
septiembre 2007 |









2DA SECCION
PARA NUESTROS VETERANOS DE GUERRA
Solidaridad |

CULTURA
La historieta argentina está viva pero
en Italia |


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CULTURA
La historieta argentina
está viva pero en Italia
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Es de la
generación de aquellos que después del colegio,
desde la hora de la leche y hasta la hora de la cena,
dibujaban y dibujaban. De la época en que el dibujo
y el potrero iban juntos de la mano en los chicos. Tan
natural para Sergio Ibáñez es dibujar.
Y dibuja de todo, hace historieta y humor gráfico.
Algunos sostienen seriamente que a un diario “hay
que entrarle” por atrás para verdaderamente
leerlo. Es decir, comenzando de atrás para adelante,
primero leer y disfrutar de la página de los chistes,
que son los que expresan sin tapujos la realidad, con
humor e ironía. Veamos por ejemplo, el diario La
Nación. Desde su así titulada Ultima página
entramos a lo que por costumbre se denomina “la
página de los chistes”. Ahí, bien
arriba, desde hace once años está presente
el cuadrito de humor de Sergio Ibáñez titulado
Metahumorfosis. También es profesor en Letras,
recibido en el Mariano Acosta, aunque ya no ejerce. Durante
años fue uno de los dibujantes del plantel de la
editorial Columba, aquélla que precisamente publicaba
las historietas que él leía de chico, que
llegó a tener un tiraje semanal de más de
cien mil ejemplares.
Ibáñez es un tipo de barrio; buen tipo se
lo ve, muy porteño, recién entrado en la
cuarentena, influido por el rock y la historieta. Para
hacerle honor al barrio, dialogamos en la tradicional
confitería Las Violetas, de Rivadavia y Medrano;
con el fondo de sus bellos vitreaux. |
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Contame, ¿por qué la historieta?
Mirá, no te lo puedo explicar porque fue algo absolutamente
natural; no recuerdo ni el día que descubrí
la historieta. Cuando mi viejo traía el diario, yo
leía las tiras, y junto con el diario comenzó
también a traer El Tony y D´Artagnan, que en
ese momento estaban en casi todos los hogares. Y me acostumbré
a leer historietas, desde los 6 años; a partir de allí
nunca la abandoné.
Pero hay un proceso diferente en cuanto a leer historietas
y elegir la profesión de dibujante, ¿la elegiste
o ella te eligió a vos?
No sé, porque a dibujar también empecé
desde muy chico, recuerdo que hice una historieta en el jardín
de infantes. Y nunca corté ese lazo en ambos casos;
nunca dejé de leer historietas y nunca dejé
de dibujar, desde chico. A los diez u once años empecé
a estudiar dibujo, en las academias Pitman. Ya estando en
la secundaria, empecé a conocer el mundo editorial,
a saber que se puede laburar de eso, que se vive de eso...
aunque no sé si ahora se vive de eso; en esa época,
sí. Y bueno, a veces esas cosas que se cruzan en la
vida; mi segundo profesor en la Pitman era un tipo muy capo,
que fue profesor de dibujantes muy importantes; se llamaba
Julio Jáuregui y fue profesor de García Seijas
y de Zaffino.
¿Cómo mezclaste historieta y literatura?
Creo que la historieta es un muy buen vehículo para
acercarse a la literatura. Pero es diferente de la literatura,
porque ya a esta altura tiene contenido y características
bien propias. Lo paradójico es que lamentablemente
cuando acá nos damos cuenta de eso, no tenemos más
industria de la historieta, no hay más publicaciones.
Vos vas al kiosco y no hay historietas argentinas; podés
comprar manga japonés, comics norteamericanos, pero
no nacionales. Porque, claro, leer en su momento a Oesterheld
era como leer a Bioy Casares, sino más, por la enorme
influencia masiva de la historieta.
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¿Cómo fueron tus inicios?
Comencé laburando con Jorge Zaffino, ayudándolo
en sus entregas para Columba. Estuve a su lado dos o tres años,
aprendí con él muchísimo, y después
me largué solo. Luego tomé contacto y comencé
a colaborar con un editor que acá sacaba las revistas
Skorpio y Tit Bits, que fue y es mi conexión con Italia,
y sigo aún trabajando con él. Lo que hago en historieta
hoy lo vendo en Italia. Te digo que es sorprendente, estuve
allí en 2002, los kioscos tienen un tercio de revistas
de historietas italianas, porque ahí está vivo
el género; y hay un sector importante de historietas
argentinas. Esa es nuestra mayor paradoja. Lo extraño
es que sigue funcionando como historieta argentina que se vende
afuera, no es que nos amoldemos al gusto francés o al
italiano; no, hacemos historieta argentina. No nos adaptamos,
seguimos haciendo lo nuestro y eso tiene mercado.
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¿Y en Columba?
Allí empecé muy rápido a hacer series.
Con el primer guionista que trabajé fue con Jorge Morhain,
hicimos una serie con personajes norteamericanos; luego con
Ricardo Ferrari hice Dimitri, un zar ruso, y después
trabajé con todos. Con Armando Fernández hice
varias series: El imperio de las tinieblas, XX; después
heredé muchas series históricas de Columba,
como El Cosaco, Wolf y hasta Nippur de Lagash; fui el último
dibujante de Nippur.
De leerla a ser el dibujante, ¡qué bueno!
Sí, fue rarísimo, y fantástico. Porque
Nippur en cierta forma es el ícono de Columba, además
de una historieta maravillosa; sus primeros cinco años
son de antología. Nos marcó a toda una generación,
estaban escritos por Robin Wood, que sin duda fue el heredero
de Oesterheld; no es que fuese una línea directa, pero
en la historieta argentina es su continuador.
¿Podemos hablar de una identidad propia de
la historieta argentina?
Sí, tiene una identidad muy especial, definida por
la humanidad del personaje, las reflexiones del personaje.
Podríamos decir que en Oesterheld los héroes
son más comunitarios, siempre hay sociedades de personajes;
en cambio Robin Wood tenía protagonistas más
solitarios. Sí, nuestra historieta tiene sello propio,
sin duda. Porque si bien tenemos una larga trayectoria, casi
100 años, Oesterheld fue quien por cierto la definió,
la marcó. Podemos decir que fue un hito, hay un antes
y un después de Oesterheld en la historieta, la caracterizó
definitivamente como argentina. Justamente, ahora estoy participando
en un homenaje que se le está realizando en la Biblioteca
Nacional (ver recuadro a la izq.), algo interesantísimo,
porque además de los trabajos de Oesterheld, los organizadores
nos pidieron a los dibujantes que hiciéramos tapas
de Hora Cero, la mítica revista de historietas de los
´50, que fue el comienzo real de una línea propia.
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