geográficamente hablando. Luego del ataque abandonamos
la escuela y nos instalamos en nuestros “pozos de zorro”.
De ahí en más, el agua y el frío fueron
nuestros íntimos compañeros. Recuerdo que rezábamos
al levantarnos y al acostarnos. En los respiros que nos daban
los desayunos hablábamos de nuestras respectivas familias
y el hecho histórico y singular que estábamos
protagonizando. Todas esas cosas no hacían más
que reforzar la alta moral que, inculcada por la labor encomiable
de Estévez, existía en el grupo. Debo añadir
que el día 24 de abril hicimos nuestro juramento oficial
a la bandera en suelo malvinense, privilegio que, creo, nadie
lo tuvo. La compañía se dividió. Rumbo
a San Carlos marcharon Esteban y los suyos al caserío
de Darwin, Gómez Centurión con su gente y nosotros
quedamos en nuestros “pozos de zorro” a cargo
de Estévez. Y permanecimos en aquel sitio hasta el
27 de mayo, momento en que el Teniente Coronel Piaggi le ordenó
a Estévez que debíamos marchar hacia la primera
línea de combate, debido a que los ingleses, que habían
desembarcado en San Carlos el 1º de mayo, avanzaban hacia
Darwin y ya se habían producido enfrentamientos con
efectivos del Regimiento de Infantería 12. Según
nos testimonió el capellán militar padre Mora,
al recibir la orden, Estévez se puso contento. “Era
lo que estaba esperando”, dijo. A las 2 de la madrugada
del 28 de mayo llegamos a Boca House (Casa Boca), sitio cercano
al cementerio de Darwin que ya era zona de combate. Al hacerlo,
nos cruzamos con gente del Regimiento 12, a cargo del Subteniente
Peluffo, que venía de combatir. Estévez nos
hizo desplegar en abanico y quedamos distribuidos allí.
Luego, a la derecha del abanico, entró en contacto
con el enemigo y nosotros, que aún no estábamos
en las posiciones que debíamos ocupar, según
las órdenes recibidas, nos unimos con los del 12 para
permitirles un respiro pues, mientras ellos se replegaron,
nosotros contraatacamos. Al hacerlo, chocamos con la compañía
A del batallón de paracaidistas ingleses, que tenía
unos ciento cincuenta efectivos y estaban muy bien armados.
Se peleó muy duro, sin dar ni pedir cuartel, en un
combate que desde las 5 de la mañana se prolongó
hasta casi las 10. Fueron casi cinco horas de auténtica
estadía en el infierno. Nosotros efectuamos tres repliegues
y sucesivos contraataques. Ellos tenían apoyos de las
fragatas que estaban en San Carlos y de artillería,
combinada con los Blowpipe (misiles antiaéreos) que
barrían el terreno. La disparidad de fuerzas era abrumadora
a favor del enemigo. Al hablar de lo que fue ese combate,
recuerdo las balas trazantes que iluminaban la oscuridad,
los morterazos, los gritos de dolor y de furia con que unos
a otros nos animábamos. Debido a la elevada preparación
física espiritual con que contábamos, durante
el combate estábamos calmos, tranquilos. La angustia
previa al choque con el enemigo nos había tenido nerviosos,
pero ahora, en plena lucha, las cosas se revelaban tan simples
como terribles. Y en la sencillez del “matar o morir”
todo estaba resumido. Yo estaba a cargo de una de las dos
MAG que teníamos y Zabala, otro soldado conscripto,
era mi cargador de municiones. Desde nuestro puesto disparaba
a todo lo que veía o creía ver frente a mí.
De pronto, un proyectil de mortero cayó muy cerca de
nosotros. El pobre Zabala recibió de lleno las esquirlas
y murió en el acto. Yo recibí impactos de esquirlas
en el perineal izquierdo. Recuerdo que antes de perder la
lucidez, atontado por la onda explosiva, le pedí a
Dios que
no me dejara morir allí. Realmente no sé cuánto
tiempo estuve inconsciente o atontado. Luego, sin soltar mi
MAG, me arrastré hasta un pozo cercano mientras sentía
la tibieza de la sangre en mi piel y no sabía qué
tan herido estaba. Me zambullí en el pozo y encontré
que allí había soldados del 12.
Ese pozo era como tener una butaca para contemplar el infierno.
El Cabo Castro había intentado llegar también
al pozo donde yo estaba cuando un proyectil de fósforo
lo alcanzó y lo envolvió, convirtiéndolo
en una antorcha humana. Oíamos sus gritos desgarradores.
El pobre decía: “¡Rodríguez, máteme!”-
gritaba mientras se quemaba vivo.
A Romero, otro soldado que estaba allí, le gritó
lo mismo, pero nadie se atrevió a dispararle y terminar
con su agonía. Un rato después no escuchamos
más su voz; que Dios lo tenga en la gloria.
Y llego en mi relato a lo que considero el instante supremo
del combate, desde mi situación personal por supuesto.
No hay que olvidar que en medio de ese caos del combate muchos
estaban sufriendo experiencias únicas e indelebles.
La que les narro a continuación fue la mía:
El Teniente Estévez estaba recorriendo las posiciones,
gritando órdenes a derecha e izquierda, todo esto,
repito, bajo el terrible fuego enemigo. Al salir del pozo
contiguo al mío recibió dos balazos en el brazo
y pierna izquierda, respectivamente. Tambaleándose,
llegó al pozo donde yo me encontraba. Este valeroso
oficial, sin preocuparse de sus propias heridas, me preguntó
por las mías, pues yo estaba ensangrentado. Le contesté
que podía arreglármelas. Estévez tomó
un FAL y comenzó a disparar; luego, por radio estuvo
dando nuevas órdenes. Mi MAG la tomó otro soldado
del 12 y abrió fuego contra el enemigo. Ese soldado
recibió un balazo en la cabeza, obra de francotiradores
–los que mayores bajas causaron en nuestra dotación–
y cayó muerto. Éramos cinco en el pozo en ese
momento. Comenzamos a soportar fuego directo de morteros y
las cercanas explosiones de los proyectiles que caían
nos arrojaban lluvia de tierra sobre nuestras cabezas. Estévez,
lo repito, sin importarle sus heridas, tomó el casco
del soldado muerto del 12 y me lo colocó en la cabeza
para protegerme, ya que nosotros usábamos boinas verdes
y eso no protege nada ante una bala o una esquirla.
En ese momento recibió un nuevo balazo en el pómulo
derecho y se desplomó pesadamente a mi lado. Tratamos
de auxiliarlo y le oímos decir algo, que nadie entendió,
y luego expiro. Como estaba cargado de granadas, cualquier
proyectil podía impactarlas y volarnos a todos, se
las quitamos y sacamos el cuerpo fuera del pozo. Luego, afuera,
su cuerpo de héroe recibió numerosos balazos
más, quedó casi irreconocible y la prueba de
esto es que luego del combate lo reconocieron por la manera
especial que tenía, como lo hacen los comandos, de
atarse los cordones de los borceguíes. Tomé
la radio y después de algunos intentos logré
comunicarme con el Teniente Coronel Piaggi y le informé
que Bote (nombre clave de Estévez) estaba muerto. Le
pedí instrucciones.
“Esperen y aguanten hasta que lleguen los Pucará
de apoyo”- me contestó. Los Pucará nunca
llegaron. Entretanto, los ingleses habían logrado tomar
las alturas y desde allí su fuego nos estaba acribillando.
El Subteniente Peluffo, para evitar un inútil derramamiento
de sangre, ya que habíamos agotado todas nuestras municiones,
alzó la bandera blanca y todo terminó para nosotros.
Recuerdo que en nuestras posiciones los muchachos se pusieron
a fumar o comer chocolates y caramelos, embargados de una
total tranquilidad y satisfacción por haberse batido
como bravos.
Al tomarnos, nos registraron como prisioneros y los ingleses
descubrieron que teníamos ocultos cuchillos y “ahorcadores”
(tanzas usadas para estrangular) y algunos recuerdos de tropas
británicas que habíamos conseguido después
de desembarcar. Eso, más que nada, los hizo entrar
en furia y nos golpearon. A mí, que estaba herido en
el suelo, tendido sobre un chapón, me propinaron un
puntapié. La noche del 28 nos efectuaron los primeros
auxilios. El Soldado Giraudo, que fue herido cumpliendo funciones
de estafeta bajo el fuego enemigo, falleció esa noche.
Sé que todos mis compañeros caídos, con
el Teniente Estévez a la cabeza, deben estar ahora
en el paraíso brutal de los valientes. Y vaya mi recuerdo
sincero y emocionado para todos ellos.
Prosigo con mi relato. A la mañana siguiente –
era el 29 de mayo– nos llevaron a un hospital de campaña
en San Carlos y allí me efectuaron dos operaciones,
una colostomía (ano contra natura) y una operación
de búsqueda en el interior de mi cuerpo, tratando de
localizar fragmentos de proyectil. Posteriormente, cirujanos
argentinos me hicieron otras cuatro operaciones. Estando internado,
un compañero me relató que Gómez Centurión
y un grupo de prisioneros intentaron fugarse para regresar
a nuestras líneas, pero no pudieron lograrlo. Luego
fui trasladado al buque hospital Uganda y ahí un capellán
inglés, que hablaba un perfecto castellano, me dijo:
“La guerra se terminó para vos”. Antes
de que me trasladaran al Bahía Paraíso, el 5
y 6 de junio debí soportar, como todos mis compañeros,
el interrogatorio de la inteligencia inglesa. El hecho de
tener prisioneros “boinas verdes” en San Carlos
y Darwin y la enconada resistencia que les opusimos les hacía
no creer que cincuenta efectivos con sólo dos MAG,
dos lanzacohetes y fusiles, hubieran podido detener a toda
una compañía de tropas altamente especializadas,
obligándolas a replegarse tres veces durante aquellas
cinco horas infernales. Así fue, ciertamente, el combate
de Goose Green o Pradera del Ganso. Algunos pocos soldados
del 8 y del 12 y nuestra sección AOR dio material al
jefe del comando inglés, Brigadier Mayor Julian Thompson,
que en su libro No pic-nic describió la dureza de esta
batalla que retrasó considerablemente los planes ingleses
de tomar Darwin.
También supe que en otra acción durante el 29,
el Teniente Coronel Jones, Jefe del Batallón de paracaidistas
ingleses, murió en un choque con las fuerzas de la
sección Romeo, a cargo del Subteniente Gómez
Centurión.
El regreso
El 7 de junio desembarqué en Puerto Belgrano y permanecí
internado en el hospital naval por seis meses, afrontando,
como ya dije, cuatro operaciones más.
Aquel maravilloso grupo formado por el Teniente Estévez
aún perdura. Entre agosto y octubre de cada año
solemos reunirnos en comidas de camaradería donde abundan
los recuerdos, las emociones y por qué no alguna que
otra lágrima furtiva.
A pesar de todas las penurias sufridas, he logrado rescatar
lo positivo que hubo y que fue mucho. Quien tiene a la muerte
cara a cara no deja, después de esos momentos, de mirar
la vida de otra forma, la jerarquiza y trata de darle el más
valioso y noble de los sentidos, el del amor a la familia,
el trabajo, el estudio, la responsabilidad y el respeto.
El haber tenido el privilegio de estar junto a hombres de
la talla del Teniente Estévez, que se convirtió
en un modelo a seguir en mi vida, es algo que me ha marcado
a fuego y que jamás olvidaré.
Malvinas fue un punto de inflexión en nuestra historia.
Nada será igual después de eso. Ojalá
todos los argentinos nos encolumnemos tras el objetivo de
recuperarlas, esta vez siguiendo los caminos de la diplomacia,
el respeto mutuo y la paz. En lo personal, me he propuesto
rastrear, investigar, profundizar para rescatar del olvido
a esos héroes y sus ejemplos, cosa que noto está
faltando en la actual sociedad argentina. Los conceptos de
patria, probidad, honor, moral, ética, sustentados
con la propia vida, estrella polar de los que cayeron en el
Atlántico Sur, no deben caer jamás en saco roto.
A las nuevas generaciones debemos hacerles conocer quiénes
fuimos los que padecimos y luchamos y que ahora tenemos una
edad de alrededor de cuarenta años; nosotros comenzamos
a ser los nuevos dirigentes de este ciclo. Dios quiera que
sepamos volcar nuestras experiencias para construir una Argentina
mejor.
Deseo volver a Malvinas, detenerme ante la tumba del Teniente
Estévez y las de mis compañeros caídos.
Quiero volver a cierta ruta natural donde junto al Padre Mora
emplazamos la imagen de la Virgen, ante la que teníamos
misa por las mañanas. Quiero volver a rezar allí
por el alma de los vivos y los muertos y agradecerle por haberme
preservado. Y pedirle fuerza y conciencia para que mi vida
no sea inútil sino provechosa para quienes me rodean,
mi comunidad y mi familia.
Después de todo, ese es el mensaje que nos legó
el Teniente Estévez. 
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