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septiembre 2007

1807-2007 A 200 AÑOS DE LA DEFENSA DE BUENOS AIRES.
Cuando el pueblo en armas derrotó por segunda vez al invasor

1982- 2007 MALVINAS 25 AÑOS
Por Aquellos que Amamos

Centenario de Granaderos como escolta presidencial
Por Rosendo Fraga

EJERCICIO RECONQUISTA II
Una vasta operación de adiestramiento


MISIONES DE PAZ
La compleja tarea del CIMIC en Haití


REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO
La Promesa a la Bandera


ENCUENTRO BINACIONAL AL PIE DE LA CORDILLERA
Unidos por los Andes


ESA VIRGEN DE LUJÁN QUE IRA Á MALVINAS
La imagen que peregrinó por todo el suelo de la Patria llegó a la Antártica

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1982- 2007 MALVINAS 25 AÑOS
Por Aquellos que Amamos
Armando S. Fernández y Lucía Tornero.

La otra historia, la de los seres queridos, madres, padres, hermanos, hijos. Los que aceptaron las pérdidas con dolor, pero también con patriótico orgullo.

 

Se puede decir que en todas ellas está instalada la misma mirada de tristeza. Es un signo común que las identifica. Son mujeres que hace 25 años vieron marchar a sus hijos y hermanos a las lejanas islas del Atlántico Sur. Son también las que esperaron en vano el regreso de esos valientes que nunca volvieron y que permanecen como inmortales centinelas en nuestros irredentos territorios insulares. SOLDADOS dialogó con algunas de ellas, pertenecientes a la Comisión de Familiares de Caídos en las Islas Malvinas.

“Damos un poco por los que dieron todo”, nos dice María Fernanda Araujo, 34 años, casada, dos hijos, hermana del Soldado Conscripto Elbio Eduardo Araujo, destinado en el Regimiento de Infantería Mecanizado 7. Tenía tan sólo 19 años cuando murió en el combate de Monte Longdon. “Estoy convencida de que Dios lo eligió. Era un chico muy maduro para su edad y juró defender la Patria hasta dar la vida y eso lo cumplió hasta el final”, expresa María Fernanda, cuyo hermano era como un padre y un amigo a la vez. Ella recuerda cuando era una nena y su hermano mayor le cantaba hasta que se durmiera. “No estoy de acuerdo con las guerras, traen destrucción y pérdidas irreparables. Pero tengo el orgullo de haber tenido ese hermano que me dejó convicciones y valores, que hoy les traspaso a mis hijos”, nos dice, casi con la voz quebrada, y luego relata lo que escribió su hermano en su última carta: “Islas Malvinas Argentinas. Quédense todos tranquilos que el soldado Araujo monta guardia por la Argentina (la de todos) próspera y soberana y que le es fiel a su juramento. Díganle a Mary que pronto llegará su hermano, lleno de orgullo de haber hecho Patria e historia”.
A la reunión se suma Erminda Fraga, de 81 años, una mujer que demuestra claridad de ideas y templanza en su carácter. Su hijo era el Sargento Primero Alejandro Raúl Pereyra, destinado en el Batallón de Logística 10, de Villa Martelli. Estuvo en Puerto Argentino y murió a los 25 años, el 11 de junio de 1982. Fue herido en el penúltimo bombardeo de los ingleses, donde perdió una pierna. Llegó con vida al hospital y lidió con tres paros cardíacos, pero el cuarto lo venció y resultó imposible salvarlo. Estaba casado con Silvia Azcuaga y tenía una hija de 3 años, llamada Victoria Alejandra. Su padre, Federico Pereyra, había sido suboficial y luego pasó a ser empleado civil del Hospital Militar Central. “Nadie le impuso nada. Mi hijo eligió esta carrera y nosotros estábamos contentos. Era muy apasionado de todo lo que se relacionara con la mecánica”, nos cuenta Erminda y agrega: “Siento mucha tristeza. A uno le llega resignación, pero nunca consuelo. Yo sabía que mi hijo era capaz de morir cumpliendo con su deber. Era militar, pero antes de todo eso, era mi hijo”. Como dijo, no tiene consuelo, pero, si tuviera que buscarlo, lo encontraría en el hecho de que el cuerpo de su hijo fue identificado y un camarada alcanzó a ponerle la cruz en el cementerio. “Siento que a donde voy, me va acompañando”.

Por su parte, Indiana del Valle Ramos, de 50 años, tenía un hermano que se llamaba Alberto Rolando Ramos, un teniente de 24 años destinado en la Escuela de Artillería, y que luego fue movilizado a Corrientes, al Grupo de Artillería 3. Arribó a Malvinas el 13 de abril. Era un observador adelantado, que guiaba el tiro de los artilleros, y el 11 de junio luchó su batalla final. Emitió por radio sus últimas palabras, luego de que pidiera fuego de iluminación: “Hay ingleses por todos lados. Gritan como locos,
caen muchos pero vienen muchos. Creo que estamos rodeados”. Su padre no quería que él fuera militar, pero Alberto desde chico manifestaba esa vocación. Ingresó en el Liceo y luego fue al Colegio Militar, de donde egresó en 1977. Era un joven serio y maduro. “Ninguna guerra es positiva, pero si hay algo que rescato es el regreso de los veteranos, que son el testimonio vivo de lo que ocurrió. Hay que luchar, no renunciar a los derechos de soberanía, pero hay que hacerlo de manera pacífica”. Indiana siente algo inconcluso, su duelo interior aún no está hecho. “Creo que es porque el cuerpo de mi hermano nunca fue hallado. Me cuesta mucho. Mi mamá no quiere saber nada, no quiere ir a las ceremonias ni nada de eso. Mi papá murió hace nueve años, por esas ironías del destino, un 2 de abril”. Sus conclusiones, luego de 25 años, se simplifican: “Malvinas es sinónimo de Argentina, de lucha, miedo, arrojo, y un coraje inconmensurable que no creo que todos sean dichosos de tener. Yo realmente no hubiese podido hacer lo que esos muchachos hicieron”.
La señora Haydeé María Antonini de Buschiazzo, con sus ochenta y un años a cuestas, no quiso estar ausente del homenaje que se les tributó a los caídos en combate en ocasión de rememorarse el bautismo de fuego de la Aviación de Ejército, el pasado 9 de mayo último. Su hijo, el Teniente Juan Carlos Buschiazzo, fue uno de aquellos que se perdió para siempre en el helado mar austral, luego de que el helicóptero que tripulaba fuera derribado por un misil inglés mientras patrullaba en busca de los náufragos del pesquero Narwal. “No, el dolor por la pérdida no cesa -nos dice-. Es siempre como el primer día. El tiempo podrá ser un anestésico, pero tampoco es un bálsamo para ese dolor. Todo lo que hay en mi hogar me lo recuerda, fotos, objetos personales. Siempre estamos en manos de Dios y se lo está más cuando uno está en medio de una guerra. Un pequeño consuelo que tengo es que él cayó en el cumplimiento del deber, haciendo lo que más quería y sé, desde mi corazón de madre, que está en paz. Supongo que el convencimiento de eso es lo que me ayuda a continuar viviendo”. Un diálogo de tenor parecido se da con la señora Delmira de Cao, madre del Soldado Conscripto Julio Rubén Cao que integró las filas de la Compañía Comando del Regimiento 3 de Infantería. Desatado el conflicto, su hijo era soldado de reserva y nunca le llegó la carta convocándolo a filas nuevamente, pero él quiso ir. Recuerda que esgrimió un razonamiento conmovedor para justificar la decisión que había tomado: “Mamá,-me dijo- yo soy maestro ¿Cómo le voy a hablar a mis alumnos de Patria, si, cuando la Patria me necesita, no acudo a su llamado? Y se fue nomás. Y cayó para siempre en combate. Me contaron algunos que en las trincheras les enseñaba a rezar el rosario a sus camaradas. Era muy entregado a lo social, ya que con apenas 16 años trabajaba en las villas de emergencia, cercanas a la cancha de San Lorenzo. Allí, junto a un grupo de otros jóvenes como él, les enseñaba a leer y escribir a chicos carenciados. Su esposa estaba embarazada cuando partió y nunca llegó a conocer a su hija, Julia María, que el 28 de agosto cumplirá 25 años. ¡Mi querida nieta está tan orgullosa de ese padre que no pudo conocer! Y, con todo el dolor que llevaré hasta el último día de mi vida, también yo me siento orgullosa de mi hijo. Lamento, eso sí, y profundamente, que esos jóvenes héroes que defendieron con mucho o poco, pero con todo lo que tenían la soberanía nacional, aún no han recibido el total reconocimiento que se merecen. El proceso de desmalvinización es tan grande que hasta intentaron borrarlos de la memoria de las nuevas generaciones, pero tengo fe en que mi pueblo va a salir de esa amnesia colectiva, para levantar los nombres de los que fueron nuestros genuinos héroes nacionales”.

La señora Paulina Cardozo es madre del Cabo Osvaldo Francisco Sosa, tripulante del crucero ARA General Belgrano, hundido por el submarino nuclear HMS Conqueror, fuera de la zona de exclusión dispuesta unilateralmente por los británicos. “Mi hijo fue una de las tantas víctimas de esa tragedia. Osvaldo era muy alegre, compañero, un chico vital. He vuelto hace poco de un viaje que se realizó para homenajear a la tripulación del “Belgrano”. Estuve a bordo de la fragata ARA “Hércules” navegando en la zona donde fue hundido el crucero. Creo que recién al estar en esas frías aguas pude entender cabalmente lo que le pasó a mi hijo. La guerra es un horror, porque se lleva de nuestro lado a los seres que amamos. Y sabe Dios que cuesta seguir viviendo con todo eso. Pero, en mi caso, creo que desde donde está, mi hijo me dice: “No te pongas triste, mamá. Caí defendiendo la bandera a la que una vez presté juramento. Para ese destino vine a este mundo”. Y…¿saben una cosa, periodistas? Pensar en eso me da la paz que tanto necesito”
 
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